Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 12 · ~5 min

Grabación en el bolso

Lina dejó el celular en el fondo del bolso, con la pantalla contra la tela y la grabadora ya corriendo. Después empujó la bolsa contra la pata de la silla de mimbre. A esa hora el café del parque estaba casi vacío, y el olor a tinto recién colado llegaba hasta la mesa del fondo.

Rodrigo Ospina llegó cinco minutos tarde, con el sombrero en una mano y la carpeta azul bajo el brazo. Se sentó sin pedir permiso y dejó la carpeta cerrada frente a ella. Después levantó dos dedos hacia el mesero y pidió dos tintos, sin preguntarle a Lina qué quería. Afuera ya se llenaba la acera de gente con bolsas del mercado.

Rodrigo sonrió sin abrir del todo los labios. Sacó del saco un fajo de billetes sujeto con un caucho y lo puso al borde de la mesa, lejos de ella. Con el pulgar empezó a contarlos, uno por uno, sin apuro.

—Nueve millones —dijo él, sin dejar de contar—. En efectivo, hoy mismo, y el desistimiento de la demanda lo firma usted en mi oficina. A cambio entrega el local el treinta de noviembre, a más tardar. Es una salida limpia para todos, incluida la señora Nubia.

El mesero dejó los tintos sobre servilletas blancas y se alejó hacia la barra. Lina no tocó el suyo. Miró el fajo, que todavía tenía el caucho amarillo, y no lo tocó.

—Nueve millones —repitió Lina, bajando la voz como quien va a aceptar—. Y la demanda pide siete millones doscientos mil, eso lo sé de memoria. Pero el recibo de junio es lo que me interesa. El número cuatro, con el sello morado y su firma.

Lina hizo la cuenta de memoria. Los nueve millones pagaban lo que pedía la demanda y todavía sobraba un millón ochocientos mil. Lo que no pagaban era el local de la calle 38 sur, con la plancha de hierro y las mesas de plástico que ella misma había pintado. Sin el local, la casa de arriba se quedaba sin lo que la sostenía.

Rodrigo dejó de contar y apoyó el fajo sobre la carpeta. —Ese papel tiene mi firma, no lo voy a negar —dijo—. Usted me puso tres millones seiscientos mil en la mesa de mi oficina, y yo lo guardé en el cajón, como se guarda todo lo que entra. Pero en junio esa plata no llegó al banco, señorita.

Afuera pasó una moto con el escape roto, y el ruido cruzó el café de una pared a otra. Lina no se movió. Cruzó las manos sobre la mesa para que el bolso no se corriera y el celular quedara quieto contra su pierna.

Hacía años había vendido su moto para pagar la luz, y no pensaba vender nada más para pagarle a este hombre. Desde la mesa se veía la reja del parque y el reloj de la iglesia.

—Repítalo, don Rodrigo. Despacio, y con cada palabra, para que no me quede duda de lo que oí.

Rodrigo la miró por encima de la taza y se tomó el tinto de un sorbo. Después se limpió el bigote con la servilleta y se acomodó en la silla. Lina dobló la servilleta en cuatro, la alisó y la volvió a doblar.

—Firmé el recibo y recibí su plata en efectivo, en mi oficina, en junio. Esa plata no llegó al banco, y eso no lo arregla nadie con un papel. ¿Le queda claro, o quiere que se lo ponga por escrito?

Lina pensó en su madre arriba, con la radio puesta y la masa ya lista para el día. Asintió despacio y dejó el tinto sin probar. Rodrigo levantó el fajo, lo volvió a sujetar con el caucho y lo dejó en el centro de la mesa, al alcance de la mano de ella.

—Le queda claro —dijo Lina—. Ahora dígame quién más sabe que esa plata no llegó al banco. ¿El banco lo sabe? ¿Lo sabe Felipe Vallejo? Porque a mí me dijeron que todo estaba en orden, y yo no le creí a nadie.

—El banco sabe lo que yo le mando, y Felipe Vallejo firmó lo que yo le puse enfrente. Su papel no le sirve a nadie sin mí. Nadie me va a probar nada, señorita. Eso lo dije yo, no el banco.

El mesero volvió con la cuenta en un platito y la dejó entre los dos, sin mirar la carpeta azul.

Rodrigo pagó el café con billetes que contó con el pulgar y Lina guardó el celular con la grabación en el bolso.

Lina se levantó antes de que él terminara de contar las vueltas. Afuera el aire olía a café tostado y a gasolina de la moto que se alejaba. Caminó hasta la puerta sin mirar a Rodrigo, con el bolso apretado contra el costado.

En la puerta se detuvo un segundo. Sacó el celular, revisó que la luz roja de la grabación siguiera encendida y lo guardó otra vez. Después le escribió un mensaje corto a su madre: «Ya salí. Voy para la casa».

Rodrigo apareció detrás del vidrio, con el sombrero en la mano. Le hizo un gesto con la cabeza, como quien se despide de un vecino.

—Piénselo, Lina —dijo cuando ella abrió la puerta—. Nadie gana nada peleándole a un banco.

Ella no respondió. Cruzó la calle, y el escape de la moto volvió a sonar al fondo.

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