Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 13 · ~5 min

Candado en la reja

La reja del local tenía un candado nuevo, brillante, que no era de ella. Nubia lo tocó con la punta de los dedos y se apoyó en el bastón. Eran las seis y cuarto de la mañana, y la calle 38 sur comenzaba a despertar.

Llevaba el bastón desde julio, desde la caída en que se golpeó la cadera. Había bajado sola las escaleras del segundo piso, con una mano en el pasamanos y la otra contra la pared. Nadie la había despertado para la masa, y eso fue lo primero que notó.

Rodrigo Ospina estaba junto a una camioneta gris, con el sombrero en una mano. El cerrajero terminaba de apretar la chapa nueva con un destornillador.

—Buenos días, doña Nubia. Mire que esto no es nada personal —dijo Rodrigo—. La administración cambió la chapa porque el local tiene una orden.

—Bueno, bueno —respondió ella—. ¿Y mis cosas? Las vueltas de la caja y la radio están adentro, en el mostrador.

—Lina las recoge hoy, con el papel que le toca. Usted no se preocupe por nada.

Nubia no preguntó qué papel. Desde el sobre del juzgado, Lina repetía lo mismo cada noche: que todo estaba arreglado. Ella le había creído, porque era más fácil que preguntar.

Desde el suelo veía la chapa nueva y el filo de la reja pintada de verde. Llevaba años detrás de esa reja, desde que el local era solo una mesa y una plancha prestada.

Lina llegó por la acera con la chaqueta abierta y la bolsa del mercado golpeándole la pierna. Se detuvo en seco al ver el candado.

—¿Y esto qué es, don Rodrigo? —dijo Lina, sin saludar—. ¿Se le olvidó que para cambiar una chapa hay que tener orden?

—Mire, Lina, la orden la tengo. La cesión está firmada a mi nombre, con la firma del señor Vallejo. El local es de la administración hasta el treinta de noviembre.

—Esa firma la puso un hombre que no sabe dónde queda el mostrador. Y mi recibo sigue en su cajón.

—Eso es asunto de otro día. Hoy el local está cerrado, y un mes es un plazo largo para una mujer que vende arepas.

Nubia metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó la llave vieja, la que había usado desde 2013. La levantó hacia el candado y dio un paso sin el bastón.

La cadera le cedió de golpe. Se agarró de la reja, pero la reja se movió con ella, y el suelo le dio en el costado.

Lina gritó su nombre y dejó caer la bolsa del mercado. Las cebollas rodaron por la acera hacia la alcantarilla.

Nubia no pudo levantarse. Bueno, bueno, repetía en voz baja, pero el dolor le subía desde la cadera hasta la garganta.

—Yo la llevo en la camioneta —dijo Rodrigo, y se agachó con cuidado, con el sombrero en la mano.

—Usted no la toca —dijo Lina—. Llame a la ambulancia y apártese de la reja.

El cerrajero sacó el celular y marcó sin decir nada. En la panadería de enfrente se asomaron dos vecinas con los delantales puestos.

La ambulancia llegó en veinte minutos, aunque a Nubia le parecieron dos horas. Lina subió con ella sin recoger la bolsa del mercado.

Urgencias olía a alcohol y a café frío. Un médico joven revisó la pierna, miró una radiografía en la pantalla y dijo que la placa de julio se había movido. Hay que operar hoy, le dijo a Lina, y ella asintió sin soltar la mano de su madre.

Nubia quedó en una camilla junto a una cortina azul. Desde allí oía la fila de la admisión, el timbre de la puerta y el golpe de una silla que alguien arrastraba.

—¿Cuánto hay que pagar, mija? —preguntó Nubia.

—Eso ya lo miré yo. No es su problema.

—Bueno, bueno. ¿Y con qué pagaste lo de julio? Lo de la clínica.

—Con las vueltas del local, ma. Ya le dije que estaba todo bien.

Nubia no preguntó más. Recordó el sobre que Lina dejó en la mesa de la cocina en julio, con el recibo doblado en cuatro, y la cara de su hija al decir que todo estaba pagado. Nubia conocía esa cara desde niña, cuando Lina escondía los boletines de la escuela.

—Lina, no me esconda nada. Ya estoy vieja, pero no soy boba.

—No le escondo nada, ma. Solo que no tengo la plata, y eso no lo arregla nadie con palabras.

Una enfermera se acercó con una carpeta amarilla y un bolígrafo prestado. Una mujer de la fila gritó que alguien atendiera a la señora de la cadera, y nadie se movió.

—Señora, admisión necesita el depósito para programar la cirugía. Son tres millones quinientos mil pesos, en efectivo o con tarjeta.

—Sin el depósito de 3.500.000 no la operan —dijo la enfermera, y miró el reloj.

Lina miró la carpeta y después el reloj de la pared. En el bolso tenía el celular, las llaves de la casa y menos de cien mil pesos.

Tomó el bolígrafo, lo destapó con los dientes y buscó la línea de la firma. Nubia queda en la camilla y Lina firma el papel del depósito sin tener la plata.

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