Capítulo 14 · ~4 min
Firma a escondidas
La carpeta azul estaba sobre la mesa de la notaría, con una esquina doblada que alguien había tratado de alisar. Felipe la miró desde la silla de cuero y no la tocó. Afuera, en la avenida, los buses frenaban y arrancaban como cualquier mañana.
Rodrigo Ospina llegó cinco minutos antes que nadie, con el sombrero en una mano y el maletín en la otra. Pidió un tinto sin azúcar y se sentó frente a Felipe. Después empezó a pasar el pulgar por el borde de un fajo de billetes que sacó del bolsillo interior del saco.
—Qué bueno que adelantamos la firma, don Felipe —dijo Rodrigo—. El banco no espera a nadie.
Anoche, por teléfono, Felipe había aceptado el cambio. La firma estaba fijada para el viernes 25 de octubre, en la tarde, y la notaria la había movido a esa mañana. Dijo que sí sin llamar a Lina. Escribió un mensaje, lo borró y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Leo la escritura completa antes de firmar —dijo Felipe—. Son doce hojas.
—Léala, claro. Tiene todo el tiempo que quiera. —Rodrigo sonrió sin enseñar los dientes—. Bueno, todo el tiempo que le deje la notaria.
Felipe pasó la primera hoja. Leyó el precio de 620 millones, la cláusula que pedía el lote libre de ocupantes y la línea que hablaba de los arriendos. Se detuvo ahí. Ningún papel decía quién había cobrado el pago de junio.
La puerta de vidrio se abrió de golpe. Lina entró con el pelo mojado por la llovizna y el bolso apretado contra el costado. Miró la carpeta azul antes que a los dos hombres.
—¿Ya firmaste? —preguntó ella—. Te dije que no firmaras nada sin avisarme.
—No he firmado. Estoy leyendo.
—Estás leyendo con la lapicera en la mano. Eso ya es firmar.
Felipe dejó la lapicera sobre la carpeta. Tenía las manos rojas de frío y una curita en el dedo índice.
—¿Cómo está tu mamá?
—En cirugía. Me llamaron del quirófano hace media hora. —Lina no se sentó—. No vine a hablar de eso.
—Siéntese, Lina —dijo Rodrigo—. Nadie la está echando de aquí. Estamos arreglando lo que le conviene a todos.
—A usted le conviene, don Rodrigo. A mí me conviene el recibo que tiene en el cajón.
Rodrigo puso el pulgar sobre el fajo y lo dejó quieto. —El recibo está en mi oficina y ahí se queda. Una notaría no es lugar para papeles sueltos.
—¿Y la luz del local? —preguntó Lina—. ¿Quién mandó cortarla?
—Eso lo firmó la administración, no yo —dijo Felipe.
Rodrigo se rió bajito. —Ya ve, Lina. Cada uno firma lo suyo.
Felipe pensó en la línea de junio del cuaderno, la que no aparecía en ninguna hoja del banco. No la dijo. Delante de Rodrigo, cualquier cosa que dijera iba a quedar anotada.
—Tú me dijiste que la cesión era lo que pedía el banco —dijo Lina, y esta vez lo miró a él—. Que con él solo hablaste del lote.
—Y es verdad. Nunca te dije que el local fuera mío.
—Ah, entonces ya no es tuyo ni mío —dijo Lina, y soltó una risa corta—. Te vendiste, Felipe. Firmas la venta de tu papá con el hombre que cobraba los arriendos de mi mamá.
—No me vendí. Si no firmo, el banco remata el edificio con todo adentro, incluida tu plancha.
La notaria entró con una carpeta gris y se sentó al otro lado de la mesa. Leyó la primera cláusula en voz alta, con la misma voz de quien la ha leído cien veces.
Felipe firmó en la línea marcada con una cruz amarilla. La lapicera rayó el papel más fuerte de lo que quería. Luego firmó la segunda hoja, después la tercera, sin levantar la vista.
—Usted firma rápido, don Felipe —dijo Rodrigo—. Eso lo admiro.
—Lo que admira es que nadie lea —respondió Lina.
Rodrigo firmó después, con el sombrero junto a la mano. La notaria le entregó a Felipe una copia sellada, y él la dobló en tres. Felipe guardó la copia de la escritura en la carpeta azul.
Rodrigo cerró el maletín y se levantó con cuidado. —El lunes la registro en la oficina de Registro —dijo—. Y el lote queda a mi nombre, como debe ser. Lina, si tiene algo de la casa, tráigalo esta semana.
Lina no se movió de la puerta. Sacó del bolso la promesa de venta, doblada en tres, con los bordes gastados de tanto manoseo. Caminó hasta la mesa y la dejó entre la taza de tinto y la carpeta azul.
—Ya no la necesita, don Rodrigo. Ya tiene la escritura.
Felipe la vio salir sin mirarlo. La puerta de vidrio se cerró despacio, y la promesa quedó sobre la mesa de Rodrigo.