Capítulo 15 · ~5 min
Cuenta de Rodrigo
Beatriz pensó que un expediente de cinco hojas no debía ocupar tanto espacio en un juzgado. Lo pensó con la carpeta contra el pecho, mientras el pasillo olía a café frío y a papel mojado.
Lina estaba a su lado, con el bolso cruzado y la vista puesta en la puerta de la sala dos. Todavía llevaba la chaqueta de cocina y una mancha de maíz seco en la manga.
Rodrigo Ospina apareció al fondo del pasillo con el sombrero en la mano. Lo acompañaba un abogado de corbata gris, que caminaba leyendo una carpeta sin mirar a nadie.
Beatriz conocía a Rodrigo desde que él administraba el edificio de los Vallejo y cobraba cada mes con sombrero y sonrisa. Nunca le había visto la carpeta azul tan gorda.
—Doctora Quintero, qué gusto —dijo Rodrigo, y se detuvo frente a ellas—. Lina, usted se ve cansada.
—Usted tiene el recibo número cuatro en su cajón —dijo Lina—. Dígale a la jueza dónde está.
—Mire, Lina, no empecemos en un pasillo. Ahí adentro hay una jueza y un expediente que se decide con papeles.
—Entonces hablemos de papeles. El cajón tiene uno, y usted lo sabe.
—A ver —dijo Beatriz—. Entramos, cada uno dice lo suyo y nadie grita.
Rodrigo no estiró la mano para saludar y Beatriz tampoco la estiró. Había visto ese gesto en clientes que confiaban más en un papel que en una persona.
—Yo vengo a declarar lo que cobré, doctora —dijo Rodrigo, y se puso el sombrero—. Lo demás es asunto de la administración.
Lina no se sentó enseguida. Miró la carpeta azul de Rodrigo, luego el reloj de la pared, que marcaba casi las cuatro, y después la puerta por la que habían entrado.
La sala dos tenía tres bancas de madera, una mesa para cada parte y una jueza de lentes que revisaba el expediente antes de levantar la vista. El abogado de Rodrigo pidió aplazar la audiencia. Dijo que la cesión debía anexarse completa y que su cliente no estaba preparado para hablar de cuentas antiguas.
Beatriz se puso de pie. Pidió que la jueza tomara la declaración de Rodrigo ahí mismo, porque estaba presente y dispuesto a hablar.
En el estrado no había más que la jueza, un secretario que escribía en silencio y el escudo de la pared. La jueza miró a Rodrigo por encima de los lentes y le preguntó si aceptaba responder sobre el cobro de los arriendos. Él asintió y se acomodó la corbata.
—Señor Ospina, ¿usted cobró los arriendos del edificio en efectivo?
—Cobré en efectivo, sí. Durante cuatro años, más o menos, cuando don Gonzalo no quería bancos en la casa.
Mientras hablaba, Rodrigo pasaba el pulgar por el borde de una carpeta, como si contara billetes. Lina lo miró y no dijo nada.
—¿Y ese dinero llegó al banco? —preguntó Beatriz.
—Mire, doctora. Entraba plata a la caja y salía plata de la caja. Eso es administrar. Lo que llegó al banco lo dice el banco.
—Lo de junio no salió de ninguna caja —dijo Lina—. Tres millones seiscientos mil, en su mesa. Usted los contó delante de mí.
—Lina, usted pagó lo que debía pagar. Lo que pasó después no me toca explicarlo hoy.
—Entonces explíquelo después, con el recibo en la mano.
Beatriz anotó la frase en el margen de su hoja, con lápiz, al lado de la fecha de hoy.
Rodrigo sacó de la carpeta azul una hoja escrita a mano y la empujó hacia la jueza. Beatriz la leyó desde su silla, con el lápiz apretado entre los dedos. Era una lista de fechas, con una cifra al pie subrayada dos veces.
—Ahí está mi cuenta —dijo Rodrigo—. Cuatro años de arriendos en efectivo, anotados por mi mano. Ciento cuarenta y tres millones.
La jueza escribió el número en el expediente. Lina dio un paso hacia la mesa y se detuvo. Se pasó la mano por la manga manchada de maíz, apretando la tela. Beatriz le hizo una seña corta para que se quedara quieta.
—¿Y dónde están esos ciento cuarenta y tres millones? —preguntó Beatriz.
—Eso no lo tengo de memoria, doctora. Cuando haya informe, lo verá.
—Ciento cuarenta y tres —repitió Lina—. Lo dijo usted, con su boca.
—Lo dije como cuenta, Lina. No como confesión.
Beatriz pensó en las cifras que marcaba con lápiz en cada hoja. Ninguna cuadraba con la lista de Rodrigo, y ninguna la podía probar todavía.
La jueza ordenó aplazar la audiencia. Pidió la cesión completa con sus anexos y el libro de caja de junio a agosto, firmado por la inmobiliaria.
El abogado tomó su carpeta. Rodrigo se puso el sombrero, hizo un saludo corto con la cabeza y salió primero por la puerta de la sala.
—Se va sin contestar lo de junio —dijo Lina.
—Ya contestó —dijo Beatriz—. Solo que no quiso.
En el pasillo se oyeron los pasos de Rodrigo hasta la salida, y después solo quedó el ruido del ventilador del techo. Beatriz guardó el acta del aplazamiento en su carpeta, entre las cuentas de la luz y la copia de la cesión. Lina salió del juzgado con el celular en el bolso.