Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 16 · ~5 min

Muebles en la acera

—Las sillas no se quedan adentro, mamá. Si esperamos, las saca cualquiera.

Nubia Ochoa estaba sentada en la silla del mostrador, con el bastón apoyado en la reja y las monedas de la caja en la falda. Contaba las de doscientos una por una.

—Bueno, bueno. Pero la radio no la saques, que es la del partido. La bajo yo después.

Lina subió la cortina metálica hasta la mitad. El candado nuevo colgaba de la reja, con la etiqueta de la ferretería todavía pegada.

Arriba, en la puerta de la casa, la administración había pegado un papel en el marco: pendiente de orden. Nadie había firmado todavía ningún desalojo, y Lina no pensaba esperar a que alguien lo firmara.

Faltaban diecisiete días para el 30 de noviembre. La plancha era lo único del local que todavía podía salvar.

Yeison Mesa llegó corriendo desde la esquina, con un costal de maíz al hombro y la gorra puesta al revés.

—Llegué tarde, pero traje el maíz. Eso cuenta.

—Cuenta para el maíz. Para la plancha ayúdame, que no la dejo aquí para que la tumben.

—¿Tumbar una plancha? Esa cosa pesa más que el mostrador, jefa.

Yeison dejó el costal en el andén y se remangó la camisa. Empezaron por las sillas de plástico, que sacaron de dos en dos hasta la acera, donde el sol de la mañana ya pegaba en el asfalto.

—Mija, deja que el muchacho cargue. Tú no tienes que pelear con todo.

—Ya está cargando él, mamá. Usted quédese ahí sentada.

Nubia no se levantó. Miró las sillas en la acera con la boca apretada y no dijo nada más.

—Si cobramos entrada por cada silla, alcanza para la operación de doña Nubia —dijo Yeison, y se rio solo.

Nadie se rio con él. Nubia levantó la vista del bastón y la clavó en su hija.

—¿Cuánto costó lo de mi cadera? —preguntó.

—Eso ya está pagado, mamá.

—¿Y con qué pagaste?

Lina cargó la plancha por una esquina y no contestó enseguida. La base tenía la quemadura del año pasado, y la recordó al levantarla. Yeison la sostuvo por la otra.

—Después le cuento —dijo Lina, sin levantar la vista.

En el bolso, el celular seguía guardando la grabación del café del parque. Lina lo apretó contra el costado y no dijo nada.

Felipe Vallejo cruzó la calle 38 sur a paso largo, con la carpeta azul bajo el brazo y el cuaderno negro en la mano.

Traía también media hoja de papel, con el borde rasgado, que sostenía con dos dedos para que el viento no se la llevara.

—Fui a la oficina de Rodrigo —dijo Felipe, y se paró frente a Lina—. La llave era de mi papá. Estaba en su llavero desde marzo.

—¿Y entró así nomás?

—Entré. El cajón estaba cerrado, y la llave le entró sin forzar nada.

—¿Y el cuaderno estaba ahí?

—Debajo de unas facturas, con la tapa hacia abajo. Y esto también.

Lina reconoció el cuaderno negro antes de ver el papel. La tapa tenía marcas de lápiz, y la letra apretada de don Gonzalo llenaba el pedazo de hoja que Felipe sostenía.

—¿Y la carpeta azul? —preguntó ella.

—Es la copia de la cesión. La que firmé sin decirte.

—Y ahora la traes a la acera, delante de Yei. Qué bien.

—La traigo porque el banco no espera en una oficina.

Lina miró la carpeta. El recibo de junio, con el sello morado de la inmobiliaria, no estaba a la vista.

—¿Y el recibo? Dime que lo tienes.

—Lo tengo. Está en la carpeta. Primero sacamos la plancha.

Felipe no le dio la carpeta. La apretó contra el costado y miró hacia la calle, donde un taxi frenó a medio metro de las sillas.

Beatriz Quintero llegó desde el parque con la carpeta contra el pecho y el lápiz detrás de la oreja. Miró las sillas en la acera, miró la plancha a medio levantar y no preguntó nada.

—A ver —dijo Beatriz—. Ya tienen el cuaderno. Ahora falta la otra mitad.

—Aquí está —dijo Beatriz, y sacó de la carpeta un papel doblado—. Lo guardé desde que lo arrancaron en el consultorio.

Felipe puso la media hoja junto a la de Beatriz. Los bordes encajaron, y la frase de la nota quedó completa a la vista.

—Encajan —dijo Beatriz—. Ahora sí se puede leer completa.

—Es la nota de la foto —dijo Felipe—. Ahora con la mitad que se llevó Rodrigo.

—Ya sé lo que dice —dijo Lina—. Lo que no sé es por qué él la guardaba.

Felipe no respondió de inmediato. Miró la hoja, luego a Lina, luego al cuaderno que llevaba en la mano.

—Porque con la nota entera nadie le cree que mi papá le dejó la venta armada.

—Eso mismo dijiste tú en la acera —dijo Lina—. Que tu papá la dejó hecha.

—Me equivoqué. Ahora que la lea la fiscal.

Beatriz pasó el lápiz por el borde de la hoja, despacio, sin marcar nada.

—La jueza pidió el libro de caja de junio a agosto —dijo Beatriz—. Ojalá Rodrigo lo mande rápido.

—Rodrigo no manda nada rápido, doctora. Ni los recibos.

Nubia, desde la silla del mostrador, había oído cada palabra de la acera. Afuera seguían pasando motos y vendedores de minutos que no miraban la reja.

Yeison pidió una mano desde la puerta. Lina miró a Felipe un segundo más y se agachó junto a la plancha.

—Esto pesa como un muerto —dijo Yeison, y esta vez no se rio.

Yeison dejó la plancha en la acera junto a las sillas, y Felipe se quedó con la carpeta azul bajo el brazo.

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