Capítulo 17 · ~5 min
Denuncia en fiscalía
La carpeta azul cayó sobre la plancha con un golpe seco. Felipe la abrió con el pulgar y sacó un papel blanco, doblado en tres.
—Recibo número cuatro —dijo, y se lo puso en la mano a Lina—. Junio. Estaba debajo de las facturas, igual que el cuaderno.
Lina desdobló el papel despacio. El sello morado de la inmobiliaria estaba un poco torcido, pero se leía. Abajo, con tinta azul, estaba la firma de R. Ospina.
—Tres millones seiscientos mil —leyó en voz alta—. Pagados en efectivo, en su oficina. Y nunca llegaron al banco.
Felipe le entregó el cuaderno negro. Encima puso las dos mitades de la hoja, que todavía sostenía juntas con dos dedos.
El borde de la hoja estaba desgarrado en una esquina. La letra apretada de don Gonzalo ocupaba casi todo el papel, con las cifras escritas a lápiz.
—Ahí está la nota entera —dijo él—. Guárdala con el recibo.
Lina miró otra vez la última línea, la de R.O., y dobló la hoja por la mitad.
—La guardo —dijo ella—. Pero es para ti, no para mí.
—Te tocó igual que a mí —respondió Felipe—. Por eso te la di.
Felipe apoyó la mano en la carpeta azul y no dijo nada más. La plancha seguía en el andén, con la quemadura de la base a la vista.
Lina metió la hoja doblada dentro del recibo y guardó los dos papeles en el bolso, junto al celular.
—Yo también tengo algo —dijo, y sacó el celular a medias—. La grabación del café del parque. Rodrigo admitió que recibió el dinero y que nunca lo mandó al banco.
Felipe miró la pantalla con el ceño fruncido, pero no la tocó. Lina la apagó y la guardó otra vez con la pantalla hacia abajo.
—Entonces lo llevamos todo a la fiscalía —dijo Felipe—. Hoy.
—Hoy no. Primero le digo a mi mamá lo que pagué —dijo Lina—. Si no lo digo ahora, no lo digo nunca.
Felipe miró la reja de la casa, donde el candado nuevo seguía colgando. Asintió una vez y no preguntó nada más. Yeison, desde la acera, se quitó la gorra y la volvió a poner al derecho, por primera vez en toda la mañana.
***
A la una de la tarde, Nubia seguía en la silla del mostrador, con las monedas de doscientos apiladas de cinco en cinco. El olor a maíz se metía por la puerta abierta. Lina se sentó en el taburete de al lado y apoyó los codos en la madera.
—Mamá, la operación de su cadera la pagué con la plata del arriendo —dijo Lina—. La que tenía guardada en el sobre.
Nubia puso una moneda en la pila y no levantó la vista. —Bueno, bueno —dijo despacio—. Y me dijiste que era de las vueltas del local.
—Era mentira. Y el arriendo sigue debiéndose. Tres millones seiscientos mil.
Nubia no dejó de contar. Las monedas caían en la pila una por una, con un ruido corto.
—¿Y por qué no me dijiste nada? —preguntó Nubia, con el bastón apoyado contra el mostrador.
—Porque usted ya tenía bastante con el dolor. No quería que se preocupara.
Lina sacó el recibo del bolso y lo puso sobre el mostrador, al lado de la radio apagada. Nubia lo alisó con la palma y se puso los lentes de cerca. Leyó la fecha y el monto moviendo los labios, y después empujó el papel hacia su hija con un dedo.
—Bueno, bueno. Eso lo decido yo, mija —dijo Nubia—. Ahora ve a la fiscalía, que yo cuido las monedas.
***
La fiscalía quedaba a dos cuadras del parque, en un edificio de ladrillo con una reja pintada de verde. Adentro olía a café frío y a papel nuevo. A las tres de la tarde una funcionaria les pidió que esperaran en una banca de madera.
Beatriz llegó con la carpeta contra el pecho y se sentó entre los dos. Sacó el lápiz de detrás de la oreja y lo dejó sobre la banca, al lado de Felipe.
Lina abrió el bolso sobre las rodillas y fue sacando los papeles uno por uno, con el dorso de la mano para alisarlos.
—A ver —dijo Beatriz—. Cuaderno, dos mitades de la hoja y el recibo. Todo en la misma acta, y nada suelto.
—Todo está en el bolso —dijo Felipe—. Lo conté dos veces.
—El recibo lo entrego yo —dijo Lina—. Es mío, lo pagué con mi plata.
—Y la grabación no la borres —dijo Beatriz—. Guárdala con la fecha y la hora.
—¿Y si Rodrigo dice que no es verdad?
—Entonces tendrá que explicar por qué lo dijo en el café. Ante la fiscal, no ante ti.
—¿Y yo qué firmo? —preguntó Felipe.
—Tu declaración. Lo que viste en el cajón, la llave y la cesión. Nada más.
Beatriz pasó el lápiz por cada cifra del acta, despacio, y no corrigió ninguna.
Lina firmó el acta en cada línea: cuaderno negro, dos mitades de una hoja, recibo número cuatro. Escribió su nombre completo sin temblar, aunque tenía la mano húmeda contra el papel. Faltaban diecisiete días para el 30 de noviembre, y la funcionaria lo anotó al margen del expediente con un lápiz de punta gruesa.
Felipe leyó su declaración de testigo dos veces, marcó con el dedo la fecha de la cesión y la firmó con su letra corta de siempre. En el pasillo, un hombre con chaleco azul empujaba un carro de agua.
Lina guardó la copia del acta en el bolso, al lado del celular. El celular vibró contra el cuero. Yeison había escrito que Rodrigo había llegado al local con un abogado. Decía que la demanda seguía en pie.