Capítulo 18 · ~5 min
Cara a cara
La caja de lata seguía abierta sobre el mostrador, con las monedas de la tarde sin contar. Lina apagó la vela del fondo y dejó solo la luz de la calle entrando por la reja.
El celular estaba en su mano derecha, con la grabación del café del parque abierta. Llevaba así desde la tarde, cuando Yeison escribió que el abogado de Rodrigo Ospina esperaba en una camioneta gris frente al local.
A las nueve en punto sonó la campana de la reja. Rodrigo Ospina entró sin tocar, con el saco abotonado y la carpeta azul bajo el brazo. Miró el mostrador, luego la caja, y sonrió con los labios cerrados.
—Buenas noches, señorita Ochoa. Vine a conversar, no a pelear.
—Usted no vino a conversar. Vino a ver si el recibo seguía en su cajón —dijo Lina, sin soltar el celular.
—Mire, la caja de junio ya está en el juzgado. Lo que falte lo explico con el informe.
—La caja de junio la pidió la jueza. El recibo lo tiene la fiscalía, con sello y con su firma.
Lina no se movió del mostrador. Abrió el cajón de la caja, sacó un sobre de plástico vacío y lo dejó sobre la madera, con el borde hacia él.
Rodrigo frotó el pulgar contra el índice, contando billetes que no estaban ahí. Después miró el sobre y no lo tocó.
—Un recibo sin depósito no prueba nada, señorita. Usted pagó en mi oficina, a mí. Lo demás no le toca.
—Entonces démelo usted. La caja de junio, la de agosto y los 143 millones que no depositó. Hoy.
—Hoy no. Hoy le pido el teléfono, señorita Ochoa. Ahí hay una conversación que no le pertenece.
Lina se llevó el celular contra el pecho y retrocedió hasta la pared, donde colgaba la radio apagada que su madre usaba para oír los noticieros. Las vitrinas estaban vacías desde que cortaron la luz.
Rodrigo dio un paso hacia el mostrador y le atrapó la muñeca con el celular dentro de la mano. Lina tiró hacia atrás, la caja se volcó y las monedas de doscientos rodaron por el piso con un ruido metálico.
Felipe Vallejo entró por la reja con la mano en el marco. Le tomó la muñeca a Rodrigo y la empujó hacia abajo hasta que los dedos se abrieron.
—Ya oyó a la señorita —dijo Felipe—. Aquí no se lleva nada.
—Usted no entiende lo que está en juego, Felipe. Ni de cerca.
El celular cayó sobre el mostrador y Felipe lo recogió antes que Lina. Lo sostuvo en la mano sin mirar la pantalla.
—Entonces explíquelo —dijo Felipe—. Sin abogado.
—Le debo a una constructora más de trescientos millones. Desde que quebré en el transporte, todo lo que tengo es prestado.
—El lote es lo único que me salva. Ellos lo quieren para un parqueadero, y yo tengo que entregárselo.
Lina apretó el sobre vacío entre los dedos hasta arrugarlo. Miró las monedas regadas bajo la silla y después la carpeta azul que Rodrigo seguía sosteniendo contra el pecho.
Afuera, un vendedor de empanadas bajó la persiana de su puesto y el ruido llegó hasta el local.
—Por eso cobró el arriendo en efectivo. Y se quedó con mi plata.
—Con esa plata pagué al banco, señorita. Sin eso, el edificio ya lo habrían rematado.
—Usted cobró para don Gonzalo y no depositó. Eso no es pagar al banco —dijo Felipe—. Es quedarse con la plata.
Felipe se sacó los lentes de leer del bolsillo de la camisa y los sostuvo en la mano. Rodrigo lo miró, esperando que dijera algo más, pero Felipe no dijo nada.
—Quédatelo tú —dijo Lina, y señaló el celular en la mano de Felipe—. Ahí no hay nada que él pueda borrar.
Rodrigo se abotonó el saco. Contó otra vez con el pulgar, despacio, y caminó hacia la reja sin prisa.
—Mañana la fiscal lo va a leer distinto, señorita.
Rodrigo sale del local con la mano en el cinturón y Felipe guarda los lentes en el bolsillo con el celular de Lina en la mano.
Lina no contestó. Cerró el cajón de la caja con la cadera, despacio, para que el golpe se oyera en todo el local.
—Dígale a la fiscal lo del 11 de septiembre, señor Vallejo —dijo ella—. Ya que va a contar la verdad.
Felipe la miró por encima de la reja abierta. No dijo nada.
Una moneda de doscientos seguía dando vueltas en el piso, hasta quedarse quieta junto a su zapato. Felipe la vio, pero no se agachó.
Rodrigo se detuvo en la reja. Se volvió a medias, con la carpeta azul todavía bajo el brazo.
—Eso no tiene nada que ver con el recibo, Lina.
—Todo tiene que ver con el recibo. Usted lo sabe mejor que nadie.
Rodrigo abrió la boca, pero la cerró. Miró a Felipe, y Felipe le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Usted firmó —dijo Felipe—. Yo no voy a firmar otra cosa por usted.
Lina sacó un trapo del bolsillo del delantal y limpió el mostrador donde había caído el celular. Lo hizo dos veces, sin prisa, aunque el mostrador ya estaba limpio.
—Entonces váyase ya —dijo ella—. Y no vuelva sin el abogado.