Historia Abierta
Portada de Arriendo en Disputa
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Capítulo 19 · ~5 min

Trampa en la notaría

La pluma del notario escribía con poca tinta. Beatriz Quintero la probó en una hoja de borrador antes de que llegara alguien, y la línea salió gris y temblorosa.

Sobre la mesa estaban las carpetas en orden: la cesión con sus anexos, el acta de desistimiento y la hoja del banco con el sello de reestructuración. Beatriz había pasado la noche marcando cada cifra con lápiz. Quería que nada quedara a medias. Rodrigo había aceptado desistir por teléfono, cuando supo que la fiscalía tenía el recibo y la grabación.

En 2019 había perdido un cobro porque su cliente firmó un papel sin leerlo. Desde entonces revisaba cada hoja dos veces, aunque le dijeran que no hacía falta.

Paula Gil, la funcionaria de cartera que venía en nombre del banco, revisaba su celular junto a la ventana. Levantó la vista cuando la campana de la puerta sonó.

—Buenos días, doctora Quintero —dijo Rodrigo Ospina—. Vine a cumplir lo que acordamos.

Entró con el saco abotonado y la carpeta azul bajo el brazo. Detrás venía un abogado de corbata gris, que cargaba un maletín y no dijo nada.

—Lo acordado fue un acta de desistimiento, señor Ospina. Con todos sus anexos.

—Dos hojas bastan. La cesión queda sin efecto y cada quien vuelve a su lugar.

—Son doce hojas. El notario las lee antes de que alguien firme.

Lina entró detrás, con el pelo recogido a las apuradas. Felipe cerró la puerta despacio y se quedó a su lado, sin sentarse.

—Señorita Ochoa —dijo Rodrigo, con una sonrisa corta—. Qué bueno que vino. Así no le tengo que contar después.

—Ya me contó bastante en el juzgado. Siéntese y lea.

Rodrigo se sentó. Frotó el pulgar contra el índice, contando algo que solo él veía. El notario, don Luis Arango, se acomodó los lentes y leyó el encabezado en voz alta: el número de la escritura, los nombres, el lote de la calle 38 sur y la cesión de la deuda del banco.

Beatriz miró a Rodrigo mientras el notario hablaba. Él asentía a cada cifra, como si ya la supiera de memoria.

—A ver, señor Ospina —dijo Beatriz—. ¿Cuánto recibió en efectivo durante esos cuatro años?

—Lo que dice el cuaderno de don Gonzalo. Usted ya lo sabe.

—Lo sé. Quiero que lo diga usted en el acta.

Rodrigo tomó la pluma del mostrador y empezó por el primer párrafo. Lo leyó con el dedo, sin apuro, como quien revisa una factura de servicios.

—¿Y el lote? —preguntó Felipe—. Eso también lo firma usted.

—El lote vuelve a la inmobiliaria, Felipe. Usted lo recibe libre, como su papá lo dejó.

—Libre no. Con las cuentas que no cuadran —dijo Lina, y se acercó a la mesa.

Beatriz puso el dedo sobre la hoja del banco. Paula Gil levantó la cabeza.

—El banco acepta la reestructuración si la cesión queda sin efecto y el deudor firma la nueva cuota —dijo Paula—. Eso ya lo tenemos aprobado en papel.

—Entonces firme lo suyo, Felipe —dijo Rodrigo—. Y acabamos.

—Yo firmo lo mío. Lo suyo no lo firmo más.

Felipe tomó la pluma que le pasó el notario, leyó la primera línea de su desistimiento y firmó en la parte baja. Lo hizo de pie, sin mirar a Rodrigo.

Rodrigo pasó la carpeta a la última hoja. No la leyó. Su pulgar buscó la línea de la firma y se detuvo allí, justo debajo del texto que Beatriz había marcado con lápiz la noche anterior: reconozco haber recibido en efectivo los arriendos de cuatro años y no haberlos depositado.

—Don Rodrigo, la última hoja es el anexo de la caja —dijo el notario—. Las cuentas de junio a agosto.

—Ya la leí, notario. Eso son papeles de la administración. Firme usted después.

Lina miró la hoja y después a Beatriz. No dijo nada, pero apretó el celular contra el pecho.

El abogado de corbata gris revisó el maletín, cerró la tapa y salió a la acera para contestar una llamada. Nadie le pidió que volviera.

—Entonces queda firmado —dijo Paula Gil, y anotó la hora en el recibo del banco—. La reestructuración se aprueba a nombre del deudor, con la cesión sin efecto.

Beatriz tomó el acta, la alisó con la palma y contó las hojas una por una. Doce. Las firmas estaban donde debían estar, y la última tenía la de Rodrigo encima de la frase que él no había leído.

Rodrigo se quedó sentado frente al notario, con el saco todavía abotonado y la carpeta azul abierta sobre las rodillas. Beatriz guarda el original en su carpeta.

Beatriz abrió la carpeta, metió el original entre las hojas azules y cerró el broche despacio. Después pasó la palma por la tapa, dos veces, y la dejó sobre la mesa.

—¿Eso es todo? —preguntó Lina—. ¿Ya no puede tocar la casa?

—Ya no puede tocar nada con esa cesión —dijo Beatriz—. Lo demás lo decide el banco.

Felipe no se sentó. Se quedó junto a la ventana, con los lentes todavía en el bolsillo, y miró hacia la calle.

—Anoche te devolví el celular —dijo él—. ¿Sigue ahí la grabación?

Lina levantó el celular y lo puso boca abajo sobre la mesa.

—Sigue. Y no la suelto.

Afuera, el abogado seguía al teléfono y levantaba la voz cada vez más. Rodrigo lo miraba por el vidrio, sin moverse de la silla.

—Falta la promesa de septiembre —dijo Lina—. Esa todavía la tiene él.

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