Capítulo 20 · ~5 min
Contrato a mi nombre
Lina contaba las monedas de la caja desde las cinco de la mañana. Eran las mismas de la noche anterior, pero contarlas le daba algo que hacer con las manos. Hoy vencía el plazo del banco para la primera cuota.
Felipe llegó a las siete y media con la carpeta azul bajo el brazo. Se quedó en la puerta del local hasta que ella levantó la vista.
—Ya llamó la notaría —dijo él—. El banco aprobó la reestructuración a nombre del deudor.
—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó Lina, sin dejar de contar—. ¿Que me puedo quedar?
—Quiere decir que tú pagas tu parte hoy. Y firmas el contrato del local con tu nombre.
Lina dejó la última moneda sobre el mostrador. Su parte era la primera cuota: dos millones trescientos mil pesos. Los había reunido en pocos días, en un sobre de plástico que antes estaba vacío, prestado por Felipe y por una vecina, con lo poco que quedaba en la caja.
Lo había contado tres veces esa semana y las tres veces le dio la misma cifra. Cada billete tenía su historia y ninguno era suyo del todo.
Nubia entró desde la calle con el delantal puesto. Vio el sobre en la mano de su hija y se quedó junto al mostrador sin decir nada por un rato.
—Bueno, bueno —dijo Nubia—. ¿Y esa plata de dónde salió?
—Prestada, mamá. De Felipe, de la vecina y de la caja.
—¿Y no me dijiste?
—Se lo digo ahora, mamá. Ya no me callo nada, ni lo de la cadera.
Nubia se sentó en la silla del mostrador, la que usaba para contar las vueltas. Miró el sobre un buen rato antes de volver a hablar.
—Bueno, bueno. Entonces lo contamos juntas. Ya no quiero que lo cargue sola.
Beatriz llegó a las ocho con su carpeta y el contrato impreso, marcado con lápiz en cada cifra. Se sentó en el taburete del otro lado sin pedir permiso.
—Esta mañana llamó la fiscalía —dijo Beatriz—. Rodrigo Ospina quedó imputado por apropiación indebida, que es quedarse con plata que no le pertenece.
Rodrigo había llamado a Lina dos veces desde las seis. Ella no contestó ninguna y dejó el celular boca abajo, como en la notaría. La cuenta de 143 millones seguía marcada en rojo en la hoja de Beatriz. Lina la leyó de arriba abajo, otra vez, hasta el último renglón.
—¿Y el lote? —preguntó Felipe.
—Sin cesión, el lote no le sirve a nadie. La constructora ya no lo quiere sin papel.
—Entonces la promesa de septiembre no vale —dijo Felipe—. Sin el local vacío, no.
Felipe se quedó mirando la carpeta azul que tenía en la mano. Se quitó los lentes del bolsillo, los dobló y volvió a guardarlos sin ponérselos.
—Debí contártelo en septiembre.
—Sí —dijo Lina—. Debiste.
—Ya lo dije.
—Ya lo dijiste. Ahora ayúdame con esto.
Lina acercó el contrato y puso el dedo en la primera cláusula. Leyó despacio, moviendo los labios, como le había visto hacer a Beatriz.
—Léame esta parte, doctora —dijo Lina—. Yo sola no le veo el final.
—A ver —dijo Beatriz, y señaló con el lápiz—. Tres millones seiscientos mil quedan en cuotas. La primera es la suya, dos millones trescientos. Ahí está el sobre.
Lina pensó en la nota de don Gonzalo, la que decía que si Felipe vendía, que no fuera a R.O. Esa frase ya no hacía falta. Rodrigo no iba a comprar nada en esta casa.
—Yo pongo la segunda cuota —dijo Felipe—. Con eso queda cubierta.
—No —dijo Lina—. La siguiente sí me la ayudas. Esta la pago yo.
Empujó la plancha contra la pared para despejar el mostrador. Después sacó la pluma del delantal y la probó en el borde de la hoja.
Firmó en la última hoja con su nombre completo, sin abreviar. La tinta se atascó en la ele, y ella la repasó dos veces hasta que se vio clara.
Beatriz tomó el contrato, lo alisó con la palma y lo revisó hoja por hoja. Las firmas estaban donde debían estar, y la cifra de la primera cuota coincidía con el sobre. Junto al contrato quedó el recibo que Paula Gil había dejado, con la hora anotada.
—Ya está —dijo Beatriz—. El local queda a nombre de Lina Ochoa.
Nubia se levantó de la silla con una mano en la cadera operada. Miró hacia la reja de la calle, que ya no tenía candado.
—¿Puedo volver arriba? —preguntó Nubia—. Llevo tres noches en casa de la vecina.
—La reja abre, mamá. Yeison quitó el candado a las seis.
Afuera pasó un bus con la puerta abierta. Nadie en la acera levantó la vista, y Nubia subió los dos primeros escalones.
Se detuvo con una mano en el pasamanos y se volvió hacia su hija.
—Mañana cuenta conmigo para la caja. Y no me esconda nada más.
—Mañana —dijo Lina—. Y usted no se calle.