Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 15 · ~5 min

Renacimiento incierto

Valeria despertó con la garganta seca y la cabeza pesada. Se quedó unos segundos mirando el techo blanco, sin moverse, escuchando apenas el ruido lejano de la ciudad tras la ventana. Habían pasado dos días desde la última pelea con Arturo. El dolor en el cuerpo era testigo de lo que había aguantado. Pero, esta vez, no sintió ganas de rendirse. Se sentó despacio en la cama, tanteando la sábana como si pudiera encontrar ahí una respuesta.

El silencio de la casa le pareció raro. Antes, cualquier movimiento de Arturo le ponía los nervios de punta. Hoy, solo quería verlo a los ojos y dejar claro que no pensaba dejarse aplastar por nadie, ni siquiera por él.

Se bañó rápido y se puso la misma ropa de siempre: jeans, camiseta, tenis. Al mirarse en el espejo, notó los ojos hinchados y la expresión dura. “Hoy no me vas a quebrar”, murmuró, apretando el puño. Bajó las escaleras, con el corazón acelerado pero firme.

Arturo estaba sentado en la sala, revisando papeles sobre la mesa. Tenía la cara cansada, la barba crecida y los ojos clavados en una hoja. No levantó la mirada hasta que Valeria se acercó.

—¿Vas a seguir ignorándome? —preguntó ella, cruzándose de brazos.

Él suspiró y dejó el papel a un lado. Su voz sonó más áspera de lo normal.

—No tengo nada nuevo que decirte, Valeria. Las cosas siguen igual de jodidas.

Valeria se sentó frente a él, sin apartar la mirada. Tomó aire, sintiendo el peso de la situación, pero decidió que no iba a retroceder.

—Sí tienes algo que decirme. Por primera vez, quiero escucharte sin pelear. Pero después te toca escucharme a mí.

Arturo se recargó en el respaldo, mirándola con una mezcla de cansancio y curiosidad. Se frotó la frente y habló sin rodeos.

—Estamos en la cuerda floja. Tu papá sigue desaparecido. Si no aparece con la plata, los tipos que vienen ahora son peores que yo. No sé si pueda protegerte de ellos.

Valeria asintió, tragando saliva. No había miedo en su gesto, solo una determinación nueva. Hizo una pausa y luego le contestó, con voz firme.

—No te estoy pidiendo protección, Arturo. Solo quiero que dejes de tratarme como si fuera una carga. Yo también sé moverme en este mundo, aunque tú no lo creas.

Él frunció el ceño, como si no esperara esa respuesta.

—¿Y qué propones? ¿Salir corriendo? ¿Dejar que te encuentren sola?

Valeria negó con la cabeza. Habló despacio, eligiendo cada palabra.

—Propondría pelear juntos. Pero no a tu manera. No con gritos ni amenazas. Si quieres que esto funcione, tienes que confiar en mí. Déjame decidir algo por una vez.

Un silencio pesado se instaló en la sala. Arturo la observó, buscando alguna señal de debilidad. No la encontró. Finalmente, se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—No me gusta perder el control, Vale. Lo sabes.

—A mí tampoco —respondió ella, casi sin pensar. Y por primera vez, ambos sonrieron, aunque fuera apenas un gesto.

La tensión bajó. Valeria se levantó y fue a la cocina. Preparó dos cafés, moviéndose con soltura entre las tazas y la cafetera. Sentía las manos temblorosas, pero no se detuvo. Regresó y puso una taza delante de Arturo. Él la miró con sorpresa, casi agradecido, aunque no dijera nada.

Tomaron café en silencio unos minutos. Valeria aprovechó para observarlo: ya no le parecía solo un monstruo. Había algo roto en él, igual que en ella. Quizá por eso no se habían destruido del todo.

Cuando terminó, Valeria tomó la palabra de nuevo.

—Dices que no puedes protegerme. ¿Eso significa que me dejas sola si algo pasa?

—No, no significa eso —contestó Arturo, esta vez sin dureza—. Significa que, si quieres pelear, tendrás que hacerlo a mi lado. Sin secretos. Sin traiciones.

Valeria aceptó el trato con un leve movimiento de cabeza. Se sentía rara, como si hubiera cruzado una puerta sin retorno.

El resto de la mañana se dedicó a revisar la casa, buscando puntos débiles, ventanas que no cerraban bien, puertas sin seguro. Arturo la siguió, al principio en silencio, después ayudándola a mover muebles y asegurar entradas. Por primera vez, trabajaron juntos sin discutir.

—¿Siempre fuiste así de terca? —preguntó él, mientras atornillaba una cerradura nueva.

—Desde niña. Mi papá decía que era imposible hacerme cambiar de opinión.

Arturo soltó una risa seca.

—Pues tu terquedad nos puede salvar o matar. No hay punto medio contigo, ¿no?

Valeria se encogió de hombros, pero no contestó. Siguieron en silencio hasta terminar. Luego, ella fue a su cuarto. Cerró la puerta y respiró hondo. Por primera vez en días, no sintió miedo de quedarse sola.

Pasó la tarde escribiendo una lista de cosas que necesitaban: comida, medicinas, un par de teléfonos nuevos. También anotó nombres, posibles contactos que podrían ayudar si las cosas se ponían feas. No confiaba en casi nadie, pero prefería estar lista. Anotó un plan de escape, por si todo salía mal.

En la noche, bajó a cenar. Arturo estaba en la cocina, friendo huevo y calentando pan. Le sirvió un plato sin decir nada. Comieron en silencio, pero esta vez la tensión era otra. Había respeto, aunque fuera frágil.

Al terminar, Arturo se apoyó en la mesa. Sus ojos, rojos de cansancio, buscaron a Valeria.

—Mañana empieza lo difícil. Si quieres salirte ahora, es el momento. Después no hay vuelta atrás.

Valeria lo miró directo, con la misma firmeza de siempre.

—No me voy. No sola. Ya no.

Arturo asintió y se levantó. Caminó hacia la sala, pero antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Descansa. Nos toca pelear juntos. O nos salvan, o nos hundimos los dos.

Valeria se quedó sentada, sintiendo por primera vez algo parecido a esperanza. No sabía si Arturo iba a cumplir su palabra, pero estaba lista para lo que viniera.

¿Están listos para enfrentar lo que viene? Esa pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta, mientras la noche cubría la casa.

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