Historia Abierta
Portada de Cobro a Cuotas
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Capítulo 8 · ~5 min

Sombra y deseo

Arturo soltó el vaso de whisky sobre la mesa sin mirar a Valeria. El vidrio resonó en el silencio del galpón. Había pasado una hora desde que ella terminó de limpiar el piso, pero él no encontraba las palabras justas. Se sentía observado por esos ojos que nunca bajaban la mirada, ni siquiera después de todo lo que había hecho para quebrarla.

Valeria seguía ahí, de pie, con los brazos cruzados. No se movía ni retrocedía. Arturo lo notó y eso lo irritó más de lo que quería admitir. Él estaba acostumbrado a control, a que todos bajaran la cabeza ante una orden. Pero ella no. Ella se le plantaba enfrente como si no tuviera nada que perder.

—¿Vas a seguir mirándome así? —Arturo no levantó la voz, pero el tono fue seco, cortante.

—¿Y cómo quieres que te mire? —respondió Valeria, sin aflojar. Tenía el mentón alto, la voz firme. Ni un temblor.

Arturo apretó los dientes. Dio dos pasos hacia ella, despacio. La distancia entre los dos se volvió incómoda, pero ninguno cedió. El galpón parecía más pequeño con esa tensión flotando en el aire.

—Tú sabes lo que pasa cuando alguien me desafía —dijo él, más bajo, como si le hablara solo a ella. Un aviso, no una amenaza abierta.

Valeria no se movió.—Haz lo que quieras. No voy a rogarte ni a pedir perdón por existir.

Arturo sintió un impulso de empujarla, de obligarla a bajar la mirada. Pero se contuvo. Se dijo a sí mismo que era porque ella solo buscaba provocarlo. No era cierto. Había algo más, una curiosidad mezclada con rabia, una atracción rara que lo incomodaba.

—No entiendes nada de este lugar —murmuró, girando para alejarse. Caminó hacia la ventana, pero no la abrió. No podía mostrarle que necesitaba aire. Que ella lo asfixiaba más que cualquier deuda o amenaza.

Valeria lo siguió con la mirada. No había miedo en sus ojos. Solo una mezcla de desafío y algo que Arturo no pudo descifrar. Dolor, tal vez. O ganas de que la retara, de que la pusiera a prueba de nuevo.

El silencio se hizo más pesado. Arturo tomó el vaso, bebió de un trago. Sentía el calor del alcohol bajar lento por la garganta. Quiso decirle algo cruel, pero las palabras se le atragantaron.

—¿Por qué no me odias? —escapó la pregunta, casi sin darse cuenta.

Valeria lo miró, sorprendida. Bajó los brazos por primera vez en la noche.—¿Y de qué serviría? Ya lo perdiste todo.

Arturo se quedó quieto. Esa respuesta lo golpeó. Nadie le hablaba así. Nadie tenía el valor de decirle en la cara que estaba vacío. Se rió, sin humor.

—¿Eso crees? ¿Que estoy acabado? —preguntó, dando un paso hacia ella de nuevo.

—No lo sé. Pero actúas como si tuvieras miedo. —Valeria no retrocedió. Dio un paso más cerca. Ahora el aire parecía cargar electricidad.

Arturo sintió un impulso extraño. Quería tomarla del brazo, sacudirla, forzarla a decir la verdad. Pero también quería que se quedara ahí, mirándolo de frente, sin mentiras.

—Tú no sabes lo que es perderlo todo —dijo, la voz tensa. El recuerdo de su propio padre cruzó por su mente, rápido y punzante. Se vio a sí mismo, chico, vendido como ahora Valeria.

—¿Y tú sí? —replicó Valeria. Su tono era más suave, pero no débil.

Por un segundo, Arturo sintió que la distancia entre los dos era mínima. Que podían entenderse. Pero la rabia y la costumbre tiraron más fuerte.

—No voy a dejar que me manipules —dijo él, forzando una sonrisa sarcástica. Se acercó hasta casi rozarla. El perfume de su piel, simple, le llegó como una cachetada.

Valeria levantó la barbilla. —No necesito manipularte. Ya no te tengo miedo, Arturo.

Él estiró la mano y le tocó el rostro, apenas un roce con los nudillos. Valeria cerró los ojos solo un momento, luego lo miró directo, desafiante. Arturo bajó la mano, furioso consigo mismo por ese instante de debilidad.

—No te confundas. Aquí mando yo —gruñó, dando media vuelta. Caminó de regreso a la mesa y tiró el vaso vacío contra la pared. El cristal se rompió en mil pedazos.

Valeria ni se inmutó. Se agachó y empezó a juntar los trozos, como si fuera lo más natural del mundo. Arturo la miró desde la sombra. Quiso gritarle que parara, que no era su sirvienta. Pero no dijo nada. Solo la observó, viendo cómo sus manos temblaban apenas, casi imperceptible.

El tiempo pasó lento. Valeria se levantó, con los cristales en la mano. Arturo se acercó, tomó los pedazos y los tiró al bote de basura.

—Esto no termina aquí —dijo él, voz ronca. No estaba seguro si era una amenaza o una promesa.

Valeria lo miró, seria.—Nunca termina, ¿verdad?

Por primera vez, Arturo bajó la mirada. Se sintió expuesto, sin esa coraza que lo protegía de todo. Sabía que la línea entre el castigo y el deseo era cada vez más delgada. Y que Valeria lo había notado antes que él.

Se hizo un silencio incómodo. Arturo pensó en alejarse, pero sus pies no respondieron. Valeria tampoco se movió. Solo lo miraba, esperando algo que él no podía dar. O quizás sí, pero no quería admitirlo.

—¿Tienes miedo de lo que pueda pasar? —preguntó ella, casi en susurro.

Arturo no contestó. Miró la puerta, la mesa, cualquier cosa que no fuera esos ojos. Sabía que era un cobarde en ese momento. Pero también sentía que, si seguía ese camino, ya no habría vuelta atrás.

El galpón se llenó de una tensión nueva. Ni castigo, ni sumisión. Solo dos personas rotas, midiendo fuerzas en un terreno donde nadie tenía el control absoluto. Por primera vez, Arturo se preguntó qué sentirían realmente ambos en esta nueva etapa.

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