Capítulo 20 · ~5 min
Ahora sí lo recuerdo
El jueves, a las diez de la mañana, Verónica firmó su declaración en una oficina del cuarto piso de la Fiscalía. Eran once hojas. Las leyó todas antes de firmar, dos veces, aunque Johana le dijo que no hacía falta.
—Medicina Legal comparó la pintura de la Prado con la de su Spark —dijo Johana—. Es la misma. Y la tarjeta de la cámara tiene las mismas fotos que la suya, con la misma hora.
—¿Y el capitán?
—Detenido. No ha dicho una palabra, pero ya no la necesitamos. Don Rigoberto habló toda la noche y dio once nombres del Valle.
Johana cerró la carpeta y se quitó los lentes de leer. Tenía ojeras y el moño flojo, y el tinto de la mañana seguía lleno encima del escritorio.
—Pidió una sola cosa a cambio: que protegieran a su hija. Salomé ya está en un programa de protección, lejos de Bogotá.
—¿Y Duván?
—Duván declaró seis horas, con la mano vendada. Va a tener principio de oportunidad. Casa por cárcel, en la casa del tío, y un juicio largo.
Verónica pensó en el muchacho del montacargas, con las llaves en el overol. Pensó en la mano sana que le había apretado en la oficina de despachos. Él la había llamado esa noche en el parqueadero, y después la había vendido, y después la había sacado de una nevera. Todo eso era verdad al mismo tiempo.
Johana le devolvió la Canon sin la tarjeta, dentro de una bolsa de papel. La tarjeta se quedaba en la carpeta hasta el juicio. En quince años de trabajo, le dijo, nunca había visto llegar un caso con dos tarjetas, una abolladura y una caja de fósforos.
***
Cristóbal la esperaba en el pasillo, sentado en una banca de madera, con la chaqueta verde en las rodillas. Se puso de pie cuando la vio salir.
—Gilma la está esperando abajo con Yurany —dijo—. Le quiere preparar el almuerzo en la casa de la puerta azul.
—Voy a quedarme allá un tiempo, Cristóbal. No me voy a la cabaña. Todavía no.
Él asintió y dobló la chaqueta en el brazo.
—Está bien. Es su decisión, como le prometí en la planta. Yo no me voy a mover de aquí.
—Pero el sábado usted me invita a un tinto. En el centro, como dos personas que no se conocen.
—¿Y si no le gusto?
—Entonces me invita a otro, y vemos.
Él se rió, despacio, con la boca torcida. Ella se quedó mirando cómo se reía, para guardarlo.
***
Tres meses después, el sábado 16 de enero, subieron al Nevado del Ruiz en la Frontier. La camioneta ya no tenía el volante pegado en el vidrio, pero el radio seguía sin funcionar.
Los tintos del sábado habían sido doce. Después vinieron las caminatas, una por semana. Gilma volvió a su cocina amarilla y pintó otra vez la puerta azul, que se estaba pelando. Yurany le devolvió las llaves del estudio. Le dijo que tomaba mejores fotos que antes, porque ahora miraba todo dos veces.
Cristóbal volvió a la cabaña del abuelo y a sus turnos de rescate.
Ella fue dos veces, de día, y la segunda vez se quedó a comer sancocho. Duván los llamaba los domingos desde la casa del tío. Efraín les mandaba queso con el camión de la leche, y una vez les mandó una foto de la Mona con un moño.
Subieron caminando desde el refugio. El viento venía de lado y traía granizo fino, que sonaba en las chaquetas. Cristóbal iba adelante, marcando el paso, y cada tanto se volvía a mirarla, callado.
Ella llevaba la Canon colgada y le tomaba fotos a la espalda de él, a las piedras, a la nieve sucia del borde del camino.
A los cuatro mil ochocientos metros, Verónica se mareó. Se sentó en una piedra y cerró los ojos. Cristóbal le tomó la muñeca, le buscó el pulso con dos dedos y contó en voz alta hasta cuatro.
Ella abrió los ojos. Abajo, entre las nubes, se veían los techos rojos de Manizales.
—Aquí fue —dijo él—. Aquí me vomitó las botas.
—Eso me lo contó en el cable, y lo recordé en el cable. No cuenta como sorpresa.
Verónica metió la mano en el bolsillo del jean. Sacó la argolla de oro, la que había guardado desde la noche del corredor. La había llevado ahí tres meses, sin ponérsela. Se la dio a él en la palma abierta.
—Usted dijo en la clínica que era mi esposo. A ver, pruébemelo.
Cristóbal miró la argolla. Le dio la vuelta con los dedos, buscando la luz, y leyó en voz alta lo que tenía grabado por dentro.
—«V y C, catorce del cinco del veintiséis».
La notaría olía a cera de piso. Él tenía la corbata torcida y le temblaba la mano, y a ella le dio risa en el momento de los anillos. Yurany gritaba desde atrás que no se movieran. Verónica se tapó la boca. Se le salieron las lágrimas, pero no por la altura.
—Usted tenía la corbata torcida —dijo—. Y Yury no paraba de gritar.
—Yo no la sabía amarrar. Fue el único nudo que nunca me salió, y Duván me la amarró en el carro.
Le quitó la argolla de la palma. No esperó a que él se la pusiera. Se la puso ella sola, en el dedo de la marca pálida, que ya casi no se veía. Después se levantó de la piedra y siguió subiendo.