Capítulo 19 · ~6 min
Portón cerrado
A las cinco en punto, el camión arrancó. El contenedor blanco crujió al moverse y las luces del patio le pasaron por encima, una por una.
Duván ya estaba en el montacargas. Lo sacó de detrás de las estibas con una estiba vacía levantada y lo metió de lado en el portón, justo detrás de la patrulla. Bajó las cuchillas al piso, apagó el motor y se guardó las llaves en el overol.
El camión frenó a dos metros. El conductor pitó tres veces. Duván se quedó sentado en el montacargas, con las manos en las rodillas.
Por la escalera de metal bajó el capitán Buitrago, rápido. Abrió la puerta de atrás de la patrulla y sacó a Cristóbal de un brazo. Lo puso de rodillas en el cemento, con las manos esposadas a la espalda.
Verónica salió de la oficina de despachos con la Canon en la mano. Nadie la había visto todavía.
—Usted no entiende nada, muchacho —le gritó el capitán a Duván—. Quite eso de ahí o le pego un tiro a su hermano.
El capitán sacó el arma de la funda y le apuntó a Cristóbal en la cabeza.
—No se baje, Duván —dijo Cristóbal, sin levantar la cara—. Quédese donde está.
—Me quedo, Cristo. Esta vez me quedo.
—Un secuestrador que se quiere volar en un allanamiento —dijo el capitán—. Eso lo creen hasta en Bogotá, Correa.
Verónica levantó la cámara y apretó el disparador a medio metro de la cara del capitán. El flash estalló en la oscuridad, blanco, dos veces seguidas.
El capitán gritó y se tapó los ojos con el brazo. Cristóbal se levantó de un salto y le dio con el hombro en el pecho. Cayeron los dos contra la llanta de la patrulla. El arma resbaló por el cemento y Verónica la empujó con el botín debajo del camión.
***
A las cinco y veinte llegaron tres camionetas blancas con letreros de la Fiscalía. Tuvieron que parquear afuera del portón, porque el montacargas no dejaba pasar ni una bicicleta. Johana se bajó primero, con el abrigo gris y un chaleco encima.
Los del equipo esposaron al capitán, que todavía no veía bien. Abrieron el contenedor con una barra. Desclavaron el fondo de la primera estiba con el código CUM-0417. Debajo estaban los paquetes, envueltos en plástico negro, en filas.
A don Rigoberto lo encontraron en su oficina del segundo piso. Estaba quemando papeles en una caneca de metal, con el anillo de la piedra verde todavía en el dedo. No se resistió. Pidió que lo dejaran llamar a su hija.
Johana le quitó las esposas a Cristóbal con una llave que le pidió a un patrullero. Después se acercó a Verónica, que tenía la Canon apretada contra el pecho.
—Deme la cámara, Verónica. Se la devuelvo, se lo prometo.
—Tiene la tarjeta B adentro, en el puerto dos. La tenía el capitán en la guantera.
—Me imagino por qué —dijo Johana—. Era su seguro contra don Rigoberto, por si algún día lo dejaba solo. Ahora también es el seguro de usted.
Verónica le dio la cámara y Johana la metió en una bolsa transparente. A las seis y media, el camión de estacas de Efraín frenó afuera del portón. Johana lo había llamado a la tienda por lo de la cantina azul. El viejo pasó por encima de la estiba con el sombrero en la mano.
—Esta mañana estaba lavando la cantina y encontré esta cosa en el fondo —dijo—. Tiene una ve escrita. Yo no sé qué es, mija, pero pensé que era suya.
Sacó del carriel una caja de fósforos y se la puso en la mano. Adentro estaba la tarjeta, con la V en marcador, mojada todavía.
—Es mía, Efraín. Y también es de usted, que la lavó con jabón azul y todo.
Verónica se la pasó a Johana sin abrir la mano del todo. Johana la miró contra la luz.
—Con esta y con la de la cámara, ya no hay juez en Caldas que me diga que no —dijo.
***
Se sentaron en una estiba vacía junto al muro, cuando ya era de día. Cristóbal tenía las muñecas rojas de las esposas. Ella tenía la parka roja de Yurany y el pelo lleno de humo.
Él empezó a hablar sin que ella le preguntara, y le dijo todo lo que había callado.
—El viernes a las seis, Duván me contó quién manejaba la Prado, y yo no fui a la policía. La noche de la clínica ya sabía lo de la curva. Ensayé tres veces cómo decirle que era mi esposa, y no me salió ninguna.
Se frotó las muñecas, una con la otra.
—Le mentí para cuidarla, Vero. Y cada mentira me la cobró usted. Era justo.
—Usted me escondió diez días en una montaña, Cristóbal. Diez días con vacas.
—Y usted se me voló por el potrero y en el cable. Y esta madrugada se le voló a Yurany, que es peor.
—¿Por qué no me dijo nada de la planta desde el principio?
Él tardó en contestar. Miró el contenedor abierto, a los de la Fiscalía con las linternas.
—Porque tenía miedo de que se fuera. Usted ya no me conocía, y lo único que tenía para que se quedara era que no supiera.
Cristóbal se miró las manos. Sacó el cordón rojo del bolsillo y empezó un nudo. No lo terminó. Se lo guardó otra vez.
—Ya no le escondo nada más. Lo que usted haga con eso, lo decide usted.
Duván pasó esposado hacia una de las camionetas blancas. Levantó la mano vendada para despedirse. Cristóbal le respondió igual, con la mano abierta.
Verónica miró al hombre que tenía al lado. No se acordaba de su boda, ni de su casa, ni de por qué se había enamorado de él. Se acordaba de la cabina del cable, del corredor de Efraín y de una puerta de acero que se abría por dentro.
Le buscó la mano, y esta vez no contó hasta cuatro antes de agarrarla.