Capítulo 18 · ~5 min
Desde adentro
La puerta se cerró con un golpe sordo. El motor del techo siguió zumbando. Verónica tenía los ojos en el acero, con la respiración hecha humo.
A los dos minutos ya no se sentía la punta de los dedos. Se metió las manos debajo de los brazos y contó las cajas de la pared de enfrente para no pensar en las cinco. Eran cuarenta y dos. Cada una decía «Cumbre. Hass. Export» en letras verdes.
Duván esperó a que se oyeran los pasos de Rigoberto en la escalera de metal. Después se levantó de la caja y caminó hasta la puerta.
—Esta nevera la arreglé yo en junio —dijo—. Las puertas tienen un seguro por dentro, para que nadie se muera encerrado. Don Rigoberto nunca ha entrado a una.
—¿Dónde está la tarjeta, Duván?
—En la cantina azul de Efraín, la de la tapa abollada. La eché ahí cuando salí al corredor, antes de que llegaran. Al capitán le di la de la Nikon.
Verónica se acordó de la espalda del overol tapándole todo. De los brazos que se movían junto a las cantinas.
—Usted me vendió y me salvó en el mismo minuto, con la misma mano.
—Yo los llamé, Vero, eso es verdad. —Duván se miró la mano vendada—. Me dijeron que si les daba la tarjeta no me metían preso. Pero yo no iba a dejar a mi hermano en la cárcel por mí.
—Efraín lava esas cantinas todas las mañanas.
—A las cinco, con agua hirviendo y jabón azul. Lo hace desde que yo era niño, y no ha fallado ni el día que se murió la señora.
Empujó una palanca roja por dentro de la puerta. Sonó un clic y entró el aire del patio, que era menos frío que el de adentro.
***
Salieron agachados por detrás de las estibas. El camión seguía en su sitio, con el contenedor enganchado y el motor prendido. Dos hombres con overol fumaban junto a la cabina.
Duván la llevó por un pasillo de cajas hasta el parqueadero de atrás. Ahí había tres carros. En el medio, la Prado negra.
Iban a cruzar cuando la Prado encendió las luces altas.
Verónica no se movió de la luz blanca. La lluvia, la curva de La Floresta, el Spark verde. Unas luces altas en el espejo y una camioneta que se le pegaba a la puerta. Después, la cara flaca del capitán por la ventana.
Las luces se apagaron. Se abrió la puerta del conductor y se bajó el capitán Buitrago, con la chaqueta de cuero negra. Caminó hacia las oficinas sin mirar a los lados. Subió la escalera de metal.
Verónica soltó el aire. Tenía las rodillas flojas, y no era del frío. Ahora tenía la cara. Ya no eran solo unas luces altas en el espejo. Era el mismo hombre que la había mirado desde un uniforme en la televisión, diciendo que la buscaban para protegerla.
Duván le dijo que el capitán nunca le ponía seguro a la Prado adentro de la planta. Ella caminó hasta la camioneta. En el guardabarros delantero derecho había una abolladura grande. Pasó los dedos por encima. Debajo del negro había una raya de pintura verde.
Abrió la puerta del copiloto. En la guantera, debajo de unos papeles, había una cámara Canon negra. Su cámara. No se acordaba de ella. Pero sus manos sí: encontraron el botón, abrieron la tapa y sacaron una tarjeta del puerto dos.
—Graba en dos tarjetas a la vez —dijo, casi sin voz—. Una se la llevé yo. Esta se la llevó él.
—¿Y por qué no la borró?
—No sé. Pero no la borró, y yo tampoco la voy a soltar más.
Volvió a meter la tarjeta en la cámara y se colgó la Canon al cuello, debajo de la parka roja.
***
La oficina de despachos estaba al lado del portón, con una ventana que daba al patio de cargue. Duván tenía la llave. Adentro había un escritorio, un calendario de una ferretería y un teléfono fijo color crema.
A las cuatro y treinta y cinco, Verónica levantó el auricular. Marcó el número de memoria, despacio, un número a la vez. Contestaron al tercer timbre.
—Johana Patiño.
—Soy Verónica. Estoy en la planta, en la oficina de despachos, con mi cámara y la otra tarjeta. La Prado del capitán tiene la pintura verde de mi carro en el guardabarros.
—No se mueva de donde está. Conseguí el juez a las tres y me negó la orden. Con esto se la vuelvo a pedir por teléfono.
Afuera, uno de los hombres del camión botó el cigarrillo y se subió a la cabina.
—El camión sale a las cinco. Faltan veinticinco minutos, y ya tiene el motor prendido.
—Entonces que no salga, Verónica, como sea. Voy con mi equipo. Usted no salga de esa oficina por nada.
Colgó. Por la ventana, Duván miraba el montacargas, con las llaves puestas. Le dijo que podía cruzarlo en el portón con una estiba encima, y que nadie lo movía en menos de media hora. Pero si lo hacía, se le acababa todo: la planta, el sueldo, el pueblo.
—Eso ya se acabó, Vero. Se acabó desde el jueves, en esa ventana. Uno nada más no se había dado cuenta.
Ella no lo detuvo. Le tomó la mano sana y él se la apretó fuerte, como cuando uno se despide en un terminal. Después salió corriendo hacia el montacargas, agachado, con el chaleco amarillo brillando bajo las luces del patio.
Verónica se quedó sola en la oficina, con la Canon contra el pecho.
A las cuatro y cincuenta y ocho se abrió el portón de la planta. Entró una patrulla, despacio, con las luces apagadas. En el asiento de atrás, con las manos esposadas a la espalda, venía Cristóbal.