Capítulo 17 · ~5 min
La nevera grande
A las dos y media, Verónica cerró la puerta del estudio sin hacer ruido. La abuela roncaba suave en el sofá y Yurany dormía en la colchoneta, con un brazo encima de la cara. No les dejó nota. Si les dejaba nota, Yurany la seguía.
Llevaba la parka roja encima de la chaqueta negra, todavía húmeda. Contra el pecho, en la chaqueta, llevaba el recibo de la gasolina. En el del saco, el Motorola de la abuela. La argolla seguía en el jean.
Paró un taxi en la avenida Santander. El taxista le dijo que a esa hora la vía a Villamaría era sola, que mejor esperara a que amaneciera. Ella le dijo que la estaban esperando. El viaje duró veinticinco minutos y le costó casi toda la plata que le quedaba de Efraín.
La planta era más grande de lo que se veía en sus fotos. Un muro alto, alambre arriba, luces blancas en los patios. En el portón la esperaba un vigilante con una linterna. No le preguntó el nombre.
***
Don Rigoberto la recibió en su oficina del segundo piso. Tenía puesto el chaleco azul con el logo de la planta y un anillo de oro con una piedra verde en el dedo meñique. Le ofreció una silla con la mano abierta, como un tío en una visita.
Duván estaba de pie contra la pared, con la mano vendada y la gorra en la otra mano. No la miró.
—Siéntese, Verónica, que usted está pálida. ¿Quiere un tinto de una finca de Chinchiná?
—Quiero ver a Cristóbal. Ese fue el trato que me ofreció Duván.
—Cristóbal está en la Fiscalía, durmiendo en una colchoneta, desde ayer al mediodía. Nadie lo iba a trasladar. Duván le dijo lo que yo le pedí que le dijera.
Verónica miró a Duván. Él seguía con los ojos en el piso.
—Entonces no le doy nada. Ni el celular ni lo que tiene adentro.
—Ya me lo dio, mija. Lo trajo hasta aquí en el bolsillo.
Rigoberto no se movió de la silla. El vigilante entró por detrás de ella, le sacó el Motorola del saco y se lo puso en el escritorio.
—Eso es de mi abuela —dijo Verónica—. No es suyo ni de nadie de aquí.
—Su abuela va a tener uno nuevo, se lo prometo. Uno con pantalla grande, para que vea las novelas.
Rigoberto se puso unas gafas, abrió el chat y borró las tres fotos una por una, con calma. Después borró el chat. Sacó el chip con un clip y lo partió en dos.
Al final puso el celular sobre el escritorio y le dio tres golpes con un pisapapeles de bronce. El forro de flores se rajó. La pantalla quedó blanca, después negra.
Verónica no gritó. Lo miró hacer todo, sin parpadear, para acordarse de cada cosa.
***
—Usted no me va a creer, pero yo no soy un mal hombre —dijo Rigoberto, y se quitó las gafas—. Soy un hombre con una deuda.
—Usted sobornó a un policía para que me matara en una curva.
—El capitán se pasó. Yo le dije que la asustara, nada más.
Contra la pared, Duván se pasó la mano vendada por la cara.
—Y sin embargo le sigue pagando.
—Le sigo pagando porque no tengo a quién más pagarle. En el 2019 se me pudrió un embarque entero en el puerto. Yo le debía tres mil ochocientos millones a una gente del Valle.
Abrió un cajón y puso un celular encima del escritorio. En la pantalla había una foto de una muchacha con morral, saliendo de una universidad. La foto estaba tomada desde un carro.
—Mi hija Salomé, que estudia en Bogotá. Esa foto me la mandaron en febrero, con un mensaje que no le voy a leer. En marzo empecé a mandar las estibas.
Verónica miró la foto. La muchacha tenía el pelo de él y se reía con alguien que no salía en la foto.
—Lo siento por ella —dijo—. Por usted, no.
Rigoberto guardó el celular, se recostó en la silla y entrelazó los dedos sobre la barriga.
—Eso es justo. La tarjeta que su cuñado le entregó al capitán ayer al mediodía estaba llena de vacas. Vacas de don Efraín, con nombre y todo.
Verónica se volvió hacia Duván. Él levantó la cara al fin, y tenía los ojos rojos.
Rigoberto le contó que lo habían descubierto a las nueve de la noche, cuando su técnico abrió la tarjeta en la planta. A esa misma hora desbloqueó el celular roto de ella y vio el chat con la abuela. Por eso llamaron.
Le preguntó a Duván dónde estaba la de verdad, y Duván dijo que la había botado al río. No le creyó. Tampoco tenía tiempo de averiguarlo.
***
Dos vigilantes los bajaron por una escalera de metal hasta el patio de atrás. Hacía un viento de madrugada que traía olor a aguacate maduro y a cartón mojado. Al fondo, contra el muro, había un contenedor blanco conectado a un motor, con un sello amarillo en la puerta. El camión ya estaba enganchado.
Los metieron en una puerta gruesa, de acero, con un número 3 pintado en rojo. Adentro hacía un frío seco que se metía por la nariz. Había cajas de aguacate hasta el techo y un termómetro en la pared: seis grados.
Duván se sentó en una caja, callado. Verónica se cerró la parka hasta el cuello.
Rigoberto se quedó en el marco de la puerta, con la luz del patio detrás. Se acomodó el chaleco y miró el reloj.
—Yo no mato a nadie, Verónica. Para eso está el capitán —dijo—. A las cinco sale el camión. Y a las cinco le traen a su esposo.