Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 16 · ~5 min

El teléfono de Gilma

La señora dejó la bolsa de arepas en el mostrador y la abrazó sin pedir permiso. Olía a jabón de barra y a bus. Le llegaba apenas al hombro, con zapatos y todo.

—Mija. Mi mija linda. Yo estaba segura de que usted estaba viva, aunque esa gente de la televisión dijera otra cosa.

Verónica no supo qué hacer con los brazos. Al final los puso en la espalda de la señora, que era pequeña y huesuda.

—Abuela —dijo, y la palabra le salió rara—. Yo me acuerdo de su cocina. Es amarilla.

—Amarilla desde el noventa y ocho. Usted la pintó conmigo, con ocho años, y se echó media lata encima.

—No me acuerdo de eso. Me acuerdo del color, nada más.

—Con el color empezamos, mija. Lo demás se lo cuento yo.

Gilma le explicó que Cristóbal la había dejado en Pereira, donde su hermana Luz, hacía diez días. En el noticiero de la una había visto la captura. Se subió sola al bus de las dos, sin avisarle a nadie. A su edad ya no le pedía permiso ni al médico.

Yurany le contó que la había llamado a Pereira en la tarde, por si acaso. Gilma dijo que eso no importaba: ya venía en camino.

***

Subieron al apartamento de Yurany, encima del estudio. Era un solo cuarto con cocina, un sofá cama y cuerdas con fotos colgadas a secar. Yurany calentó las arepas en un sartén. Gilma les puso mantequilla y sal con la misma mano, sin preguntar a quién le gustaba cómo.

Comieron en el sofá. Gilma le habló de la mamá de ella, Omaira, que había muerto en el 2003 y que también tomaba fotos, pero malas. Verónica la escuchó sin fingir que se acordaba. La abuela no se lo pidió.

Gilma le tocó la cicatriz de la sien con dos dedos, muy despacio, y le dijo que ya estaba cerrando bonito. Después le sirvió otra arepa, aunque ella no la había pedido.

A las nueve, Gilma sacó del bolso un Motorola viejo con un forro de flores y lo puso en la mesa, despacio. Le dijo que eso se lo había mandado ella esa noche. No lo había entendido, pero no lo borró, porque ella le pidió que no lo borrara.

Abrió el chat. Arriba decía «Mi Vero». Debajo había tres fotos y un mensaje: «Abue, no borre esto». La hora decía 10:52 p. m., jueves 1 de octubre.

Verónica leyó su propia frase y se le cerró la garganta. Volvió el olor a gasolina. Estaba sentada en el Spark verde, en la estación, con el limpiaparabrisas prendido. Mandó las fotos a la única persona que nunca borraba nada.

—Fui yo —dijo—. Las mandé desde la estación de gasolina, después de escribir la nota. Me temblaban tanto las manos que se me cayó el celular dos veces.

—Y después no me contestó más, mija. Ni esa noche ni las otras.

Agrandó las fotos con dos dedos. La estiba abierta, con el código CUM-0417. Don Rigoberto al lado, con el chaleco azul. El capitán Buitrago, recibiendo el sobre. Yurany se sentó en el brazo del sofá a mirar y se tapó la boca.

—Vero, mándale eso ya a la fiscal. Ya mismo, antes de que pase cualquier cosa.

—No.

—¿Cómo que no? Esa mujer estuvo aquí hace tres horas. Esa es la prueba que dijo que no tenía.

—Esa mujer estuvo aquí y se fue a buscar a un juez en el mismo edificio donde tienen a Cristóbal. No sé quién más trabaja en ese edificio, Yury.

Le dijo Yury sin pensarlo, y Yurany se quedó con la boca abierta. Verónica le explicó que esa mañana se había quedado sin tarjeta por confiar en un muchacho con la mano vendada. No se iba a quedar sin nada otra vez. En la mañana le mostraba el celular a Johana en la mano.

—Tú no confías en nadie, Vero —dijo Yurany—. Ni antes, ni ahora. Eso no te lo quitó el golpe.

—Pues entonces algo me queda de antes.

***

A las once, la abuela se durmió sentada en el sofá, con las gafas puestas. Yurany le quitó las gafas y la tapó con una cobija de cuadros. Afuera llovía sobre la avenida Santander, y los buses pasaban con las ventanas empañadas.

Verónica no podía dormir. Tenía el Motorola en el bolsillo del saco mostaza y la argolla en el del jean. Se paró junto a la ventana, con los brazos cruzados, porque el apartamento era frío y la chaqueta negra estaba mojada.

Yurany salió del baño en pijama. Descolgó su parka roja del perchero y se la puso a ella sobre los hombros.

—Te queda grande —dijo, y casi se rió—. Siempre te dije que te quedaba grande.

—No me acuerdo de que me lo dijeras.

—Ya lo sé. Te lo estoy diciendo otra vez, para que te acuerdes de esta vez.

Yurany se acostó en una colchoneta, al lado de la abuela, y apagó la lámpara. A las once y cuarenta, el Motorola vibró en el bolsillo del saco, con un timbre viejo. En la pantalla salía un número que empezaba por 310. Verónica contestó antes de que la abuela se despertara. Al otro lado se oía un motor.

—Vero, saben lo del celular de la abuela —dijo Duván—. Si a las tres no lo trae a la planta, a Cristóbal lo trasladan esta noche.

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