Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 15 · ~6 min

Fotos de la boda

A las dos, Efraín le abrió la puerta del cuarto de los quesos y le dio la mano para sacarla. Tenía la cara gris y el sombrero torcido.

—Súbase atrás, mija, entre las cantinas. Yo la bajo a Manizales en el camión de la leche, que a ese camión no lo para nadie.

—¿Y si lo paran?

—Les vendo queso. Llevo cuarenta años bajando por esa vía y los policías de abajo me deben hasta el desayuno.

Le pasó el costal de concentrado. Adentro estaban la maleta de tela y la Nikon, que se había quedado en la mesa de la cocina. A los policías no les había interesado: ya tenían su tarjeta.

—Usted me negó delante de ellos —dijo ella.

—La negué para que no se la llevaran, que es distinto. Y el primer día también le mentí, porque el muchacho me pidió que no la enredara.

Se enderezó el sombrero torcido.

—Yo sí fui a su boda, mija. Me tomé tres aguardientes y bailé con su abuela.

Se tocó el carriel y sacó una tarjeta de presentación doblada en cuatro. Decía «Estudio Doble Luz. Fotografía», con una dirección de la avenida Santander.

—La fotógrafa de la boda era su socia, la de las gafas rojas. Me la regaló ese día. Ahí la dejo, y después veo qué hago con el muchacho.

Verónica se subió atrás. Efraín le echó encima una lona que olía a leche agria y a gasolina, y arrancó.

***

El viaje duró hora y media. Ella lo hizo acostada entre las cantinas, con la Nikon contra el pecho y la cabeza en el costal. Cada vez que el camión frenaba, contaba hasta cuatro y soltaba el aire. Nadie levantó la lona.

El estudio quedaba en un primer piso, con una vitrina llena de fotos de bebés y de quinceañeras. La puerta era de vidrio y tenía una campana. Cuando sonó, una mujer de gafas rojas y pelo crespo levantó la cabeza detrás del mostrador. Soltó el lapicero. Después salió corriendo y la abrazó tan fuerte que le dolió la sien.

—Vero, ay, Dios mío. Te vi en las noticias y no he dormido en doce días. Dijeron que ese hombre te tenía amarrada.

—¿Usted es Yurany?

La mujer la soltó despacio. La miró a los ojos, y los ojos se le llenaron de agua.

—Me dijiste usted. Tú a mí nunca me has dicho usted, ni borracha.

—Perdón. No me acuerdo de ti. Me dijeron tu nombre, nada más.

Yurany cerró con llave y la llevó atrás, donde había un computador grande. Verónica le contó en un cuarto de hora la clínica, la cabaña, la tarjeta, la planta, el capitán y la captura. Yurany no la interrumpió. Al final se limpió los ojos con la manga de la parka.

—Ese hombre no te secuestró, Vero —dijo—. Ese hombre es tu esposo. Yo les tomé las fotos.

—Eso dice todo el mundo. Yo no tengo nada mío que lo diga.

Yurany abrió una carpeta en el computador que se llamaba «V y C». Ahí estaban: el jueves 14 de mayo, la Notaría Segunda de Manizales, un vestido blanco corto y una chaqueta verde que ya conocía. Ella reía con la boca abierta. Él la miraba a ella, no a la cámara.

En otra foto estaban todos en la puerta de la notaría. La abuela, de pelo blanco y gafas gruesas. Efraín, con el sombrero en la mano. Duván, con una corbata prestada que le quedaba ancha. Yurany le contó que esa la había tomado Verónica con el temporizador, porque no dejaba que nadie más tocara su cámara, ni en su boda.

Verónica pasó las fotos una por una. No se acordó de nada. Pero la mujer de la pantalla no tenía miedo, y eso era más de lo que ella tenía desde que despertó en la clínica.

Él no le había mentido en lo importante. Le había mentido en todo lo demás: la lluvia, la planta, el hermano que le consiguió el trabajo. En lo de ser su esposo, no.

Para no llorar delante de Yurany, sacó la Nikon del costal. Quería mostrarle las fotos de las vacas de Efraín, las de la tarde del tobillo. Encendió la cámara y la pantalla dijo «Sin tarjeta». Abrió la tapa con la uña. El hueco estaba vacío.

Nadie había tocado esa cámara en la cocina, salvo Duván. Miró el hueco un rato largo. No entendía para qué quería alguien una tarjeta llena de vacas.

A las cuatro y cuarto llamó a Johana desde el celular de Yurany, con el número de memoria. Johana le dijo que no colgara, que no se moviera y que no le abriera a nadie con uniforme. Llegaba a las seis.

***

Llegó a las seis y diez, con un abrigo gris mojado y los zapatos llenos de barro. Era más alta de lo que Verónica se había imaginado por la voz. Tenía una cicatriz pequeña en la barbilla.

—A su esposo lo tienen en la estación de la Fiscalía, en el centro —dijo, todavía de pie—. Lo vi un momento. Está bien. Me pidió que le dijera que no fuera a buscarlo.

—¿Puede sacarlo?

—Hoy no. El capitán tiene el informe de la clínica: usted salió de noche, con un trauma en la cabeza y sin firmar la salida. Usted sale ahí como víctima.

Verónica se puso de pie y la silla de oficina rodó hasta la pared.

—Yo no soy víctima de él. Yo se lo digo a quien sea.

—Usted no se acuerda de su boda, Verónica. Un juez la oye un rato y le cree al capitán.

Johana se sentó por fin. Se secó las manos en el pantalón y miró la vitrina, la calle, la puerta con llave.

—Sin la tarjeta y sin un testigo de adentro no hay orden para abrir ese contenedor. Y el camión sale a las cinco de la mañana. Lo siento.

Yurany le puso a cada una un tinto en la mano. Nadie se lo tomó. Johana se fue a las siete y cuarto, a buscar un juez de turno que la quisiera oír. Dejó una tarjeta con su nombre encima del mostrador.

A las siete y media sonó otra vez la campana de la puerta. Yurany se puso de pie, asustada, con la mano en el pecho.

Detrás del vidrio había una señora pequeña de pelo blanco y gafas gruesas, con una bolsa de arepas en la mano. Era la misma señora de la cocina amarilla.

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