Capítulo 14 · ~5 min
Orden de captura
Punto de vista de Verónica.
Efraín fue el primero en oír los carros. Soltó el molde de queso en la mesa, le apagó el bombillo y la empujó hacia el fondo del cuarto, detrás de los estantes.
Le dijo que se quedara quieta y que no respirara si no era necesario, porque eso no era la leche.
Cerró la puerta por fuera con el pasador. Verónica quedó a oscuras entre treinta quesos redondos envueltos en tela. Entre dos tablas de la pared había una rendija del ancho de un dedo. Por ahí se veía el patio, la puerta de la cocina y el corredor.
El cuarto olía a cuajo y a madera húmeda. Hacía frío, y el frío le subía por los botines. Verónica pegó un ojo a la rendija. Pensó en la tarjeta, que se había quedado en el portátil, encima de la mesa de la cocina. Pensó en salir corriendo a sacarla. No alcanzaba: los motores ya estaban en la portada.
Duván salió de la cocina con el portátil cerrado bajo el brazo. Se detuvo en el corredor, de espaldas a ella, junto a las cantinas de la leche. Movió los brazos. Ella no alcanzó a ver qué hacía, porque la espalda del overol le tapaba todo.
La Prado negra entró al patio y frenó frente al corredor. Detrás venían las dos patrullas. Se bajaron cuatro policías y, al final, el hombre de la chaqueta de cuero negra.
El capitán Buitrago caminó hasta Duván sin apuro. Duván estiró la mano vendada y le puso algo pequeño en la palma.
—Esa es —dijo Duván—. La que estaba en el portátil. Ahí está todo lo de esa noche.
—Y el portátil también, muchacho. Uno nunca sabe qué copias hizo la gente. Usted hizo bien en llamar, se lo digo de verdad.
Duván le entregó el portátil. El capitán se guardó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta de cuero y se lo cerró con la cremallera.
Verónica se clavó las uñas en las palmas. Esa tarjeta la había cuidado doce días. En la linterna, en el portátil, en el forro de la chaqueta. Y ahora la tenía el hombre del sobre, guardada con cremallera.
***
Cristóbal bajó corriendo de la loma. Entró al patio por la cerca de atrás, con la chaqueta verde abierta. Frenó en seco al ver a Duván al lado del capitán.
Dos policías lo agarraron de los brazos. Él no se resistió. Miraba a su hermano, que tenía la mano vendada con el esparadrapo que él mismo le había puesto a las nueve.
—Cristóbal Correa —dijo el capitán, y sacó un papel doblado del bolsillo de adentro—. Tengo una orden de captura en su contra por el secuestro de Verónica Salas. ¿Dónde está ella?
—Se fue ayer. Me dejó, capitán. Se cansó de estar escondida en el monte con un hombre que no conoce.
—¿Usted le cree a este señor, Duván?
—Yo no sé nada de ella desde el viernes —dijo Duván, sin mirar a nadie.
Cristóbal dio un paso hacia él y los policías lo jalaron hacia atrás.
—Duván, míreme. Míreme a la cara y dígame que esto no es lo que parece. Usted me dijo que subía a ayudar.
—Yo no le prometí nada, Cristo. Le dije que subía el martes. No le dije a qué subía.
Le pusieron las esposas a Cristóbal con las manos atrás. El ruido metálico llegó hasta la rendija. Verónica se agarró del estante para no salir. Si salía, la llevaban a ella también, y nadie iba a quedar afuera para hacer nada.
Duván se subió solo a la segunda patrulla. Nadie lo esposó. Se sentó atrás y se bajó la gorra hasta los ojos.
Verónica tenía la frente pegada a la tabla. Lo había perdido todo en una hora: la tarjeta, el testigo y a él. El muchacho que la había salvado en el parqueadero acababa de entregarla, y ella le había pedido a Cristóbal que confiara en él.
***
Dos policías revisaron la casa. Sacaron el altillo patas arriba, abrieron los cajones de la cocina y miraron debajo de las camas. Uno levantó el plástico negro del galpón y encontró la Frontier. El otro le hizo una foto con el celular.
El capitán caminó hasta la puerta del cuarto de los quesos. Puso la mano en el pasador. Verónica dejó de respirar.
—Ahí no hay sino quesos, capitán, y huelen a pie de difunto —dijo Efraín, desde el corredor—. Si quiere uno para la casa, lléveselo, que este mes no se vendieron.
—¿Usted vive solo, don Efraín?
—Solo con las vacas, desde que se me murió la señora. Y las vacas no le saben contestar.
El capitán miró hacia el galpón, donde la Frontier había quedado destapada.
—¿Y la muchacha? La vieron en el cable con este señor el viernes. Una muchacha flaca, de pelo negro, con un saco mostaza.
—Yo no he visto ninguna muchacha. Yo vi a este muchacho, que es nieto de un amigo mío, y le presté el altillo porque estaba triste. Eso no es delito todavía.
El capitán soltó el pasador y caminó hasta la primera patrulla, donde tenían a Cristóbal con la puerta abierta. Cristóbal volvió la cabeza hacia el cuarto de los quesos, solo un segundo, y después miró al frente.
—Su esposa no sabe ni cómo se llama, Correa —dijo, en voz alta, para que lo oyera Efraín—. Por eso es secuestro.