Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
  • 20 capítulos
  • 645 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 13 · ~5 min

Duván sube solo

Punto de vista de Cristóbal.

Duván llegó a las nueve, una hora antes de lo que habían quedado. Cristóbal lo vio desde el corredor: subía por el potrero de atrás, sin camino, saltando las cercas de Efraín.

En la última cerca se enredó. Cristóbal oyó el grito y bajó corriendo. Su hermano tenía la mano izquierda abierta en la palma, con una línea roja que le llegaba hasta la muñeca. Un pedazo de su overol gris se había quedado en el alambre de púas.

—¿Por qué no subió por el camino, como la gente? —le preguntó Cristóbal, mientras le apretaba la mano con un pañuelo.

—Porque en el camino hay ojos. En la tienda había un carro que no es de aquí.

—¿Qué carro?

—Uno blanco, con vidrios oscuros. A lo mejor no es nada. Por eso me vine temprano.

En la cocina, Cristóbal abrió el botiquín rojo. Le lavó la herida con agua hervida, le puso una gasa y le dio cuatro vueltas de esparadrapo. Duván no se quejó. Miraba la puerta todo el tiempo y movía la rodilla debajo de la mesa.

Cristóbal pensó que era el miedo. Era el mismo niño que se tapaba los oídos con los truenos, y él lo conocía mejor que nadie. Por eso no le preguntó por el celular, que su hermano sacó dos veces del bolsillo del overol y volvió a guardar sin desbloquear.

***

Verónica bajó del altillo con la chaqueta puesta. Saludó a Duván con la cabeza y se sentó al frente, con el portátil.

—La fiscal llega a las diez —dijo—. Antes de que llegue, quiero que vea lo que hay en la tarjeta. Todo, no solo la foto suya.

—Quiero ver la 147 —dijo Duván—. Quiero ver si se me ve la cara. Si se me ve la cara, ya estoy muerto, y da igual que hable o que no.

Verónica metió la tarjeta en el portátil y esperó el clic. Buscó la foto. Duván se acercó a la pantalla con la mano vendada apoyada en la mesa.

—De espaldas —dijo él—. Gorra, chaleco y nada más. Eso puede ser cualquiera de la planta.

—Pero usted sabe que es usted.

—Yo sí. Déjenme verlas todas, solo. No quiero que me estén mirando la cara mientras veo eso.

Verónica miró a Cristóbal. Él asintió.

—Es mi hermano —le dijo—. Yo subo a la loma a llamar a Johana para confirmarle la hora. Usted ayúdele a Efraín con los quesos, que lo está esperando.

Ella dudó. Después se puso de pie, dejó el portátil abierto y salió hacia el cuarto de los quesos, al fondo del patio. Duván ya estaba pasando fotos con la flecha. Al lado del portátil quedaba la Nikon, donde Cristóbal la había dejado la noche anterior.

Cristóbal subió la loma con el celular en la mano. Había confiado en ese muchacho toda la vida. No pensaba dejar de hacerlo esa mañana.

***

Arriba, la niebla todavía tapaba la mitad del valle. El celular agarraba una rayita y la perdía. Cristóbal marcó a las nueve y media y le salió el buzón. Marcó a las diez, y a las diez y cuarto, y nada. Otra vez el buzón.

Se movió de piedra en piedra buscando señal, como le había enseñado el abuelo a buscar el viento. Se sentó en la más alta, con el celular levantado en la mano. A las once le entró un mensaje de Johana, de las ocho de la mañana: «Problemas con el vuelo. Llamo apenas pueda».

Esperó. Pensó en bajar y no bajó, porque si bajaba se perdía la llamada. Hizo y deshizo un nudo con el cordón rojo, uno detrás de otro, hasta que se le cansaron los dedos.

A las once y veinte, el celular sonó. Johana tenía ruido de aeropuerto detrás.

—Estoy en Bogotá —dijo—. La niebla cerró La Nubia y no sale ningún vuelo para Manizales. Me voy a Pereira por avión y de ahí por tierra.

—¿A qué hora llega?

—A las seis de la tarde, si no hay derrumbes. Mi equipo llegó anoche por tierra y está en un hotel de Manizales. No se mueva de ahí y no suelte esa tarjeta.

Cristóbal se puso de pie en la piedra.

—Está en el portátil, en la cocina de Efraín. Con mi hermano.

—¿Su hermano está solo con la prueba? —Johana tardó en seguir—. Cristóbal, usted me bajó de una montaña. Hágame caso esta vez: vuelva ya.

Él le dijo que era su hermano, que no había problema, que lo conocía desde que nació. Colgó antes de que ella le contestara.

No bajó enseguida. Esperó arriba, con los ojos en la finca, para calmarse antes de que su hermano le viera la cara.

Desde arriba se veía todo: el techo de zinc del establo y el galpón con la Frontier tapada. La chimenea de la cocina soltaba un hilo de humo blanco, que subía derecho porque no había viento. En el patio, Efraín cargaba un balde hacia el cuarto de los quesos.

Nada raro. Las vacas, el humo, el perro dormido en el corredor y la puerta de la cocina abierta, como siempre.

A las once y cincuenta y cinco, el perro se levantó y ladró hacia la vía.

Cristóbal miró hacia abajo. Por la vía de la vereda subían dos patrullas, una detrás de la otra, sin sirena. Adelante iba una Prado negra, y en la portada de Efraín puso la direccional.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:32

Siguiente lectura