Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 12 · ~5 min

Café a medianoche

Después de leer el recibo, Cristóbal se lo devolvió doblado y no habló del tema en toda la tarde. Arregló la cerca con Efraín, le dio de comer a los perros y subió a la loma a llamar a Johana. Le contó lo del miércoles y le dejó el número del fijo de la tienda.

A las once de la noche, Verónica lo encontró en el corredor de la casa. Tenía dos pocillos de café y el botiquín rojo en la banca.

—Siéntese aquí, contra la luz —dijo él—. Ya pasaron diez días. Esos puntos se los tengo que quitar hoy, o se le quedan pegados a la piel.

Ella se sentó y se quitó la gasa. Él le limpió la sien con un algodón frío. Sacó del botiquín unas tijeras pequeñas y unas pinzas.

—Usted tenía razón en escribir eso —dijo él, sin dejar de mirar la herida—. Yo la mandé a esa planta. Si hubiera sido yo, tampoco habría confiado en mí.

—Yo no sabía que su hermano trabajaba ahí.

—Nadie sabe mucho de Duván. Yo me encargué de eso.

Cortó el primer punto y lo sacó con las pinzas. Ella sintió un tirón pequeño. Él contó en voz alta, uno, y siguió.

—Mi mamá murió en 2012 —dijo—. Yo tenía diecinueve años y él tenía diez. El día del entierro lo dejé donde un tío, en Villamaría, con una maleta de tela. Me fui a trabajar a Bogotá y le dije que volvía por él en un año.

—¿Y volvió?

—A los cuatro, y él ya no me abría la puerta. Desde entonces le consigo trabajos, le presto plata y le creo todo. Es la manera que tengo de pagarle esos cuatro años.

Cortó el sexto punto. Lo dejó con los otros cinco, encima de una gasa doblada.

—Ya está —dijo—. Le va a quedar una línea delgada, como la mía en la ceja.

Ella se tocó la sien con la punta de los dedos. La piel estaba lisa y un poco caliente. Él no se había alejado. Seguía sentado a un palmo, con las pinzas todavía en la mano.

Verónica pensó que no se acordaba de haberlo besado nunca. Pensó que eso no tenía por qué detenerla. Se inclinó y lo besó, despacio, con los ojos abiertos al principio y después cerrados.

Él tardó un momento en responder. Después le puso una mano en la nuca, con mucho cuidado, la misma mano que le había quitado los puntos.

Cuando se separaron, el café ya estaba frío. Él sacó la billetera del bolsillo del jean y dejó la argolla de oro sobre la banca, entre los dos pocillos.

—No se la tiene que poner —dijo—. Solo quiero que la tenga usted y no yo.

Verónica la miró un rato. Era pequeña, con un brillo gastado por dentro. No leyó el grabado. La guardó en el bolsillo del jean, sin ponérsela.

Esa noche durmió con la mano en el bolsillo. La argolla pesaba menos de lo que ella había pensado. Antes de dormirse, se dio cuenta de que ya no contaba los días que faltaban para irse. Contaba los que faltaban para el miércoles.

***

El lunes amaneció despejado. Desde el corredor se veía el Nevado entero, blanco contra el cielo. Verónica lo fotografió cuatro veces con la Nikon de Cristóbal, y en las cuatro él salía en una esquina, mirándola.

Efraín le explicó los nombres de las vacas mientras ordeñaban. Todas se llamaban como actrices de telenovela de los años ochenta, menos la Mona, que se llamaba así porque era mona. Verónica se rio tan fuerte que la Rosaura dio una patada al balde. Cristóbal, desde la cerca, se quedó mirándola reírse.

Pasaron el día sin hablar de la planta. Él le enseñó otro nudo. Ella le contó que se le antojaba un pan de queso, y Efraín bajó a la tienda y le trajo tres.

A las cinco de la tarde, Efraín subió corriendo de la tienda, sin el sombrero. Dijo que había una señora en el teléfono preguntando por «el rescatista», y que hablaba como de Bogotá.

Bajaron los tres en el camión. El teléfono fijo color crema esperaba descolgado sobre el mostrador, al lado de un frasco de bocadillos.

—Llego mañana a las diez de la mañana, en el primer vuelo —dijo Johana cuando Cristóbal contestó—. Mi equipo llega por tierra en la tarde. Ya saben lo del miércoles.

—¿Dónde nos vemos, doctora? —preguntó Verónica, inclinándose hacia el auricular.

—Donde ustedes digan, pero lejos de cualquier estación de policía. Y necesito la tarjeta en la mano, Verónica. No en un correo ni en una foto, en la mano.

—¿Y si se la entrego y desaparece?

Cristóbal la miró, pero no le quitó el auricular.

—Entonces me la quitan a mí también. Llevo quince años haciendo esto y no he perdido una prueba. Pero usted decide.

—Aquí arriba, donde don Efraín —dijo Cristóbal—. Duván sube mañana también.

—Bien. A las diez. Y que el muchacho no cambie de idea.

Colgó. Cristóbal se quedó con el auricular en la mano un momento, y lo puso en su sitio. Efraín apagó el televisor, que nadie estaba mirando.

Verónica se tocó el bolsillo de adentro de la chaqueta, donde estaban la tarjeta y el recibo. En el del jean estaba la argolla.

Mañana iba a poner la tarjeta en la mano de una mujer a la que nunca había visto. Esa noche durmió con la chaqueta puesta, como en la cabaña, y la mano encima del bolsillo.

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