Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 11 · ~5 min

Váyase ya, Vero

Punto de vista de Verónica.

Cristóbal había vuelto a las diez menos veinte, con la ruana mojada. Le contó lo del puente sin quitarse el casco. El camión ya no salía el viernes, sino el miércoles a las cinco. Quedaban tres días, y la fiscal llegaba el martes.

Verónica no durmió mucho. A las cinco y diez la despertaron los perros de Efraín, que ladraban hacia el camino de abajo.

Alguien subía corriendo por el potrero, sin linterna. Cristóbal ya estaba de pie en la puerta del altillo, con una mano levantada para que ella no se moviera. Abajo, Efraín abrió la puerta de la casa con una escopeta vieja que no tenía cartuchos desde 1998.

—¡Soy yo, don Efraín, no dispare! —gritó una voz de muchacho.

Era Duván. Tenía el overol gris abierto hasta la cintura y la respiración rota. Subió la escalera de palo de dos en dos.

—Hay una patrulla en la cabaña del abuelo —dijo—. Llegaron a las cuatro, con la Prado negra adelante. Están sacando todo para el patio.

—¿Cómo supo? —preguntó Cristóbal.

—Porque yo estaba en la planta cuando el capitán llamó a Rigoberto. Vieron la Frontier en el cable el viernes, y alguien les dijo que el abuelo tenía una cabaña aquí arriba. Ahora van a preguntar finca por finca, empezando por las de abajo.

Duván se volvió hacia el rincón donde estaba ella, con la cobija hasta los hombros. La luz del bombillo le dio en la cara, debajo de la gorra.

—Váyase ya, Vero —dijo.

Y estaba en su carro, con el motor prendido, en el parqueadero oscuro de la planta. Un muchacho de chaleco amarillo golpeaba el vidrio con los nudillos y le decía «Váyase ya, Vero», con esa misma cara. Ella arrancaba pensando que Cristóbal la había mandado a ese lugar sabiendo lo que había adentro.

Verónica se puso de pie. Las piernas no la sostenían y se agarró de la viga.

—Usted me avisó esa noche —le dijo a Duván—. En el parqueadero. Usted me golpeó el vidrio para que me fuera antes de que me vieran.

Duván no contestó. Se quitó la gorra y la apretó con las dos manos.

—Usted se acordó de mí —dijo él—. Yo pensé que no se iba a acordar nunca de nada, y menos de mí.

—De su cara, sí, y de su voz en el vidrio. Del resto no.

***

Efraín los mandó a bajar a la cocina. Prendió el fogón de leña sin hacer ruido y puso una olleta de agua. Afuera ya clareaba, y desde la ventana se veía la loma por donde se subía a la cabaña.

Duván se sentó en el borde de un banco, con la gorra todavía en la mano. Cristóbal se quedó de pie junto a la puerta, mirando el camino.

Verónica pensó en la foto 147, en esa mano levantada hacia la ventana. Pensó en el mensaje del celular y en lo que Cristóbal le había contado del puente. Ese muchacho tenía miedo, y el miedo lo hacía decir cosas feas. Pero esa noche no la había vendido.

Lo miró bien, de frente. Tenía los mismos ojos hundidos de Cristóbal y la misma manera de quedarse quieto cuando no sabía qué decir. Era más flaco, y se comía las uñas.

—Si usted no declara, a usted lo matan primero —le dijo—. Rigoberto lo sabe, el capitán lo sabe y usted también. Yo no voy a dejar que eso pase, Duván. Usted me salvó, y ahora me toca a mí.

—Usted no puede salvar a nadie, Vero. Usted no sabe ni dónde vive, ni cómo se llama su abuela.

—Mi abuela se llama Gilma y vive detrás de una puerta azul en Chipre. La fiscal llega el martes y no es de Caldas. Y yo me sé su número de memoria.

—¿Y si me mete presa con los demás?

Efraín puso cuatro pocillos de tinto en la mesa, sin preguntarle a nadie si quería.

—Entonces estamos los dos en el mismo problema. Suba el martes y hable con ella, aunque sea para oírla.

Duván miró a su hermano. Cristóbal no le dijo nada; solo asintió una vez.

—El martes subo —dijo Duván—. No le prometo hablar.

Se fue por el monte de atrás antes de las seis, para llegar a tiempo al turno.

Cristóbal lo acompañó hasta la cerca. Desde la ventana, Verónica los vio hablar un momento, muy cerca, y después darse un abrazo corto y torpe, de hombres que no se abrazan. Efraín escondió la moto en el galpón con la Frontier. Después bajó a la tienda en el camión, como cualquier domingo, para no levantar sospechas.

A las once, el camión de Efraín volvió. Desde la vía, el viejo hizo una seña con el sombrero: la patrulla se había ido para el otro lado de la vereda.

***

Al mediodía, Cristóbal estaba en el corredor, partiendo una panela con un cuchillo. Verónica se sentó a su lado. Sacó del bolsillo de adentro de la chaqueta el recibo de la Estación La Florida, doblado en dos, y se lo puso en la mano.

Él lo desdobló. Leyó la letra de ella al respaldo, y la panela se le quedó a medio partir.

Verónica no le explicó nada. Miró el camino por donde había bajado Duván.

Una hora después de que él golpeara el vidrio, en una estación de gasolina, ella había escrito que no confiara en su esposo.

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