Capítulo 10 · ~5 min
Cambio de fecha
Punto de vista de Cristóbal.
Esa noche, Cristóbal no durmió. A las cinco ya estaba sentado en la escalera del altillo, con el portátil cerrado sobre las rodillas. La foto 147 la tenía en la cabeza.
A las ocho subió a la loma de Efraín, el único punto de la finca donde el celular agarraba dos rayitas. Verónica subió detrás de él sin pedirle permiso. Llevaba el saco mostaza y la chaqueta negra, y el tobillo ya no la frenaba.
Johana contestó al tercer timbre. Él puso el altavoz y le contó todo en orden: la clínica, las fotos, el sobre, el capitán, el volante en el vidrio.
—¿Las fotos están en la tarjeta original? —preguntó Johana—. No me sirve una copia. Si las copia, cualquier abogado de ellos dice que las montaron.
—La original. Con la V en marcador y la hora en cada archivo.
—Entonces no la suelte. Pero con eso solo no alcanza, Cristóbal, porque unas fotos las tumba un juez en una mañana. Necesito a alguien de adentro que diga quién carga y cuándo sale.
Cristóbal miró a Verónica. Ella lo estaba mirando a él.
—¿Cuándo puede venir? —preguntó él.
—El martes. Tengo que armar un equipo que no sea de Caldas, y eso no lo hago por teléfono. Llego a Manizales el martes en la mañana.
—El martes es tarde. El camión sale el viernes.
—El martes es lo que hay. Mientras tanto, nada de policía, nada de redes, nada de mandar fotos a nadie.
Verónica se acercó al celular antes de que él colgara.
—Doctora, soy Verónica. Dígame su número, despacio. No tengo celular y no confío en que este siga con nosotros.
Johana se lo dictó dos veces. Verónica lo repitió en voz alta, con los ojos cerrados, y volvió a repetirlo bajando la loma. Cristóbal la oyó decirlo una tercera vez mientras se lavaba la cara en el tanque.
***
El resto de la mañana, Cristóbal ayudó a Efraín a arreglar una cerca. Clavaba grapas en los postes y cada tanto miraba hacia la casa. Verónica estaba sentada en el corredor con la Nikon, tomándoles fotos a las gallinas, a la moto vieja, a las manos de Efraín.
Él hizo la cuenta varias veces. Hoy era sábado. Johana llegaba el martes y el camión salía el viernes. Si todo salía bien, sobraban tres días. A él nunca le habían sobrado tres días en un rescate.
A la una almorzaron frijoles en la cocina de Efraín. Ella le contó al viejo que había soñado con el Nevado, y Efraín dijo que eso era de buena suerte. Cristóbal no dijo nada. Le gustaba oírla hablar del Nevado aunque fuera de un sueño.
A las cuatro, Duván le escribió: «Puente de La Cristalina. Siete. Solo».
Cristóbal le dijo a Verónica que iba a hablar con su hermano. No le pidió permiso, pero tampoco le mintió. Ella le contestó que, si no volvía a las diez, bajaba ella. Él le creyó.
Dejó la Frontier tapada en el galpón y bajó en la moto vieja de Efraín, una Honda que arrancaba a la tercera patada.
Llevaba un casco prestado y una ruana de Efraín encima de la chaqueta, para tapar el reflectivo naranja. En la vía no se cruzó con ninguna patrulla, solo con un camión de leche y dos perros que le ladraron a la moto.
El puente de La Cristalina era una pasarela de cables sobre una quebrada que hacía mucho ruido. De noche no pasaba nadie.
Duván llegó a pie, con el overol gris de la planta y la gorra negra. Tenía veinticuatro años y todavía caminaba con las manos metidas en los bolsillos, como cuando tenía diez.
Cristóbal pensó, como siempre, en el día del entierro de su mamá. Ese día él había dejado al niño en la casa del tío con una maleta de tela, y se había ido a trabajar a Bogotá.
—¿Ella le dijo que me vio? —preguntó Duván, sin saludar.
—Vio la foto, y sabe que es usted aunque esté de espaldas. Necesito que el martes hable con una fiscal de Bogotá, Duván.
—¿Para qué? ¿Para que me metan a la cárcel con los mismos que yo cargo?
—Para que salga vivo de esto. Si usted declara, la fiscal lo protege. Si no declara, Rigoberto lo usa hasta que deje de servirle.
Duván se rio sin ganas y escupió a la quebrada.
—Usted no sabe cómo es eso. A un muchacho de la planta lo mandaron a la Picota por cargar dos cajas, y a los tres meses lo mataron en un patio. Yo no voy a declarar.
—Entonces la tarjeta no le sirve a nadie.
—Pues que se la devuelva a Rigoberto, como le dije. Y que ella se olvide de todo, que eso ya lo sabe hacer.
Cristóbal lo agarró del overol, con las dos manos, y lo empujó contra los cables del puente. El puente se movió entero. Duván no se defendió. Tenía los ojos mojados y miraba para otro lado.
Cristóbal lo soltó. No tenía miedo de que su hermano lo traicionara. Tenía miedo de que su hermano se muriera en un patio, y Duván también.
Le pidió perdón por el empujón, mirando el agua que bajaba entre las piedras. Duván se acomodó la gorra y dio media vuelta para irse. A los tres pasos se detuvo, sin volver la cara.
—Y otra cosa: cambiaron la fecha —dijo—. El camión sale el miércoles a las cinco.