Capítulo 9 · ~5 min
Mi hermano menor
Cristóbal arrancó el volante del vidrio y lo dobló en cuatro. Miró los carros del parqueadero uno por uno antes de abrirle la puerta.
Le dijo que a la cabaña no volvían. Si habían dejado eso en el vidrio, ya sabían qué carro buscar. Esa noche iban a dormir donde Efraín.
Ella se sentó con el volante doblado en las manos. Lo abrió una vez, miró su propia cara de la cédula y lo volvió a doblar. Alguien había escrito el apellido de él con un marcador negro, con letra apurada.
Subieron por la vía vieja, sin luces en las curvas largas. Cristóbal manejaba despacio, con la ventana abierta para oír los motores de atrás. Dos veces se orilló detrás de un barranco y apagó el carro. Dos veces pasó un bus vacío, y volvieron a arrancar.
A las siete y media, Efraín los esperaba en la portada de su finca con una linterna de pilas. Les hizo meter la Frontier en el galpón del tractor y la tapó con un plástico negro.
—Arriba del establo hay un altillo con heno limpio —dijo—. No es un hotel, pero las vacas no cobran.
—Necesito el portátil y la cámara, don Efraín —dijo Cristóbal—. Están en la mesa de la cabaña, con la maleta de ella.
—Yo subo en el camión. A mí nadie me para, porque llevo veinte años subiendo a la misma hora.
Volvió a las nueve con todo en un costal de concentrado. Cuando se fue a dormir, Cristóbal y Verónica subieron por una escalera de palo. El altillo olía a pasto seco. Había un bombillo colgado de una viga y, abajo, se oía rumiar a las vacas.
***
Verónica se sentó en un bulto de heno. Esperó a que él terminara de sacudir una cobija.
—Ayer, a las cuatro y doce, le llegó un mensaje de un tal Duván —dijo—. Decía que Rigoberto ya sabe que la tarjeta la tengo yo, y que usted le prometió convencerme de entregarla.
Él dejó la cobija en el suelo. No intentó negarlo. Dijo que por eso se había ido en la mañana, y no lo dijo como pregunta.
—Me fui porque mi esposo le promete cosas a la gente de Rigoberto. Usted dijo que en la cabaña no había señal, y en esa ventana sí había. ¿Qué más no me ha dicho?
—Yo le conseguí ese trabajo en la planta —dijo Cristóbal—. En septiembre. Usted necesitaba plata para un lente y Duván me dijo que buscaban fotógrafa para el catálogo. Yo la mandé allá.
Verónica apretó la tarjeta dentro del bolsillo. Pensó en la nota de la chaqueta. Pensó que ella misma, esa noche, había llegado a la misma cuenta.
—¿Y la llamada del viernes a las seis? La de alguien de la planta que no quiere que lo maten.
—Fue Duván. Me llamó llorando. Me dijo que a usted la tiraron de la carretera y que él no había podido hacer nada.
Ella le preguntó por la promesa.
—Duván quiere que la tarjeta vuelva a Rigoberto, para que a él lo dejen en paz. Yo le dije que sí, que la iba a convencer, para que no hiciera nada estúpido. Le mentí a él, no a usted.
—A mí también me mintió. Con la lluvia, con la señal y con esto.
—Sí. Y no se lo voy a discutir.
Él se sentó en el piso de tablas, con la espalda contra la viga. Sacó el cordón rojo y no hizo ningún nudo.
***
Verónica bajó la escalera de palo y se quedó un rato en el establo, entre las vacas. Estaban echadas en la paja, calientes, y una de ellas giró la cabeza para mirarla. Efraín le había puesto a cada una un nombre escrito con tiza en la viga. Rosaura, Paloma, la Mona.
Se recostó contra la pared de tablas. Afuera, el perro de Efraín ladró dos veces a nada y se calló. En la casa grande había una ventana encendida, con la radio en una emisora de noticias.
Pensó en todo lo que él había dicho y en todo lo que había callado. La lluvia había sido mentira. La abuela en Pereira había sido verdad. El trabajo de la planta era culpa de él, y él mismo lo había dicho sin que nadie lo obligara. Un hombre que trabajara para Rigoberto no le habría contado eso.
Pero quedaba el muchacho del montacargas. Ese que la conocía.
Volvió a subir. Él seguía en el mismo lugar, contra la viga, y no levantó la cabeza cuando ella llegó arriba.
Verónica abrió el portátil sobre las rodillas. Sacó la tarjeta del bolsillo de adentro de la chaqueta y la metió en la ranura, delante de él. Buscó la foto 147.
El muchacho del montacargas estaba de espaldas, con una gorra negra y un chaleco amarillo encima de un overol gris. Tenía una mano levantada hacia la ventana. No era un saludo. Era una seña para que se fuera.
—Este es el que me dijo «Vero» por el vidrio —dijo ella—. No le vi la cara, pero él sí me conocía. Usted me conoce y él me conoce. Ustedes dos se conocen.
Cristóbal se inclinó hacia la pantalla. La luz azul le dio en la cara. A él se le movía la mandíbula, sin abrir la boca.
—¿Quién es, Cristóbal? Y no me diga que me va a contestar cuando tenga algo que valga la pena.
Él miró la foto un rato largo. Tocó la pantalla con un dedo, justo encima de la gorra.
—Es mi hermano —dijo.