Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
  • 20 capítulos
  • 645 lecturas
  • Completada

+13

21

~6 min de lectura

Capítulo 8 · ~6 min

Cable aéreo

Verónica no le dijo nada esa noche. Comió el sancocho recalentado, le dio las buenas noches y se acostó vestida.

A las cinco y media de la mañana, él dormía en el sofá con un brazo sobre la cara. Ella salió por la puerta de atrás con los botines en la mano. Llevaba el saco mostaza, la chaqueta negra encima y el gorro gris bien abajo, tapándole la gasa. En el bolsillo de adentro iban la tarjeta y la nota.

Bajó por el potrero sin linterna. El tobillo aguantó.

En la portada, el camión de estacas de Efraín ya tenía el motor prendido. Las cantinas sonaban atrás cada vez que el viejo subía una.

—Lléveme a Villamaría, don Efraín —le dijo—. Necesito comprar unas pastillas para la cabeza.

Efraín la miró de arriba abajo, con el sombrero mojado de rocío.

—¿Y el muchacho sabe que usted va por pastillas a las cinco de la mañana?

—Sabe que me duele la cabeza. Eso es verdad, me duele desde que me desperté.

—Usted miente igual de mal que él, mija. Por eso se casaron, porque ninguno de los dos se daba cuenta.

Le abrió la puerta del camión y le pasó una ruana. Bajaron sin hablar entre la niebla. En la plaza de Villamaría, frente a la cooperativa, Efraín sacó de la billetera un billete de cincuenta mil.

—Para el cable y una aguapanela. Y si quiere volver, a las cinco subo otra vez.

—No voy a volver, don Efraín. Dígale eso si le pregunta por mí.

—Eso mismo dicen todos los que bajan bravos de esta loma, mija. Y vuelven.

***

En el Cable Aéreo se subió a una cabina con dos señoras y una canasta de huevos. Abajo pasaron techos de zinc y después la ciudad, colgada de las montañas. Ella contaba las torres para no pensar.

En Manizales tomó un taxi. Le preguntó al taxista por una estatua de bronce muy grande, cerca de una calle con casas viejas. El hombre se rio y le dijo que eso era el Monumento a los Colonizadores, en Chipre, y que cómo no lo iba a conocer.

La dejó a las nueve frente a una mole de bronce con hombres, mujeres y mulas. Verónica caminó por las calles de alrededor, mirando todas las puertas.

La encontró a las once, en una casa de un piso con la fachada blanca. La puerta era azul, con la pintura descascarada en la parte de abajo, y estaba atascada en el marco. Verónica empujó con el hombro y no se movió.

—Esa puerta hay que levantarla para abrirla —dijo una mujer desde la ventana de al lado—. Pero doña Gilma no está, mija.

Era una señora de gafas, con un trapo de cocina en el hombro.

—¿Usted sabe dónde está? Necesito hablar con ella.

—En Pereira, donde la hermana. Su esposo se la llevó el sábado temprano, el alto, el de la montaña. Ella iba llorando porque no le dejaban verla a usted en la clínica.

—¿Mi esposo la llevó?

—Pues claro, mija. Le cargó la maleta y le dejó pagada la luz y el agua del mes. ¿Qué le pasó en la cabeza, Vero?

Verónica no contestó. Se alejó de la ventana con las manos en los bolsillos de la chaqueta.

Era verdad, entonces. Él había llevado a la abuela a Pereira, igual que había dicho. Ese hombre le mentía en unas cosas y en otras no, y ella ya no sabía cuáles.

***

Se sentó en las escaleras del monumento hasta que se le acabó la aguapanela. No podía ir a la policía. No sabía dónde quedaba el estudio de Yurany. Le quedaban dieciocho mil pesos y una tarjeta que alguien quería quitarle.

A las cinco de la tarde volvió a la estación del cable, porque era el único camino que conocía.

Cristóbal estaba en la baranda de la entrada, con la chaqueta verde mojada. No corrió hacia ella. Se acercó despacio, como se acerca uno a una vaca brava. La vecina de la abuela le había contado para dónde había cogido. Le pidió que se subiera con él a la cabina, donde nadie la iba a ver.

Ella se subió porque había dos policías en la puerta de la estación. La cabina arrancó y quedaron solos. A mitad del camino se detuvo en el aire, meciéndose sobre una quebrada. A Verónica se le cerró el pecho y el vidrio empezó a ponerse negro por los bordes.

Él le tomó la muñeca con dos dedos. Le dijo que lo mirara a él y no para abajo, que respirara en cuatro. «Uno, dos, tres, cuatro».

Y estaba en la nieve, a cuatro mil ochocientos metros, con el mundo dando vueltas. Un hombre con una chaqueta verde le tomaba la muñeca y contaba hasta cuatro. Ella lo miraba y pensaba que nunca había visto a nadie tan tranquilo.

La cabina siguió andando. Verónica le miró la mano en su muñeca y no la apartó.

—Usted me bajó del Nevado —dijo.

—En febrero de 2024. Usted se desmayó a cuatro mil ochocientos metros, y antes me vomitó las botas. Eran nuevas, de ese mismo mes.

Ella no se rio, pero casi.

—Me acordé de usted contando. No de su nombre, sino de su voz y de esa chaqueta. Es lo primero que me acuerdo de usted.

—Con eso me basta por hoy. Es más de lo que yo esperaba.

—No le basta nada. Usted lo que quiere es que yo vuelva a la cabaña sin hacer preguntas.

Él le soltó la muñeca y se recostó contra el vidrio.

—Quiero que no la encuentren. Lo demás lo hablamos esta noche, todo lo que usted quiera preguntar. Se lo prometo.

—Usted promete mucho, Cristóbal.

Supo algo que no le habían contado. Lo había querido. Lo que no sabía era si ese hombre todavía era el mismo.

En la estación de Villamaría la Frontier gris esperaba en el parqueadero. Debajo del limpiaparabrisas había un volante con la foto de ella, la de la cédula. Encima de la foto, alguien había escrito a mano: «Lo esperamos, Correa».

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 6:15

Siguiente lectura