Capítulo 7 · ~5 min
El celular cargando
—¿Quién de la planta me conocía? —preguntó Verónica, antes de que él sirviera el café—. Anoche, con el flash, vi a un hombre en un montacargas. Me dijo «Vero».
Cristóbal dejó la olleta sobre la estufa. Se quedó un momento de espaldas, mirando el fuego.
—¿Le vio la cara?
—No. Tenía una gorra negra y la luz le quedaba atrás. Pero me conocía, y usted también sabe quién es.
Él sacó el cordón rojo del bolsillo, hizo un nudo ocho con los pulgares y lo soltó.
—Lo que sé es que hoy ya puede apoyar ese pie. Siéntese, que le quito la venda.
—Le hice una pregunta.
—Y yo le voy a contestar cuando tenga algo que valga la pena. Ahora, el pie.
Se arrodilló frente a ella y soltó el gancho de la venda. Desenrolló las ocho vueltas sin apuro. El tobillo estaba amarillo en el borde, ya sin hinchazón. Él lo movió hacia un lado y hacia el otro, despacio.
—¿Le duele?
—No. Y no me cambie el tema con mi tobillo, que yo no soy boba.
Él le dijo que ya se lo había cambiado y se puso de pie.
Ella caminó hasta la ventana y volvió, sin cojear. Le dio rabia que le diera gusto.
***
El sol salió a las diez y duró una hora. Cristóbal lavó la ropa en el tanque de afuera y la colgó en un alambre detrás de la casa. Ella salió con la Nikon y le tomó una foto mientras torcía una camisa. Él no se dio cuenta.
En la pantalla de la cámara se le veía la cicatriz blanca de la ceja. Tenía la boca apretada, igual que cuando no quería contestar. Verónica pensó que esa cara la había visto muchas veces, aunque no se acordara de ninguna.
Al mediodía cocinaron juntos un sancocho con lo que Efraín había traído: yuca, plátano y una presa de gallina. Él pelaba y ella picaba. Lo hacía bien, más rápido que él.
—Usted sabe cocinar —dijo él—. Eso tampoco se le olvidó. Siempre le pone cilantro al final, para que no se cocine.
—No me cuente cosas de mí, por favor. Si me voy a acordar de algo, quiero acordarme sola.
—Está bien. Entonces le cuento del abuelo, que de él no se tiene que acordar. Usted nunca lo conoció.
Le contó que Anselmo Correa había levantado la cabaña con sus manos en 1971. Que ordeñaba a las cuatro, leía el periódico de la semana anterior y nunca aprendió a usar un celular. Que murió en 2019, sentado en esa misma silla, con una taza de agua de panela.
—Usted lo quería mucho —dijo ella.
—Él me crio los veranos. Mi mamá trabajaba en Manizales, en una cafetería, y yo me quedaba aquí con él desde diciembre hasta febrero. Me enseñó a no perderme en la niebla.
—¿Y cómo se hace eso?
—Se queda quieto hasta que pase. El que camina en la niebla se pierde. Él decía que el miedo es lo que mata, no el páramo.
Ella revolvió la olla para no tener que mirarlo. La frase se le quedó adentro, sin saber por qué.
***
A las dos y media, el cielo se cerró de nuevo. Cristóbal se puso la chaqueta verde y dijo que iba a partir leña para el fin de semana, porque venía un frente frío.
—Si oye un carro, se mete al cuarto y no prende ninguna luz —dijo, con el hacha en la mano—. No abra aunque digan que son de la vereda.
—¿Y si es Efraín con la leche?
Él probó el filo del hacha con el pulgar.
—Efraín silba desde la portada, siempre la misma canción. Si no silba, no es él.
—¿Y usted cómo silba, para saber que es usted?
—Yo no silbo. Yo entro sin tocar, porque es mi casa.
Lo dijo sin sonreír, pero ella vio que se le movía la boca. Antes de salir, sacó el celular del bolsillo y lo conectó al cargador de la extensión. Lo dejó parado en el marco de la ventana de la cocina, con la pantalla hacia el vidrio. Ella lo vio y no dijo nada.
Había dicho que en la cabaña no había señal. Ni de celular ni de radio.
Verónica se acercó cuando oyó el hacha. En la esquina de la pantalla había una sola rayita, que aparecía y se apagaba. Solo ahí, contra el vidrio, en el único lugar de la casa que miraba hacia el valle.
Volvió al sofá. Se dijo que una rayita no era una mentira, que a lo mejor solo servía en días secos. Se lo dijo varias veces. El hacha sonaba parejo afuera, golpe y descanso, golpe y descanso.
A las cuatro y doce, el celular vibró contra el marco de madera.
Ella se levantó. La pantalla estaba bloqueada, pero el mensaje se veía completo debajo de la hora. Lo enviaba un contacto guardado como «Duván».
«Rigoberto ya sabe que la tarjeta la tiene ella. Usted me prometió que la convencía de entregarla. Tiene hasta el lunes».
Verónica lo leyó tres veces. Rigoberto Cardona, gerente fundador, el de la placa de bronce y el sobre de manila. «La convencía de entregarla». No decía a una fiscal. Decía entregarla.
Pensó en la nota de su chaqueta, en su propia letra. Pensó en que él sabía de la planta antes de que ella le mostrara nada. Pensó en el capitán de la televisión, y le pareció que todo el pacto de la mañana anterior había sido una manera de tenerla quieta.
Su esposo le estaba hablando a la gente de Rigoberto. Le habían puesto plazo para quitarle la tarjeta.
El hacha dejó de sonar. Se oyó el golpe de la leña al caer en la carretilla y después la rueda chirriando sobre las piedras del camino.
La pantalla se apagó sola. Los pasos de él ya venían por el camino de la leñera.