Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 6 · ~5 min

Flash a oscuras

—Desde la clínica —dijo Verónica, sin cerrar el portátil—. Estaba en el bolsillo de adentro de mi chaqueta, con un recibo.

Cristóbal se acercó a la pantalla. Miró la foto del sobre y la cara flaca del capitán. No se sentó.

—Eso es lo que están buscando —dijo.

—Usted ya sabía lo de la lluvia. Que era mentira.

—Que no fue la lluvia, sí. Que usted tenía esto, no. Se lo juro por mi abuelo.

—Pues ahora lo sabe. Y la tarjeta se queda conmigo, no con usted.

Ella sacó la tarjeta de la ranura, la metió al fondo de la linterna, encima del resorte, y enroscó la tapa delante de él. Él no estiró la mano. Discutieron hasta que el vidrio de la ventana se puso gris, despacio al principio y después no.

***

A las siete de la mañana, él puso dos platos de huevos en la mesa. Ninguno de los dos tenía hambre.

—Le voy a decir lo que sé —dijo él—. El viernes a las seis de la mañana me llamó alguien de la planta. Me dijo que a usted la habían sacado de la vía en la curva de La Floresta, y que no fue la lluvia.

—¿Quién lo llamó?

—Alguien que no quiere que lo maten. Por ahora con eso le tiene que bastar.

—No me basta, pero siga.

Él empujó el plato a un lado y apoyó los codos en la mesa.

—Ese mismo viernes fui a los patios de tránsito de Villamaría, donde está su carro. Un agente me mostró el informe: «celular: no encontrado», «cámara: no encontrada».

Verónica se miró las manos. Los dedos sabían mover la rueda de la Nikon. Tenía sentido que alguna vez hubieran tenido una cámara propia.

—Entonces alguien se la llevó —dijo.

—Alguien que llegó antes que la ambulancia. Y usted no se separa de su cámara ni para bañarse.

Cristóbal partió un pedazo de pan y no se lo comió. Verónica pensó en su carro en un patio de Villamaría, con la puerta abierta y el asiento vacío.

Después él le habló de Johana Patiño, una fiscal antinarcóticos de Bogotá. En enero de 2023 la había bajado en camilla desde 4.900 metros, con una pierna rota.

—Johana está en un curso fuera del país y vuelve el viernes —dijo—. El sábado le llevamos la tarjeta a Bogotá, en la mano. Ella no trabaja con la policía de Caldas.

—¿Y por qué el sábado y no hoy?

—Porque no hay otra fiscal en quien yo confíe. Y hay un plazo: el contenedor de esa planta sale el viernes 16, a las cinco de la mañana.

—¿Cómo sabe eso?

Él se demoró en contestar. Afuera, una vaca de Efraín mugió en el potrero.

—Lo sé.

—Esa respuesta tampoco me sirve.

Él la miró sin bajar los ojos. No dijo nada más. Ella entendió que esa puerta, por ahora, no se iba a abrir.

—La tarjeta sigue en la linterna —dijo ella—. Usted no la toca. Y el sábado la entrego yo, no usted.

—Trato hecho.

Llovió toda la tarde. El agua bajaba por el zinc del techo con un ruido parejo, y la quebrada de abajo creció hasta volverse café. Ella le tomó fotos a la lluvia desde la ventana, por tomar algo.

Él le enseñó a hacer un nudo con el cordón rojo, uno que se llamaba ocho. A ella le salió al tercer intento y él se rio. Fue una risa corta, sorprendida, y ella se dio cuenta de que nunca lo había oído reírse. O no se acordaba.

Después él le cambió la gasa de la sien. Lo hizo con dos dedos y sin hablar, mirándole la herida y no los ojos. Ella le miró la boca mientras le ponía el esparadrapo, y después miró para otro lado.

***

A las nueve de la noche la tormenta llegó desde el Nevado. Un rayo cayó tan cerca que el vidrio de la ventana vibró. La bombilla de la cocina dio un chasquido y se apagó.

Cristóbal estaba afuera, cerrando la leñera. Verónica buscó a tientas el cajón de las velas, pero había tres cajones y todos se trababan. La estufa daba una luz roja que no alcanzaba para nada.

Se acordó de la Nikon en la repisa. La bajó, levantó el flash con el pulgar y disparó contra los cajones.

La cocina se volvió blanca durante un instante.

Vio un vidrio sucio y, detrás del vidrio, estibas de madera bajo unas lámparas amarillas. Un hombre en un montacargas giró la cabeza hacia el flash, con la cara en la sombra de una gorra negra. Dijo «Vero», y ella oyó la palabra apagada a través del vidrio.

La cocina volvió a quedar oscura. Verónica soltó la cámara sobre la mesa. Tenía las manos frías y la frente mojada, y el tobillo le latía aunque ya casi no le dolía.

Disparó otra vez, para ver si volvía. Solo vio los tres cajones, la estufa y su propia sombra en la pared.

La puerta de atrás se abrió con el viento. Cristóbal entró con una linterna de cabeza y la encontró de pie junto a los cajones, con un fósforo apagado en la mano.

Él le preguntó si se había hecho daño. Ella le dijo que no, que ya había encontrado las velas, y no las había encontrado.

Él abrió el segundo cajón, sacó dos velas y las prendió en la estufa. Ella se sentó y no le contó nada.

Esa noche se acostó con la Nikon debajo de la almohada.

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