Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
  • 20 capítulos
  • 645 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 5 · ~5 min

Tarjeta escondida

El portátil de Cristóbal tenía una ranura para tarjetas en el costado izquierdo. Verónica la vio el martes a las ocho de la noche. Él lo abrió en la mesa de la cocina para mostrarle fotos de los dos.

Él tecleó la clave rápido, sin esconder los dedos. Ocho teclas. Ella las vio caer una por una, como veía todo desde que se había despertado: entero y sin querer.

—Esta es la carpeta —dijo él—. Se llama «Vero». La armó usted, no yo. Tiene fotos desde que nos conocimos.

—¿Y por qué está en su computador y no en el mío?

—Porque el suyo es lento y usted dice que el mío es el único que no se cuelga con fotos grandes.

Pasó las fotos con una flecha. Ella en un páramo, con un gorro amarillo. Ella en un balcón con una taza. Ella dormida en un bus, con la boca abierta.

—Esa me la tomó usted sin permiso —dijo Verónica—. Se me ve hasta la última muela.

—Usted me tomó cuatrocientas sin permiso. Esa es la única que yo le tengo, y la guardo porque es la única en la que usted no está dando órdenes.

Verónica se acercó a la pantalla. Esperaba sentir algo, aunque fuera vergüenza. Sentía lo mismo que frente a la foto de la cédula: que esa mujer era otra.

—A ver, pruébeme otra cosa. ¿Qué desayuno yo?

—Huevos revueltos con mucha cebolla y café sin azúcar. Y si hay pan, se come la corteza y me deja el centro.

Eso era lo que ella se había comido esa mañana, sin pensarlo. La corteza del pan, y el centro en el plato.

Cristóbal se levantó a poner agua para café. Ella esperó a que volviera a sentarse, con los dos pocillos humeando entre los dos.

—Y esa noche, la del jueves, ¿en qué estaba trabajando?

—Unas fotos para una planta de aguacate en Villamaría, un catálogo para exportar. Usted estaba contenta porque le pagaban el doble que en una boda.

—¿Y cómo conseguí ese trabajo?

—Por un conocido —dijo él, y cerró la carpeta.

Lo dijo más rápido que lo demás. Ella lo anotó por dentro, al lado de lo de la lluvia.

—¿Quién es Yury? —preguntó—. El nombre me suena, pero no tengo una cara.

—Yurany Cortés, su socia en el estudio. Usted le dice Yury desde la universidad, y nadie más le dice así.

—¿Y por qué no la llamó a ella para que me recogiera en la clínica? Con una amiga yo me habría ido sin pelear.

—Porque el sábado le llegaron dos policías al estudio a preguntarle por usted. Ella me llamó llorando. Le dije que no supiera nada de nosotros, que así no tenía que mentirle a nadie.

***

A las diez, Cristóbal echó un tronco a la estufa y se acostó en el sofá de la entrada con la chaqueta puesta. Dejó el portátil cerrado sobre la mesa de la cocina, con el cargador enrollado encima.

Verónica esperó en el cuarto hasta que la respiración de él se volvió lenta y pareja. Caminó hasta la cocina sin zapatos, pegada a la pared, donde las tablas crujían menos.

Descolgó la linterna del abuelo y la desenroscó sobre un trapo para que no sonara. Sacó las pilas, el polvo blanco y, al fondo, la tarjeta con la V plateada.

Abrió el portátil y bajó el brillo de la pantalla al mínimo. Tecleó las ocho teclas que había visto. Entró a la primera.

Metió la tarjeta en la ranura. Apareció una carpeta con 212 archivos.

Las primeras fotos eran de día y de trabajo. Cajas de cartón verde con aguacates brillantes. Mujeres con gorro de malla seleccionando fruta en una banda. Un logo con una montaña y la palabra «Cumbre».

En una foto de la recepción se veía una placa de bronce con la cara de un hombre gordo y canoso. Decía: «Rigoberto Cardona, gerente fundador».

A partir de la foto 120, todo cambiaba. Eran de noche, tomadas a través de un vidrio sucio, con reflejos de lámparas. La hora estaba en los datos de cada archivo: desde las 9:31 hasta las 9:44 de la noche del 1 de octubre.

Una bodega con estibas de madera. Una estiba abierta por la mitad, con un piso falso levantado. Adentro, paquetes envueltos en plástico negro y cinta café, apilados como ladrillos. En el borde de la estiba, pintado con plantilla: «CUM-0417».

Junto a la estiba, el hombre de la placa, con un chaleco azul con el logo de la montaña. Le pasaba un sobre de manila a otro hombre.

Verónica amplió la foto hasta que la cara del segundo hombre se volvió cuadritos. Uniforme verde. Cara flaca. Pómulos hundidos.

Era el capitán del televisor. El que había ido a buscarla a la clínica.

Siguió pasando fotos con la flecha, más rápido. En la 147 había un muchacho en un montacargas, de espaldas, con una gorra negra. Después venían siete fotos movidas, como tomadas mientras alguien corría.

La última era un pedazo de techo y una mancha de luz. Ahí se acababa la tarjeta.

Verónica no levantó los ojos de la pantalla. Ya sabía por qué la buscaba un jefe antinarcóticos. Por qué el carro se había ido a la cuneta. Por qué una mujer escribía en un recibo que, si le pasaba algo, eso iba para la Fiscalía.

La tabla del umbral crujió detrás de ella.

—¿Desde cuándo tiene eso? —preguntó Cristóbal.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:54

Siguiente lectura