Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 4 · ~5 min

Puerta azul

—Si un policía preguntó por mí, quiero saber qué le dijeron —dijo Verónica—. Y quiero oírlo yo, no que usted me lo cuente.

Eran las diez de la mañana del lunes. Cristóbal estaba lavando dos pocillos en la poceta de la cocina y no se volteó.

—En la tienda hay gente. Alguien la puede reconocer.

—Nadie me reconoce. Ni yo misma, cuando me miro en el espejo del baño.

—Vero, con ese tobillo usted no llega ni a la puerta.

—Entonces lléveme en la camioneta. Son cinco minutos. Usted mismo lo dijo anoche.

Él cerró la llave y se secó las manos en el jean. Fue al cuarto y volvió con un gorro gris de lana. Se lo puso a ella con cuidado, bajándolo hasta tapar la gasa de la sien.

—Si alguien pregunta, usted es mi prima de Pereira —dijo.

—Su prima no se va a dejar poner un gorro así. Yo me lo acomodo.

***

La tienda El Zarzo era una casa de bahareque con una puerta ancha y un mostrador de madera. Había botellas de gaseosa, bultos de concentrado para vacas y una nevera con un letrero de una cerveza. En la pared colgaba un televisor viejo, apagado, y al lado un teléfono fijo de color crema.

Efraín estaba detrás del mostrador, volteando arepas en una plancha de hierro. En un radio pequeño sonaba un bolero, con una voz de hombre muy triste.

Verónica se sentó en un banco, con el pie vendado sobre un bulto. Entonces le llegó el olor de la arepa tostada, y el bolero subió en el estribillo.

Vio una cocina de baldosas amarillas. Una mujer pequeña, de pelo blanco y rizado, le servía chocolate en un pocillo de peltre y le decía: «Vero, se le enfría». Detrás de ella, una puerta azul atascada por la humedad daba a una calle con una estatua enorme de bronce.

Verónica se agarró del mostrador. El banco se movió debajo de ella.

—¿Qué le pasa? —preguntó Cristóbal, ya a su lado.

—Una señora de pelo blanco. Una cocina amarilla y una puerta azul. ¿Tengo una abuela?

—Doña Gilma. Ella la crió a usted.

Verónica repitió el nombre por dentro. No le sonó a nada, y a la vez le sonó a chocolate.

—¿Y dónde está?

—En Pereira, donde su hermana. Yo la llevé el sábado en la mañana.

—¿Por qué la llevó? ¿Ella sabe lo que me pasó?

—Sabe que usted está bien, porque yo se lo prometí. La llevé porque la casa de ella es la primera dirección que la policía tiene de usted.

Efraín le puso una arepa en un plato y un pedazo de queso encima. No preguntó nada. Siguió volteando las otras en la plancha con los dedos, sin quemarse.

Verónica comió despacio. Quería que el olor le devolviera algo más: el nombre de la calle, la cara de su mamá, cualquier cosa. Solo volvió la puerta azul, otra vez, atascada.

***

A las doce, Efraín apagó el radio y prendió el televisor para el noticiero. Una presentadora habló de un derrumbe en la vía a Bogotá. Después salió la fachada de la Clínica Santa Inés.

Y después salió él. El hombre de uniforme verde de la recepción, ahora de frente, con la cara flaca y los pómulos hundidos, mirando a la cámara. Abajo decía: «Capitán Aldemar Buitrago, jefe antinarcóticos de Caldas».

El capitán pedía información sobre el paradero de «Cristóbal Correa, denunciado por el secuestro de su esposa, Verónica Salas». Dijo que la había sacado de la clínica sin permiso médico. Dijo que ella tenía un trauma en la cabeza y no sabía quién era.

En la pantalla salieron dos fotos. Una era de Cristóbal con casco rojo de rescatista. La otra era de ella, sonriendo, con el pelo suelto. Verónica no se acordaba de esa sonrisa.

Efraín miró la pantalla, miró a Verónica y apagó el televisor con el control. Dijo que esa novela estaba muy mala, que los actores de antes eran mejores. En la tienda solo había un muchacho comprando panela, que pagó sin levantar la cabeza del celular y se fue.

***

En la camioneta, Verónica esperó a que salieran a la vía antes de hablar. Se quitó el gorro y lo apretó en el puño.

—Usted sabía —dijo.

—Desde anoche. Don Efraín me contó lo de la denuncia cuando bajó la leche.

—¿Y por qué no me dijo nada? Eso lo decido yo, no usted.

Cristóbal bajó un cambio en la subida. La camioneta rugió y siguió.

—Porque usted ya tenía bastante con el tobillo y con no saber ni cómo se llama. No quería echarle otra piedra encima.

—Ese hombre era el de la clínica. Un jefe antinarcóticos buscando a una mujer que se cayó en una curva. A ver, explíqueme eso.

—No puedo explicarlo todavía. Y no le voy a llenar el hueco con mentiras.

—Ya me dijo una. Que fue la lluvia.

Cristóbal no contestó. Detuvo la camioneta frente a la cabaña, apagó el motor y se quedó con las manos en el timón. Ella abrió la puerta y bajó en un pie, agarrada de la carrocería.

—Si voy a la policía y digo que estoy bien, la denuncia se acaba —dijo desde afuera.

Él le recordó, sin levantar la voz, que en la policía la iba a recibir el capitán. Ella había visto su cara en la recepción y ahora en el televisor.

Verónica entró a la cabaña. En la cocina, la linterna del abuelo seguía colgada del clavo, con la pintura roja gastada. No la tocó.

Esa noche no se fue. Dejó la puerta de atrás sin tranca, por si acaso, y se acostó con los botines puestos.

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