Capítulo 3 · ~6 min
Leche de madrugada
A las seis de la mañana, Cristóbal estaba ordeñando una vaca en el corral de atrás. Un viejo de sombrero y poncho café le sostenía la cola con una mano y con la otra se tomaba un café.
Verónica los miraba desde la puerta de la cocina, con la chaqueta cerrada hasta el cuello. La niebla se había ido. Detrás de la cabaña, el potrero subía hasta un monte de árboles bajos. Más arriba había unas plantas peludas y grises, del tamaño de una persona.
El viejo la vio y se quitó el sombrero.
—Efraín Gallego, para servirle —dijo—. Usted está más flaca que en la foto del matrimonio.
—¿Usted fue al matrimonio?
—No me invitaron, porque fue en una notaría y allá no dejan entrar vacas. Este muchacho me mostró la foto en el celular.
—Una foto no prueba nada —dijo ella.
Cristóbal no levantó la cabeza de la vaca. Siguió ordeñando con el mismo ritmo.
—Eso dice usted —contestó Efraín—. Yo vi a una muchacha muy contenta con un vestido corto. Y a este muchacho peinado, que es más raro que ver nevar en tierra caliente.
Cristóbal terminó de ordeñar y vació el balde en una cantina de aluminio pintada de azul, con una tapa abollada. Efraín la tapó y le dio dos golpes con la mano, como a un caballo.
—Don Efraín, Vero va a estar unos días aquí —dijo Cristóbal—. Nadie tiene que saber.
—Aquí nadie sabe nada, mijo. Ni las vacas, y eso que la Rosaura es muy chismosa.
Efraín cargó la cantina hasta su camión de estacas, parqueado abajo, y dijo que volvía a las cinco.
***
A las diez, Cristóbal se fue loma arriba con una pala y un rollo de manguera. Dijo que el tanque del agua tenía una fuga y que volvía en dos horas. Le dejó en la mesa un plato de huevos y una jarra de leche tibia.
Verónica esperó a que se perdiera entre los árboles. Después salió por la puerta del frente y bajó por el camino del camión.
A los diez minutos ya le dolía la cabeza y tenía las botas pesadas de barro. Abajo, muy lejos, un bus rojo subía despacio por una línea gris entre los potreros. Esa tenía que ser la vía.
Dejó el camino para cortar por el potrero. La hierba estaba mojada y el suelo bajaba más rápido de lo que parecía. Pisó una piedra lisa, el pie se le fue de lado y sintió un crac en el tobillo derecho.
No se podía parar. Intentó arrastrarse hacia el camino, pero cada metro le costaba un minuto.
El sol salió y se volvió a esconder. Pasó una hora. El bus rojo bajó por la vía y desapareció.
Oyó pasos antes de verlo. Cristóbal bajaba por el potrero sin pala, siguiendo algo en el barro con los ojos.
—Usted dejó huellas desde la puerta hasta aquí —dijo—. Botines número treinta y seis, con el tacón gastado. ¿Se puede parar?
—Si pudiera, no estaría aquí sentada en el barro, esperándolo a usted.
Él se agachó y le tocó el tobillo con dos dedos. Le movió el pie hacia un lado y ella le dio un manotazo en el hombro.
—No está roto. Torcido, y feo. Unos cuatro días sin apoyarlo, si me hace caso, y ocho si no.
—Usted no me va a preguntar adónde iba.
—A la vía, que está a cuatro kilómetros. El bus pasa dos veces al día, y el de la mañana ya pasó.
Ella miró la línea gris de la vía, que seguía igual de lejos.
—No me iba a escapar. Iba a pedir ayuda a alguien que no fuera usted.
—Visto desde aquí, es lo mismo. Y desde ese tobillo también.
Se volteó de espaldas y le dijo que se subiera. Ella lo pensó un rato largo. Después se agarró de sus hombros y él la subió sin esfuerzo.
Ella sentía en la mejilla la tela fría de la chaqueta de él y el olor a leña. No le dio las gracias.
***
Por la tarde, Cristóbal le vendó el tobillo con una venda elástica que sacó de un maletín rojo de primeros auxilios. Lo hizo rápido, en ocho vueltas exactas. Luego le dejó el pie sobre una banca, con una cobija debajo.
En una repisa, junto a unos libros de montaña, había una Nikon vieja con la correa gastada.
Cristóbal le dijo que la usara. Él la tenía para los informes de los rescates y casi no la sabía usar.
Verónica la tomó con las dos manos. Los dedos se le fueron solos a una ruedita de arriba y la movieron dos puestos. Después cambiaron un número en la pantalla de atrás. Ella no sabía qué significaba ese número, pero sus dedos sí.
Levantó la cámara hacia la ventana. Antes de mirar por el visor ya sabía dónde iba cada cosa. La cerca abajo, el monte arriba y la vaca en el tercio de la izquierda.
Disparó. La foto salió bien. Disparó otra y salió mejor.
A las cinco llegó Efraín por la leche de la tarde. Verónica salió al corredor saltando en un pie y se sentó con la cámara en las rodillas. Le tomó fotos al viejo con las vacas, al balde y a la cantina azul brillando con la última luz.
Efraín se acercó a ver la pantalla. Se quitó el sombrero para ver mejor.
—Usted sí es fotógrafa. Mire a la Rosaura, parece de revista. A esta le pongo nombre de novela porque es la que más llora.
Verónica pasó a la foto siguiente. Rosaura salía con la lengua afuera, lamiéndose la nariz.
—Las vacas no lloran, don Efraín.
—Esa sí. Llora cuando no le cantan, y yo canto muy feo.
—Entonces le tomo una a usted cantándole, para que vea que con usted al lado no llora.
—Ni loco. En la vereda me molestan hasta la muerte.
Efraín se puso el sombrero y miró a Cristóbal, que venía por el corredor con el balde.
—Otra cosa, muchacho. Hoy al mediodía vino un policía a la tienda. Preguntó por una muchacha con la cabeza vendada.