Historia Abierta
Portada de El Esposo que No Recuerdo
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Capítulo 2 · ~6 min

Camino al páramo

Una patrulla entró al parqueadero con las luces azules prendidas y sin sirena. Verónica metió la tarjeta y el recibo en el bolsillo de adentro y se subió a la camioneta. Cristóbal arrancó antes de que ella cerrara la puerta.

Salieron por la rampa de atrás, la de las ambulancias. En el espejo, la patrulla se detuvo frente a la entrada principal y dos policías se bajaron a hablar con el vigilante. Nadie miró hacia la rampa.

La ciudad a medianoche era una fila de faroles mojados sobre lomas muy empinadas. Cristóbal manejaba sin radio, con las dos manos en el timón. Cruzaron un puente largo y empezaron a subir.

—¿Adónde vamos? —preguntó ella.

—A la cabaña de mi abuelo Anselmo, en la vereda Alto del Zarzo. Por la vía al Nevado, una hora y media.

—¿Hay teléfono allá? Quiero llamar a alguien que me conozca y que no sea usted.

—No hay señal. Ni de celular ni de radio. Por eso vamos allá y no a otra parte.

Él bajó un cambio para una curva cerrada. Verónica se agarró de la manija de la puerta.

—Dígame qué me pasó. La verdad, no lo que dice la enfermera.

—Se salió de la vía en la curva de La Floresta, el jueves en la noche. Llovía mucho. El carro cayó a la cuneta.

—¿Y yo qué hacía en esa curva a esa hora?

—Volvía de un trabajo. Usted toma fotos de bodas y de catálogos para empresas, con una socia. Lo demás se lo explico cuando no esté mareada.

Ella iba a contestar que no estaba mareada. La curva siguiente le dio la razón a él. Pegó la frente al vidrio frío y esperó a que el estómago se le quedara quieto.

Pensó en preguntarle quién era Yury. No lo hizo. Si preguntaba, él iba a saber que había un papel, y el papel decía que no le creyera.

***

Después de Villamaría se acabaron las casas. La carretera se volvió una cinta de asfalto roto entre potreros negros. A veces la luz de la camioneta tocaba una vaca al borde de la vía, quieta, con los ojos verdes.

En una curva ancha, Cristóbal se orilló y apagó las luces. Se quedaron a oscuras con el motor prendido. Él miraba el espejo y contaba algo con los labios.

Pasaron dos minutos. Abajo, en la carretera, no subió ningún carro.

Entonces él sacó la billetera otra vez. De un bolsillo pequeño sacó un anillo de oro, liso, y se lo puso en la palma de la mano a ella. Pesaba más de lo que ella esperaba.

—Se lo quitaron en urgencias —dijo—. Para la radiografía. Me lo dieron a mí.

—¿Y qué quiere que haga con esto?

—Nada. Es suyo. Pensé que le iba a servir tenerlo cerca, aunque no se acuerde de dónde salió.

Ella cerró la mano. El oro estaba tibio, del bolsillo de él.

—Guárdelo usted. Si es mío, me lo pongo cuando me acuerde de usted. Antes no.

—Como quiera. Lo cargo yo hasta que usted diga.

Él no insistió. Guardó el anillo en el mismo bolsillo de la billetera y prendió las luces. Por adentro tenía algo grabado, pero ella no había querido leerlo.

—¿Dónde vivo yo? —preguntó.

—En un apartamento en Milán, un barrio de Manizales, cerca de la universidad. Está bien. Cerrado con llave.

Lo dijo mirando la carretera. Ella miró las manos de él en el timón. No se movieron.

***

Llegaron a las dos y diez. La cabaña era de tablas pintadas de verde, con techo de zinc y un corredor estrecho al frente. Alrededor no había nada más que niebla y el ruido del agua en una quebrada que no se veía.

Por dentro olía a humo viejo y a lana húmeda. Había una estufa de leña en la cocina, una mesa con dos bancas y un sofá contra la pared, al lado de la puerta. Cristóbal prendió una vela y después la estufa, con periódico y astillas.

En la cocina, colgada de un clavo, había una linterna de metal del tamaño de un antebrazo. Tenía la pintura roja casi gastada.

—Era de mi abuelo —dijo él, al ver que ella la miraba—. Ya no sirve. Las pilas se sulfataron hace años.

—¿Y por qué la tiene colgada?

—Porque era de él. Con esa linterna me sacó de una quebrada cuando yo tenía ocho años.

Le mostró el único cuarto, con una cama de cobijas gruesas y una ventana que daba al potrero. Encima había una maleta de tela que él había traído del apartamento de ella, con un saco mostaza. Él iba a dormir en el sofá.

—¿En el sofá de la puerta? —preguntó ella—. ¿Para cuidarme o para que no me vaya?

—Las dos cosas —dijo él—. Voy por más leña. La de adentro está mojada.

—Usted no se demora en contestar cuando le conviene.

—Y usted tampoco en preguntar.

Salió por la puerta de atrás con una linterna pequeña de cabeza. Ella oyó sus botas en el barro, rumbo a una leñera de tablas.

Verónica descolgó la linterna del abuelo. Desenroscó la tapa de abajo, que chirrió. Adentro había tres pilas grandes, cubiertas de un polvo blanco. Las sacó, metió la tarjeta en el fondo del tubo, contra el resorte, y volvió a meter las pilas encima.

Enroscó la tapa y colgó la linterna del mismo clavo. Tenía los dedos torpes. Se limpió el polvo blanco en el jean justo cuando la puerta de atrás crujió.

Cristóbal entró con un brazado de leña y lo dejó junto a la estufa. No miró la linterna. Le dijo que en el cuarto había una cobija extra y que el baño estaba afuera, a la derecha.

Ella se acostó vestida, con la chaqueta puesta y el recibo contra el pecho. Por la rendija de la puerta veía la luz de la estufa. Lo oyó acomodar la leña, despacio, sin hacer ruido.

Se iba a quedar hasta poder caminar sin marearse. Ni un día más. Y él no iba a saber que la tarjeta existía.

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