Historia Abierta
Portada de El Mesero que Compró Mi Calle
  • 20 capítulos
  • 31 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 10 · ~5 min

Hagamos cuentas

Cuarenta y una horas sin dormir le cabían a Braulio en la cara. Se las vio en el vidrio de la puerta de La Marea el jueves a las diez de la mañana, antes de golpear.

No había vuelto a la pensión desde que Yadira lo echó. Pasó la noche del miércoles sentado en el sardinel de la esquina, sin saber adónde ir. A las seis fue a una papelería a imprimir las fotos de Norberto y Edilson.

Le abrió Ofelia. Lo miró con los lentes de leer en la punta de la nariz y no le cerró la puerta.

—Pase, joven, y siéntese en la mesa uno —dijo, y golpeó el piso dos veces con el bastón para llamar a su nieta—. Yadira no lo quiere ver, pero yo sí.

Yadira salió de la cocina secándose las manos en el pantalón. Tenía el pañuelo rojo amarrado tan fuerte que se le marcaba en la frente. No se sentó. Se quedó de pie junto a la barra, a tres metros de él.

—Usted tiene diez minutos —dijo ella—. Como usted me dio a mí el primer viernes.

Braulio puso las fotos sobre la mesa, una al lado de la otra. Contó todo en orden, sin adornos. El proyecto Arcadia Malecón. Los tres correos anónimos que llegaron a la empresa en octubre, que hablaban de vecinos amenazados. Su padre, que no les creyó. Él, que vino a ver con sus ojos.

—Pedí trabajo aquí porque La Marea era la única casa que no había vendido —dijo—. Quería saber por qué. El primer día vi a su mesero hablando con dos tipos en la esquina. El segundo, vi a Edilson pedirle cinco millones.

—¿Y por qué no se fue el cuarto día a contarle a su papá? —preguntó Yadira.

—Porque el cuarto día usted me contó lo de su mamá en el sardinel.

—Qué conveniente.

—El viernes 4, Norberto le dio este sobre a Edilson en la esquina. —Braulio tocó la foto con el dedo—. Esa noche escribí el correo para mi papá y no lo mandé, porque usted se iba a enterar de quién era yo.

—O sea que por cuidar su mentira dejó que me sellaran el restaurante.

Él no lo negó. Yadira dio un paso hacia la mesa, miró las fotos y no las tocó.

***

Braulio sacó la chequera de su cuenta personal, la que no tenía nada que ver con Arcadia. La puso sobre las fotos con un lapicero encima.

—Treinta millones para la multa —dijo—. Hoy mismo. No es de la empresa, es mía. Y no le pido nada a cambio.

Yadira se rio. Fue una risa corta, sin nada de alegría. Agarró la chequera, la cerró y se la devolvió deslizándola por la mesa hasta que le pegó en la mano.

Ofelia, que no había dicho nada en todo ese tiempo, se quitó los lentes de leer. Los dobló con calma y los guardó en el bolsillo del vestido. Después sacó la libretica de tapa verde.

—Esos correos anónimos —dijo Ofelia—. Los de octubre. ¿Qué decían?

—Que a los vecinos los estaban amenazando para que vendieran barato —contestó Braulio—. Que un inspector de sanidad iba casa por casa. Que lo averiguaran antes de firmar.

—Que lo averiguaran antes del dieciocho de diciembre. Eso decía el último.

Yadira se volteó hacia su abuela. Braulio se quedó quieto, con la mano todavía sobre la chequera.

—Yo los mandé —dijo Ofelia—. Desde el computador de la biblioteca del barrio, con la ayuda de Kevin, el hijo de Milena. No sabía a quién más avisarle. Pensé que si los dueños se enteraban, iban a parar todo.

—Abuela, ¿por qué no me dijo nada?

—Porque tú ibas a ir a pelear con el inspector, y te iban a meter presa de verdad. —Ofelia le puso la libretica en la mano a su nieta—. Ahí está todo. Fechas, nombres, lo que me dijo cada uno.

Braulio miró a Ofelia y entendió por fin por qué estaba en Barranquilla. No lo había mandado su padre. Lo había mandado una señora de setenta y seis años desde la biblioteca de Barrio Abajo.

—Este muchacho vino porque yo lo llamé, aunque no supiera mi nombre —le dijo Ofelia a Yadira—. Yo le creo.

Yadira apretó la libretica contra el pecho. Miró a Braulio un largo rato, de arriba abajo, como el primer viernes.

—Yo no le creo —dijo—. Y no quiero su plata. Si salvo esta casa, la salvo yo.

***

Braulio guardó las fotos en el morral y la chequera en el bolsillo. Ofelia lo acompañó hasta la puerta, despacio, con el bastón. Yadira se quedó en la barra, leyendo la libretica de su abuela con la frente arrugada.

Braulio pensó en las cuentas que había hecho toda la noche en el sardinel. Catorce días de mentiras, cuatro fotos, una chequera rechazada. Del otro lado, una abuela que mandó tres correos sin saber si alguien los iba a leer. La cuenta no le daba a su favor.

En la puerta, Ofelia le tomó la mano y le dio dos palmaditas.

Afuera, una camioneta Mercedes negra estaba parqueando frente a La Marea. Era un carro que no se veía en Barrio Abajo, con los vidrios polarizados y las llantas brillantes. El conductor se bajó a abrir la puerta de atrás.

De ella se bajó un señor alto y flaco, de vestido oscuro de tres piezas, con un paraguas negro como bastón. Miró la fachada de La Marea de arriba abajo.

Era Vicente Ariza, un día antes de lo que había anunciado.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:26

Siguiente lectura