Capítulo 1 · ~5 min
Mesero de prueba
Si la mesa seis no recibía su arroz en diez minutos, se iba. Y con ella se iba la plata del arriendo de la nevera.
Yadira lo gritó con dos platos en cada brazo, y nadie le contestó. Pablo, el cocinero, estaba hundido en el humo de la plancha.
El mesero se había ido a las cuatro de la tarde, después de hablar en la esquina con dos señores de camisa planchada. Solo dejó el delantal colgado en un clavo y un mensaje: «Perdone, jefa, no vuelvo».
Era viernes 27 de noviembre. La Marea tenía cuarenta reservas, nueve mesas y una sola persona para atenderlas. Yadira se acomodó el pañuelo rojo de su abuela con el hombro y salió al comedor.
En la puerta había un hombre alto, de guayabera blanca, con un morral al hombro. Era el mismo que había ido a pedir trabajo a las tres. Ella le había dicho que no contrataba cachacos, como les decían en la costa a los del interior. Según ella, no sabían cargar una bandeja ni aguantar el calor.
—Usted otra vez —dijo ella.
—Usted necesita un mesero —respondió él—. Y yo necesito el trabajo.
—Lo que necesito es que se quite de la puerta. Me está tapando a los clientes.
—Deme una noche. Si rompo algo, lo pago. Si no sirvo, me voy sin cobrar.
Yadira miró la mesa seis, donde una señora ya buscaba la cartera. Miró la mesa dos, con cuatro hombres que levantaban la mano. Le puso el delantal en el pecho.
—Mesas de la uno a la cinco. Agua primero, menú después. Y a la clientela no me la trate de doctor.
—¿Cómo se llama? —preguntó él, mientras se amarraba el delantal.
—Yadira. ¿Y usted?
—Braulio. Braulio Daza.
***
El cachaco no sabía cargar platos. Eso fue lo primero que Yadira notó. Los llevaba uno por uno, con las dos manos, como quien lleva una vela encendida. Pero se acordaba de todo sin anotar nada.
—La dos quiere tres mojarras y un arroz de coco sin cebolla —le dijo a Pablo en la ventanilla de la cocina—. La cinco cambió la posta por sierra frita. Y la uno paga ya, tienen un bus a las diez.
Pablo asomó la cabeza rapada y amarilla por encima de la plancha. Tenía un trapo en el hombro y un lápiz detrás de la oreja.
—¿Y este quién es, Yadi?
—Uno que se va a ir mañana —dijo ella.
—Pues que se vaya mañana, mi llave, pero hoy que no se vaya —respondió Pablo, y le pasó a Braulio dos platos calientes.
—Me llamo Braulio —dijo él—. Y no pienso irme mañana.
—Eso lo decide la jefa, no tú. Corre, que se enfrían.
Braulio se quemó los dedos y no soltó los platos. Yadira lo vio apretar la boca y seguir.
A las nueve, la mesa seis había comido, la dos había pedido postre y nadie se había ido sin pagar. A las diez, un cliente le quiso dar una propina. Braulio no la recibió. La echó en el tarro de vidrio de Pablo, junto a la caja.
Eso tampoco le gustó a Yadira. Nadie rechazaba plata en La Marea. Menos un hombre que había pedido trabajo esa misma tarde.
A las diez y media, mientras ella cerraba la caja, Braulio dobló una servilleta en forma de barco. La dejó en la barra, frente a ella.
—Hagamos cuentas —dijo—. Cuarenta reservas, treinta y ocho cobradas. Dos mesas se cansaron de esperar y se fueron sin pedir. ¿Por qué se fue?
—Eso no es asunto suyo.
—Esta noche sí. Yo hice su trabajo y el mío.
Yadira cerró la caja con un golpe. En la calle, frente a La Marea, la peluquería de Milena estaba a oscuras. La ferretería también. Y la casa de los Polo. Toda la cuadra estaba apagada, menos ellos.
—Unos señores le hablaron en la esquina —dijo al fin—. Le dijeron que buscara otro trabajo porque este restaurante se iba a acabar. Desde junio, siete vecinos han vendido sus casas. Solo quedamos Milena y nosotras.
—¿Y usted no va a vender?
—Mi abuela abrió esto en 1979. —Le empujó el barco de servilleta de vuelta—. Sesenta mil por turno, dos semanas de prueba y sin propinas. Si llega tarde una vez, se va.
—Mañana a las cuatro.
—A las tres. Mañana viene la inspección de sanidad y aquí todo brilla.
Él asintió y se quitó el delantal. Yadira lo vio cruzar la calle oscura con el morral al hombro. Se dio cuenta de que no le había preguntado dónde vivía. Tampoco por qué un hombre con esas manos tan suaves sabía tanto de cuentas.
***
La pieza de la pensión tenía un ventilador que hacía ruido y una cama más corta que Braulio. Él se sentó en el borde y se miró los dedos. Tenía dos ampollas rojas en el índice y en el pulgar.
Sacó del morral un portátil que valía más que toda la pensión. Lo abrió sobre las rodillas. En la pantalla apareció un plano con nueve casas pintadas de gris, a seis cuadras del Gran Malecón. Encima decía, en letras azules: «Proyecto Arcadia Malecón».
Ocho casas tenían una marca verde: «Comprada». La novena estaba en rojo, con una nota al lado: «Último predio. La Marea. Propietaria: Ofelia Buelvas».
Abajo, en la esquina del plano, estaba la firma que aprobaba todo.
Braulio Ariza, vicepresidente del Grupo Arcadia Hoteles.
Era la suya.
Sobre esta novela
+13. Pensada para adolescentes: puede incluir peligro, pero no violencia gráfica ni escenas sexuales.
Por Equipo Historia Abierta
- Completada
- 20 capítulos
- Publicada el
- Actualizada el
Personajes principales
- Yadira Buelvas · Protagonista
- Braulio Ariza · Protagonista
- Ofelia Buelvas · Secundario
- Pablo Murillo · Secundario
- Milena Triana · Secundario
- Vicente Ariza · Secundario
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