Historia Abierta
Portada de El Mesero que Compró Mi Calle
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Capítulo 6 · ~5 min

Un cliente de traje

Braulio dejó las dos limonadas en la mesa cuatro y caminó hacia la cocina sin correr. Contó los pasos: once. Al duodécimo empujó la puerta de vaivén y se pegó a la pared, junto a la nevera.

Norberto Galvis llevaba veintidós años en Arcadia. Le había enseñado a Braulio a montar en bicicleta en el parqueadero de la empresa. Si le veía la cara, aunque fuera de lejos y con delantal, lo iba a reconocer.

Pablo estaba volteando dos mojarras en la plancha. Lo miró, miró la puerta y volvió a mirarlo.

—¿Y a ti qué te pasó, cachaco? Estás blanco como un queso.

—Ese señor de traje no me puede ver —dijo Braulio—. Después te explico. Necesito que me cubras.

—¿Le debes plata?

—Algo así.

—Yo te cubro. Pero me vas a deber una historia completa, con nombres y todo.

Pablo se secó las manos en el trapo y asomó la cabeza rubia por la ventanilla. Braulio oyó la voz de Yadira, que preguntaba por el mesero. Pablo le contestó lo bastante alto para que lo oyera todo el comedor.

—El cachaco se comió un bocachico de ayer y está en el baño desde hace media hora, Yadi. Si quieres, te lo saco, pero no te lo recomiendo.

Dos mesas se rieron. Yadira no. Braulio la oyó suspirar, pedirle perdón al señor de traje y decirle que ella misma lo iba a atender.

***

Desde la ventanilla de la cocina se veía la mesa siete. Braulio se puso detrás de un estante de ollas y miró por un hueco entre dos calderos. Norberto pidió el pescado de la casa, una cerveza y agua sin hielo. Comió despacio, sin mirar el celular, y felicitó a Yadira por el arroz de coco.

Cuando ella le trajo la cuenta, él no la tomó. Le pidió que se sentara un minuto. Yadira se quedó de pie, con la libreta de pedidos en la mano.

—Usted cocina como mi mamá, que en paz descanse —dijo Norberto—. Y le voy a ser sincero, porque me cae bien. Yo trabajo para el grupo que va a construir el hotel de esta cuadra.

—Entonces ya sabe que aquí no vendemos.

—Lo sé, y lo respeto, por eso vengo con otra cosa. El hotel va a tener un restaurante de comida del Caribe y necesita una jefa de cocina. Sueldo fijo, seguro médico y un equipo de doce personas.

—Ya tengo una cocina.

—Tiene una cocina con una trampa de grasa remendada y un acta de sanidad pegada en la nevera. —Norberto sonrió y se acomodó el anillo del meñique—. No se lo digo para ofenderla. Se lo digo porque esta cuadra se va a vender, con usted o sin usted.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo de alguien que ya vio pasar a mucha gente por aquí. Piénselo hasta el 18. —Dejó un billete de cien mil sobre la cuenta, que era de cuarenta—. Lo que sobra es para el mesero enfermo.

Braulio sintió el sabor del metal en la boca. Se había mordido la lengua sin darse cuenta.

***

Norberto salió a las nueve y cuarto. No se subió a la camioneta negra. Le dijo algo al conductor y caminó hacia la esquina, con la carpeta de cuero debajo del brazo.

Braulio se quitó el delantal y salió por la puerta del patio. Pablo lo vio pasar y no preguntó nada. La puerta del patio daba a un callejón que salía a la misma esquina, detrás de la casa de los Polo.

Se escondió detrás de la mata de trinitaria que crecía sobre la pared. Desde ahí veía la esquina completa, con la luz amarilla del poste. Norberto estaba parado junto a una moto. Al lado de la moto había un hombre flaco, con camisa blanca del distrito y un carné que colgaba de una cinta azul.

Edilson Fajardo.

Braulio sacó el celular y apagó el sonido. Lo levantó despacio por encima de la trinitaria. Norberto abrió la carpeta, sacó un sobre de manila y se lo dio a Edilson. Edilson lo dobló y lo guardó en el morral negro sin abrirlo.

—Ese es el cachaco que me dijo, ¿no? —preguntó Norberto—. El que sabe de normas.

—Ese mismo, doctor. Pero hoy no lo vi. Dicen que estaba enfermo.

—Averigüe de dónde salió. Y lo del sábado, como quedamos. Temprano, antes de que abran.

—Tranquilo, doctor. Para el sábado ya está todo listo.

Braulio tomó cuatro fotos. En la última se veían las dos caras con claridad, el sobre y el carné. Edilson arrancó la moto, Norberto volvió a la camioneta y la esquina quedó vacía. Él se quedó un minuto más detrás de la trinitaria, con el celular contra el pecho.

***

A la una de la mañana, en la pieza de la pensión, Braulio abrió el correo en el portátil. Escribió la dirección de su padre: [email protected]. En el asunto puso: «Urgente. Arcadia Malecón».

Escribió que Norberto Galvis le pagaba al inspector de sanidad del distrito. Que el inspector había pedido sobornos en la cuadra y amenazado con cerrar La Marea. Adjuntó las cuatro fotos.

Escribió también que Norberto había ido a La Marea a ofrecerle trabajo a la dueña, pero borró esa parte. Si la dejaba, su padre iba a preguntar cómo lo sabía.

Lo leyó una vez. Luego lo leyó otra vez, más despacio.

Si lo mandaba, su padre iba a llamar a Norberto, y Norberto iba a contar dónde estaba el vicepresidente de Arcadia. Al día siguiente, Yadira iba a saber que el mesero que limpió su trampa de grasa era el dueño del plano.

Dejó el cursor encima del botón azul de enviar. Lo dejó ahí un minuto entero.

Después cerró el portátil sin mandarlo. Afuera, una moto pasó por la calle con el motor abierto, y ya era sábado.

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