Historia Abierta
Portada de El Mesero que Compró Mi Calle
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Capítulo 7 · ~5 min

Video de madrugada

El sello rojo decía «Cerrado por orden sanitaria» y ocupaba media puerta de La Marea. Edilson Fajardo lo pegó a las ocho de la mañana del sábado, con el carné colgándole sobre la barriga.

Yadira llegó corriendo desde el segundo piso, en chancletas y con el pañuelo mal amarrado. En el patio había una nevera de icopor azul que ella no había visto nunca. Estaba abierta, junto a la trampa de grasa, y adentro había seis pescados grises con los ojos hundidos.

El olor la golpeó antes de llegar. Era un olor a barro y a agua quieta, no a mar.

—Esa nevera no es mía —dijo Yadira—. Yo no compro pescado de río. Nunca.

—Estaba en su patio, señorita. —Edilson anotaba en la carpeta sin levantar la cara—. Pescado en descomposición, sin cadena de frío. Cierre por treinta días.

—¿Treinta días? El sábado 12 tengo un evento con doscientas personas.

—Pues lo pasa para enero. —Le entregó una copia del acta—. Si quiere reclamar, la oficina de turno de la Secretaría de Salud atiende hasta el domingo a mediodía.

—Usted la puso ahí. Usted o alguien que usted mandó.

—Cuidado con lo que dice, que eso también se puede denunciar.

Edilson se fue en la moto. Yadira se quedó en el patio, frente a la nevera azul. Pablo llegó a las ocho y media y se tapó la nariz con el trapo. Braulio llegó diez minutos después, sin afeitarse, y miró el sello de la puerta durante mucho tiempo.

—Bocachico —dijo Yadira, sin voltear—. De represa. Huele a lodo. Mi mamá vendía bocachico en Barranquillita y yo me crie con ese olor.

Braulio no contestó. Se agachó, tomó tres fotos de la nevera y le pidió a Pablo una bolsa para guardar uno de los pescados.

***

El domingo a las siete de la mañana, Yadira ya estaba en la oficina de turno de la Secretaría de Salud. Tenía en las piernas una carpeta con todas las facturas de compra de pescado de los últimos seis meses. Ni una era de bocachico.

Edilson llegó a las ocho, con una camisa limpia y el mismo carné. En la silla del lado había una mujer alta, de afro corto y lentes de marco rojo. Grababa todo con una grabadora pequeña y tenía un carné de prensa colgado del cuello.

La jefa de turno revisó las facturas una por una. Luego le pidió a Edilson su informe. Él lo leyó en voz alta, sin equivocarse, como si se lo supiera de memoria.

—Usted dice que la nevera estaba en la cocina —dijo Yadira cuando él terminó—. Estaba en el patio. Y dice que encontró sierra. Lo que había era bocachico de represa, que yo no vendo.

—Un pescado podrido es un pescado podrido.

—No para quien cocina. Yo compro sierra, mojarra y pargo, de mar, y aquí están las facturas de seis meses. —Yadira las golpeó con la mano—. Huela usted el pescado que guardamos, si quiere.

La mujer de los lentes rojos dejó de grabar y se acercó a la jefa de turno.

—Zoraida Naranjo, del Diario del Litoral —dijo—. Estoy haciendo una nota sobre las inspecciones de diciembre. ¿Hay alguna prueba de quién puso esa nevera en el patio?

En ese momento entró Milena Triana. Tenía el pelo sin secar por segunda vez en una semana y el celular apretado en la mano de uñas fucsias. Buscó a Yadira con los ojos y se sentó en la silla del otro lado.

—Mi cámara de la peluquería apunta a tu callejón —dijo Milena—. Grabó todo. Sábado, a las cuatro y cincuenta y dos de la mañana.

—¿Y por qué no me lo mostraste ayer?

—Porque este señor me paga por avisarle a qué hora abres y a qué hora cierras. —Milena miró a Edilson y no le tembló la voz—. Desde octubre. Y yo ya no quiero esa plata.

Edilson se levantó, dijo que tenía otra diligencia y salió sin despedirse. Zoraida apuntó la hora de su salida en una libreta.

***

El video duraba un minuto y diez segundos. Un hombre con gorra entraba al callejón con una nevera azul de icopor, la dejaba en el patio de La Marea y salía corriendo. Al final, se subía a una camioneta blanca parqueada en la esquina.

Yadira lo detuvo en el último segundo. En la puerta de la camioneta había un logo con un arco dorado y unas letras: «Arcadia Hoteles · Obras».

La jefa de turno vio el video tres veces. A las once y media firmó la orden para levantar el sello. Zoraida le dio su tarjeta a Yadira y le pidió una copia del video antes del lunes.

Esa tarde, Pablo despegó el sello con un cuchillo de mantequilla y lo echó a la basura. A las seis, La Marea volvió a abrir, con cuatro mesas ocupadas por vecinos que se habían enterado por WhatsApp. Yadira cocinó sin hablar con nadie.

A las diez, Braulio estaba recogiendo la mesa tres. Tenía una bandeja con dos platos y un vaso, y la miraba desde el otro lado del comedor. Ella se le acercó con el celular en la mano y la foto del logo abierta en la pantalla.

—Arcadia Hoteles —dijo Yadira—. Los mismos del hotel de la cuadra. Los dueños son una familia de Bogotá, lo busqué en internet. Puros señores de corbata.

—Yadira, espera un momento antes de hacer algo.

—Esperé cinco meses mientras se iban mis vecinos, y ya no espero más. —Le puso el celular frente a la cara—. Mañana le mando el video a la periodista. Que todo el país sepa quiénes son los Ariza.

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