Capítulo 8 · ~5 min
Velitas en la acera
—Si lo publicas mañana, el martes te demandan —dijo Braulio—. Y el miércoles ya no tienes restaurante, ni evento, ni abogado que te defienda.
Eran las diez y diez del domingo. La Marea estaba vacía y Pablo ya se había ido. Braulio dejó la bandeja en la barra, con el vaso y los dos platos, y se quedó del otro lado, frente a ella.
—Es un logo en una camioneta —siguió él—. Cualquiera puede pintar un logo. Un abogado de Arcadia va a decir que la camioneta es robada, o que el hombre de la gorra es un contratista que nadie conoce. Y Zoraida se queda con una nota que no prueba nada.
—¿Y usted cómo sabe lo que dice un abogado de Arcadia?
—Trabajé tres años en hoteles. Todos los grupos grandes tienen el mismo tipo de abogado.
—Ahora resulta que también trabajó en hoteles. —Yadira se rio sin ganas—. Usted cambia de pasado cada vez que lo necesito, cachaco.
—Te digo lo que sé. Falta probar quién pagó al de la gorra y quién le paga a Edilson. Con eso, nadie te puede demandar.
Yadira miró la foto del logo en el celular. Luego miró la cara de Braulio, que estaba más pálida que de costumbre. Pensó en su abuela, en la denuncia falsa que la había hecho firmar, en lo fácil que era asustar a una persona con un papel.
—Le mando el video a Zoraida igual —dijo al fin—. Pero le pido que no publique hasta que tengamos más. Una semana, no más.
—Una semana es justo.
Braulio recogió la bandeja y se fue a la cocina. Ella lo oyó lavar los platos durante mucho rato, más de lo que hacía falta para dos platos y un vaso.
***
El 7 de diciembre, la Noche de Velitas, toda Barranquilla prendía velas en las aceras para recibir la Navidad. En la cuadra de La Marea, ese año, solo había una acera con gente.
Ofelia sacó el farolito de papel rojo que usaba desde 1979 y lo puso en la puerta. Pablo trajo una caja de cincuenta velas blancas que le habían regalado en el mercado. Braulio llegó con una bolsa de buñuelos calientes y no se puso el delantal.
Se sentaron en el sardinel los tres, con Ofelia en su mecedora. Prendieron una vela por cada casa vendida. Ofelia decía el nombre de cada familia antes de prenderla, y Yadira la ponía en la puerta de esa casa.
—Esta es por los Polo —dijo Ofelia, con una vela temblándole entre los dedos—. Doña Fidelina me regaló cocadas cada domingo durante veinte años. Y se fue sin despedirse, mija. Le dio vergüenza.
—No fue culpa de ella, abuela.
—Ya sé que no. Por eso le prendo la vela. —Ofelia miró a Braulio—. Y usted, joven, ¿por quién prende la suya?
Braulio tenía una vela apagada en la mano. Se quedó mirándola un momento.
—Por mi mamá, que se llamaba Beatriz. Murió cuando yo tenía diecinueve años, y nunca le prendí velitas en una acera. En Bogotá hace mucho frío para estar afuera.
—Entonces préndala aquí, que aquí sobra calor.
Él la prendió con la vela de Yadira. Las manos de los dos quedaron juntas un segundo de más. Pablo carraspeó, dijo que iba por más buñuelos y se llevó a Ofelia adentro con la excusa de que hacía falta azúcar.
Yadira se quedó sentada en el sardinel, con la vela en la mano. Por la calle pasaron dos niños en bicicleta, con velitas pegadas al manubrio con cera. Al ver las ocho puertas con luces, frenaron un momento y siguieron.
—Mi abuela no necesita azúcar —dijo Yadira cuando se quedaron solos—. Es diabética.
—Ya sé. Fue una mala excusa de Pablo.
—Fue una pésima excusa. —Yadira le quitó una gota de cera del dorso de la mano con la uña—. ¿Cuál es tu apellido de verdad, Braulio? Ese Daza no te queda.
Él se quedó quieto. Las velas hacían una fila de luces chiquitas frente a las ocho puertas vendidas.
—Daza era el apellido de mi mamá —dijo—. Ese es el que quiero tener esta noche.
Yadira no preguntó nada más. Se inclinó y lo besó, con el pañuelo rojo rozándole la frente a él. Fue un beso corto, con sabor a buñuelo y a humo de vela. Luego se separó y se rio por primera vez en una semana con ganas de verdad.
—Me acabo de dar cuenta de que te estoy tuteando, cachaco. No te acostumbres.
***
Braulio volvió a la pensión caminando despacio, con las manos en los bolsillos. Todavía tenía cera en un dedo y no se la quería quitar. En la esquina, una niña prendía velitas con su abuelo.
Pasó frente a la peluquería de Milena. La reja estaba abajo, pero la cámara de la esquina tenía la luz roja prendida. Braulio levantó la mano y saludó a la cámara, sin saber por qué. Después se sintió ridículo y apuró el paso.
Había dicho la verdad sobre su mamá. Era la primera verdad completa que le contaba a Yadira, y la había usado para no contarle la otra.
En la pieza se sentó en la cama corta y leyó el mensaje de su padre, de las nueve y media. Llegaba el viernes 11, y Norberto ya le había contado que lo vio en Barrio Abajo. Braulio apagó el celular y se quedó mirando la cera del pulgar hasta que se le enfrió.
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