Historia Abierta
Portada de El Mesero que Compró Mi Calle
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Capítulo 5 · ~5 min

Cenas por encargo

Treinta millones en dieciséis días. Yadira lo escribió con marcador rojo en la parte de arriba del tablero de turnos, encima de los nombres de Pablo y de Braulio.

Lo escribió el miércoles a las seis de la mañana, antes de que nadie llegara. Su abuela le había rogado que no se lo contara a nadie. Yadira le había prometido que no lo haría, pero no le había prometido callarse el número.

Braulio llegó a las ocho, con dos tintos en vasos de plástico. Leyó el tablero y dejó los tintos sobre la barra. Pablo llegó detrás de él, con las bolsas del mercado.

—¿Treinta millones de qué, Yadi? —preguntó Pablo.

—De una multa. Mi abuela firmó una promesa de venta y para deshacerla hay que pagar treinta millones antes del 17. —Yadira se ajustó el pañuelo rojo—. Si no, el 18 nos sacan.

—Ay, Dios mío. —Pablo se sentó en un banco y no dijo nada más.

—El banco no presta sin la firma de su abuela —dijo Braulio—. Entonces hay que vender comida: cenas de Navidad por encargo, con pernil y arroz de coco. Y el sábado 12, una gran noche aquí, en la calle, con mesas hasta la esquina.

Sacó una servilleta y empezó a hacer cuentas con el lapicero que se había robado. Doscientos cupos a ciento cincuenta mil pesos. Treinta millones, si se vendían todos. Lo que dejaran las cenas por encargo iba para los ingredientes.

—La Noche de La Marea —dijo Pablo, y se le iluminó la cara—. Música, el pescado de la abuela y la cuadra entera prendida.

—¿Y quién viene a comer a una calle con ocho casas tapadas con tablas? —preguntó Yadira.

—Los que conocieron esa calle antes de las tablas —dijo Braulio—. Los que comieron aquí en su primera comunión, en sus quince o después de un entierro. Esa es la historia que vamos a contar.

***

El plan necesitaba dos cosas que Yadira no tenía: un horno más grande y plata para el primer mercado. El horno lo consiguió Pablo, prestado por un primo que tenía una panadería en Rebolo. Para la plata, Braulio dijo que conocía a alguien en Bogotá que podía prestar cinco millones sin intereses.

Yadira dijo que no. Lo dijo tres veces, la última con la escoba en la mano. No le iba a deber plata a un mesero que llevaba seis días en La Marea y que no decía dónde vivía.

Esa tarde hizo la lista de compras en la parte de atrás de una factura. Cuarenta perniles, veinte kilos de arroz, sesenta cocos y una caja de ciruelas pasas para el postre. La lista sola costaba más de tres millones.

El jueves por la mañana fue sola a una compraventa de motos de la calle 30. Llevaba los papeles en una bolsa plástica. La moto era una Boxer azul con un rayón en el tanque, la que había comprado a cuotas en tres años de trabajo.

El comprador le ofreció tres millones. Ella le mostró el kilometraje, le abrió el motor y le recitó cada arreglo que le había hecho. Salió con cuatro millones en efectivo, metidos en el bolsillo del pantalón negro de cocina.

Volvió en bus. Cuando entró a La Marea, Braulio estaba pegando un afiche en la puerta. Lo había diseñado «un amigo de Bogotá», le dijo, en una sola noche y gratis. Era la cara de Ofelia de joven, con un plato de arroz de coco y la fecha: sábado 12 de diciembre.

—¿Dónde está su moto? —preguntó él.

—Vendida esta mañana, en la calle 30. Me dieron cuatro millones, y con eso compramos los perniles, los cocos y el primer mercado.

—Le ofrecí la plata prestada, sin intereses. Usted necesita esa moto para ir al mercado a las cinco de la mañana.

—Por eso mismo. —Yadira le quitó el rollo de cinta de la mano y terminó de pegar el afiche ella misma—. Si su amigo presta sin intereses, algo quiere. Al mercado se puede ir en bus, y yo no le quedo debiendo nada a nadie.

—Me debe un lapicero.

—Ese se lo puede quedar, cachaco. Considérelo su sueldo de hoy, que lo del afiche no se lo pedí yo.

Braulio se rio y miró el afiche. El «amigo de Bogotá» era la diseñadora de Arcadia. Había hecho el trabajo a las dos de la mañana, porque se lo pidió el vicepresidente de la empresa. Esa era la segunda mentira de la semana. La primera había sido decir que su papá era contador.

***

El jueves en la noche vendieron catorce cenas por encargo por WhatsApp. El viernes en la mañana, veintidós. Milena compartió el afiche en el grupo de la peluquería, aunque seguía sin contestarle a Yadira los mensajes.

A las ocho de la noche del viernes, La Marea tenía seis mesas ocupadas y olor a pernil en toda la cuadra. Pablo cantaba. Ofelia contaba billetes en la caja de la plata, una caja de lata de galletas con la tapa abollada.

Braulio estaba llevando dos limonadas a la mesa cuatro cuando oyó un carro parquearse afuera. Era una camioneta negra con los vidrios oscuros. De ella bajó un hombre grueso, con un traje de lino gris y un anillo de oro en el dedo meñique.

Braulio conocía ese anillo desde que tenía nueve años. Lo había visto en todas las navidades de Arcadia, en cada junta y en cada foto de la empresa.

El hombre entró, se quitó las gafas de marco dorado para limpiarlas y le habló a Yadira, que estaba en la barra.

—Buenas noches, señorita. Quiero la mesa del mesero alto, el de la guayabera —dijo Norberto Galvis—. Me dijeron que atiende muy bien.

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