Historia Abierta
Portada de El Mesero que Compró Mi Calle
  • 20 capítulos
  • 39 lecturas
  • Completada

+13

21

~5 min de lectura

Capítulo 4 · ~5 min

Secreto de la abuela

—Me llamó mi papá anoche. Quiere que me vuelva a Bogotá antes de Navidad.

Braulio lo dijo a las siete de la mañana del martes, parado en la puerta de La Marea. Tenía ojeras y la misma guayabera del lunes. Yadira estaba barriendo la acera y no dejó de barrer.

—¿Y se va a ir? —preguntó ella.

—Le dije que tengo un trabajo de prueba hasta el 11. Que no lo voy a dejar botado.

—Qué responsable. —Yadira apoyó la escoba en la pared—. Hoy voy al banco a pedir un crédito para cambiar la estufa y el filtro. Si me lo dan, la prueba le sale más larga.

—Te acompaño. Sé leer letra pequeña.

—Usted sabe demasiadas cosas para ser mesero, cachaco.

—Mi papá es contador —mintió él, y ella no lo notó.

***

En el banco la atendió una muchacha de uñas cortas y sonrisa cansada. Revisó los papeles de La Marea durante veinte minutos. Luego dijo que el negocio daba para un crédito pequeño, pero que la casa era de Ofelia Buelvas. Sin la firma de la dueña, no había nada que hacer.

Yadira salió del banco con la carpeta debajo del brazo y la mandíbula dura. Braulio caminó a su lado sin decir que se lo había advertido en el bus. Eran casi las once cuando llegaron a La Marea.

Había un carro gris parqueado en la puerta. Adentro, sentado en la mesa uno, un hombre de corbata morada tomaba tinto con Ofelia. La abuela tenía las manos sobre la mesa, una encima de la otra, y no miraba a nadie.

El hombre se levantó al verlos. Era bajito, de bigote recortado, con un maletín de cuero nuevo.

—Fabio Lozano, representante legal de Inversiones Costa Brava —dijo, y le tendió la mano a Yadira—. Vine a confirmar la fecha de la escritura con doña Ofelia.

—¿Qué escritura? —Yadira no le dio la mano—. Aquí nadie vende nada.

—Su abuela ya vendió, señorita. —Fabio sacó un papel del maletín y lo puso sobre la mesa—. Esta es la promesa de compraventa. Lo firmó el 14 de septiembre.

Yadira levantó el papel. Leyó despacio, porque las letras le bailaban. Doscientos diez millones de pesos. Escritura en la Notaría Novena, el viernes 18 de diciembre, a las diez de la mañana. Abajo estaba la firma de su abuela, la misma de las tarjetas de cumpleaños.

—Esta casa vale más de seiscientos millones —dijo Braulio, desde atrás.

Fabio lo miró de arriba abajo. Vio el delantal y no le contestó.

—Doscientos diez fue lo que firmó la señora —le dijo a Yadira—. Si quieren echarse para atrás, está la cláusula siete. Hay que consignar treinta millones de multa en la notaría antes del jueves 17 a las seis de la tarde. Si no, el viernes se firma.

—¿Y si no vamos a la notaría el viernes?

—Entonces los demandamos, y el juez firma por ustedes. Les va a salir más caro.

Fabio guardó la promesa, dejó una copia sobre la mesa y se despidió de Ofelia con una inclinación de cabeza. Al salir, se cruzó con Pablo, que venía del mercado con dos bolsas de limones. Pablo se quedó viéndolo hasta que el carro gris dobló la esquina.

Yadira sacó el celular y abrió la calculadora, aunque no hacía falta. Treinta millones era lo que La Marea ganaba limpio en un año bueno. Y para el jueves 17 faltaban dieciséis días.

***

Yadira esperó a que Pablo entrara a la cocina. Luego cerró la puerta de la calle con llave, aunque era hora de abrir. Braulio se quedó junto a la barra, sin saber si irse o quedarse. Ella no lo echó.

Subió con su abuela al segundo piso, al cuarto de la ventana grande. Ofelia se sentó en la cama con el bastón entre las rodillas. Yadira se quedó de pie, con la copia de la promesa en la mano.

—Doscientos diez millones, abuela, por la casa donde usted me crio. Explíqueme por qué firmó, y no me diga que fue por el gas. El domingo revisé la caja de los recibos.

Ofelia sacó la libretica del bolsillo del vestido y la abrió en una página llena de fechas. La letra era temblorosa y apretada. Tenía apuntado el día de cada visita: «2 de septiembre. Vino el abogado. 9 de septiembre. Vino otra vez, con el de sanidad».

—Primero me ofrecieron trescientos y dije que no —dijo Ofelia—. Después vino ese inspector, el del carné, con una denuncia de sello y todo. Que un cliente se había enfermado por comer aquí, y que la responsable era la que firmaba el registro de sanidad.

—Esa soy yo.

—Esa eres tú.

Yadira se sentó en la cama, al lado de su abuela. La copia de la promesa se le resbaló al piso. Ofelia le tomó la mano izquierda, la de la cicatriz de quemadura, igual a la suya. Las dos marcas quedaron juntas. Se las había hecho el mismo caldero, con cuarenta años de diferencia.

—Yo tengo setenta y seis años —dijo Ofelia, muy bajito—. A mí qué me iban a hacer. Pero tú tienes veintinueve.

—Abuela, eso era mentira. Una denuncia así no mete presa a nadie de un día para otro.

Ofelia le apretó la mano con fuerza y cerró la libretica. En la última página, Yadira alcanzó a ver una fecha escrita y tachada tres veces: 18 de diciembre.

—Me dijeron que si no firmaba, a ti te metían presa.

¿Qué te pareció este capítulo?

Toca una estrella. Es opcional y no detiene tu lectura.

0:00 / 5:42

Siguiente lectura