Capítulo 3 · ~5 min
La peluquería vendida
El papel del gas no existía. Yadira lo buscó el domingo a las siete de la mañana en la caja de zapatos donde su abuela guardaba los recibos. Encontró facturas de luz desde 1998, la escritura de la casa y una estampita de la Virgen del Carmen.
Del contador nuevo no había nada. El contador del gas, además, era el mismo de siempre, oxidado y con una telaraña encima. Ofelia le había mentido a la cara, y Ofelia no mentía nunca.
Yadira dejó la caja en su sitio. Su abuela estaba en misa de siete y no iba a soltar nada con preguntas directas. Así que cruzó la calle a buscar a la única persona que sabía todo lo que pasaba en la cuadra.
La peluquería de Milena Triana tenía la reja a medio subir. Adentro olía a tinte y a laca. Los tres sillones estaban cubiertos con sábanas, y en el piso había cajas de cartón amarradas con cinta.
Milena estaba sentada en una de las cajas, con su bata negra y las uñas fucsias recién pintadas. Tenía el pelo cobrizo sin secar. Eso fue lo que más asustó a Yadira, porque Milena no salía ni a la tienda sin secarse el pelo.
—Dime que estás pintando el local —dijo Yadira.
—Lo vendí, Yadi. —Milena no la miró—. Firmé en octubre con Costa Brava y no tuve cara para contarte. Me dejan vivir aquí hasta enero.
—¿Ciento ochenta? Esta casa vale el doble. Tú misma me lo dijiste en agosto, cuando vino el primer abogado.
—Ya sé lo que te dije.
—Entonces dime qué cambió. ¿Te amenazaron? Porque a mí me mandaron a un inspector que quería cinco millones.
Milena se mordió el labio y se le salieron las lágrimas. Las limpió con el dorso de la mano para no dañar las uñas. Luego tocó la medallita de oro que llevaba en el cuello, la que tenía grabado el nombre de su hijo.
—Kevin tiene catorce años —dijo al fin—. Quiero que crezca en otra parte. Eso es todo.
—Eso no es todo, Mile. Te conozco desde que yo tenía once años.
—Entonces sabes que cuando digo que es todo, es todo. Vete, por favor. Tengo que empacar.
***
El lunes por la noche, después de cerrar, Yadira no quiso subir a su cuarto. Le pidió a Braulio que la acompañara a dar una vuelta a la cuadra. Él dejó el delantal en el clavo y salió sin preguntar nada.
Caminaron despacio. Siete casas estaban oscuras, con las ventanas tapadas con tablas y un letrero blanco en cada puerta: «Propiedad privada. Inversiones Costa Brava». La casa de los Polo ya no tenía la mata de mango del patio. La habían cortado.
—Ahí vivía doña Fidelina, la de las cocadas —dijo Yadira, señalando una puerta—. Ahí, el señor que arreglaba radios. Ahí, una familia que tenía un loro que decía mi nombre. Se fueron todos en cinco meses.
—¿Y nadie supo quién es Costa Brava? —preguntó Braulio.
—Una empresa con un abogado de corbata. Pagaron rápido y en efectivo. Nadie hizo preguntas.
Llegaron a la esquina. Desde ahí se veía la avenida y, al fondo, las luces del Gran Malecón. Yadira se sentó en el sardinel. Braulio se sentó a su lado, con las rodillas casi en el pecho.
—Mi mamá también vendió —dijo ella—. Tenía un puesto de pescado en el mercado de Barranquillita. Lo vendió por ocho millones en 2009 y se fue a Panamá con un novio. Yo tenía doce años.
—¿Volvió?
—Manda un mensaje en diciembre. Cada año dice que este año sí viene. —Yadira se rio, pero sin ganas—. Yo no soy de las que se van, Braulio.
Él se quedó callado. Luego sacó una servilleta del bolsillo y la dobló hasta hacer un barco. Se lo puso en la mano a ella.
—¿Puedo tutearte? —dijo él—. Me cuesta hablarle de usted a alguien que me cuenta lo de su mamá.
—Puedes. Pero yo te sigo diciendo usted, que soy la jefa.
Braulio aceptó con la cabeza, muy serio, como si acabara de firmar un contrato. Ella guardó el barco en el bolsillo de la chaqueta de cocina.
De vuelta, pasaron otra vez frente a la peluquería. Milena había bajado la reja del todo. Por una rendija salía la luz azul de un televisor, y se oía a Kevin reírse de algo.
***
Braulio la dejó en la puerta de La Marea y caminó hasta la pensión. Llevaba en la mano la libreta donde había anotado los nombres de las casas. Doña Fidelina, el señor de los radios, la familia del loro. En el plano de Arcadia solo eran números del uno al ocho.
En la pieza, se quitó la guayabera y la colgó en la ventana para que se le fuera el olor a fritura.
Luego abrió el portátil y buscó Inversiones Costa Brava en la carpeta del proyecto. Era la empresa que le vendía las ocho casas a Arcadia, y la había escogido Norberto Galvis, el gerente de compras. Braulio nunca había visto la cara de su dueño.
El celular vibró sobre la cama. En la pantalla decía «Papá».
—¿Ya tienes la firma de la vieja? —preguntó Vicente Ariza, sin saludar.
—No es una vieja. Se llama Ofelia —dijo Braulio—. Y no va a vender, papá. La nieta no la deja.
—Entonces dale más plata. Tienes autorizados seiscientos millones.
—No es la plata. Los vecinos vendieron por miedo, y el sábado vino un inspector a pedir soborno.
—Eso no es asunto tuyo. Tu asunto es la novena casa.
—Si compramos con miedo, el problema va a ser de Arcadia.
—Te voy a explicar cuál es el problema —dijo Vicente, y su voz se volvió lenta, como cuando Braulio tenía diez años y rompía algo—. Si el viernes 18 no está firmada la cuadra, el proyecto es de Norberto y tú vuelves a Bogotá.