Capítulo 2 · ~5 min
Visita de sanidad
Braulio cerró el portátil y lo metió debajo del colchón. En su celular había un mensaje de su padre, de las once y cuarto: «Llámame cuando hables con la dueña».
No contestó. Escribió en una libreta lo único que tenía claro: «La Marea no vende porque la quieren. Los vecinos vendieron porque les dio miedo». Debajo anotó otra cosa: «Averiguar quiénes son los de la camisa planchada».
***
El inspector de sanidad dijo que el certificado de fumigación estaba vencido y que eso solo ya era una multa.
Edilson Fajardo había llegado a La Marea a las once de la mañana del sábado. Traía una carpeta con formularios y un carné colgado de una cinta azul. Caminaba por la cocina sin tocar nada, con cara de aburrido, y anotaba.
Yadira lo seguía con el pañuelo rojo bien amarrado. El certificado no estaba vencido. Ella lo había renovado el lunes y se lo mostró pegado en la nevera, con un imán de piña. Edilson lo miró sin acercarse y cambió de tema.
Se agachó junto al lavaplatos y levantó la tapa de la trampa de grasa. Era la caja de metal que atrapa el aceite antes de que se vaya por el tubo. Adentro había una capa blanca y espesa. Olía a fritanga vieja.
Yadira lo sabía. Hacía un mes que Pablo le decía que había que cambiar el filtro. Pero el filtro costaba más de lo que entraba en una semana.
En la puerta de la cocina estaba Braulio, con una bandeja vacía contra el pecho. No era su turno todavía. Había llegado a las diez «para aprender los platos», y ella no lo había echado porque necesitaba manos.
Edilson cerró la carpeta y le hizo una seña a Yadira para que salieran al patio. Ella salió. Braulio se quedó junto a la puerta, del lado de adentro, quieto.
—Mire, señorita Buelvas, yo no quiero perjudicarla, de verdad —dijo Edilson, casi sin mover la boca—. Esto se arregla de dos formas. O le pongo un acta y le cierro si no cumple, o lo arreglamos aquí.
—¿Cómo es aquí?
—Cinco millones. Y yo no vi la trampa de grasa. Usted me entiende, ¿cierto?
Yadira se quedó mirando el carné. Tenía la foto de un Edilson más joven, sonriendo.
—Cinco millones es lo que yo gano en dos meses —dijo ella—. Y si los tuviera, compraba el filtro y no se los daba a usted.
—Piénselo bien. En una cocina tan vieja siempre hay otras cosas que se pueden encontrar.
—Váyase de mi patio. —Yadira levantó la voz para que la oyera la cuadra entera—. ¡Váyase, que aquí no se le paga a nadie por debajo!
Edilson no se ofendió. Sacó un formulario, lo llenó apoyado en la carpeta y se lo entregó. Era un acta con letras rojas: setenta y dos horas para arreglar la trampa de grasa o cierre del local.
***
Yadira pegó el acta en la puerta de la nevera, junto al certificado. Luego se encerró en el baño de empleados y contó hasta veinte. Cuando salió, Braulio estaba en el patio con Pablo, los dos agachados frente a la trampa.
—El filtro cuesta un millón doscientos —dijo Pablo, y se secó la frente con el trapo del hombro—. Y el plomero cobra otro millón por venir un sábado.
—El filtro no hay que cambiarlo —dijo Braulio—. Está tapado, pero no está roto. Lo lavamos con agua caliente esta noche y el lunes pasa la revisión.
—¿Y usted cómo sabe? —preguntó Yadira.
—Trabajé en una cocina grande en Bogotá —dijo él, y sacó un papel arrugado del bolsillo—. Y esto lo busqué a la hora del almuerzo.
—Usted no almorzó. Lo vi lavando ollas toda la hora.
—Por eso tuve tiempo. Es un decreto: la trampa se limpia y se anota en un cuaderno, con fecha y firma. Sin cuaderno, la limpieza no cuenta.
—Le debo una, entonces —dijo Yadira, sin reírse.
—Me debe un lapicero. Después le cuento por qué.
No le creyó del todo. Pero a las once de la noche, cuando se fue el último cliente, los dos hombres vaciaron la trampa con baldes. Restregaron el filtro con agua caliente y jabón de barra, mientras Pablo cantaba un vallenato viejo y desafinado.
Braulio se manchó la guayabera blanca de grasa hasta los codos y no se quejó. Yadira sacó de la mesita de debajo de la escalera un cuaderno de tapa dura. En la primera hoja escribió: «Registro de limpieza de trampa de grasa. 28 de noviembre».
Le dio el lapicero a Braulio para que firmara. Él firmó «B. Daza» sin pensarlo. Ella miró la firma un rato. Tenía la letra de alguien que firmaba muchos papeles.
***
A las once y media, una moto se paró frente a La Marea. Era Edilson, con la misma camisa del distrito. No entró. Se quedó en la acera, con el celular en la mano, y tomó una foto de la fachada.
La abuela Ofelia estaba sentada en su mecedora, en la puerta, como todas las noches. Tenía el bastón de madera entre las rodillas y la libretica en el bolsillo del vestido de flores. Yadira salió para decirle a Edilson que se fuera, pero él ya se estaba yendo.
Se acercó a la mecedora primero. Se inclinó hacia Ofelia hasta quedar a la altura de su cara.
—Usted sabe lo que firmó, señora.
La moto arrancó y se perdió por la esquina. Yadira se agachó junto a la mecedora.
—Abuela, ¿qué fue lo que usted firmó?
—Nada, Yadira. Un papel del gas, de cuando cambiaron el contador —dijo Ofelia—. Ese hombre habla por hablar, no le hagas caso.
Pero tenía la libretica apretada entre las dos manos, y le temblaban.