Capítulo 20 · ~5 min
Decisiones finales
Isabela entró al despacho del socio fundador con paso firme. Andrés iba a su lado, con esa sonrisa confiada que a veces la desesperaba y otras veces le daba paz. Julián esperaba afuera, apoyado en la pared, dándoles un pulgar arriba en silencio.
El socio, el doctor Ramírez, estaba de pie junto a la ventana. Giró apenas escuchó la puerta.
—Bien. Los esperaba —dijo, sin rodeos—. Felicitaciones por el resultado del juicio. Superaron mis expectativas.
Isabela asintió. Andrés tomó asiento sin pedir permiso, cruzando una pierna. Isabela prefirió quedarse de pie. El doctor Ramírez los observó a ambos, como si buscara algo más allá de las palabras.
—Sé que esperan una decisión. Solo uno puede ser socio, como dije al principio —continuó—. Pero después de verlos trabajar juntos... estoy reconsiderando las reglas.
Andrés no ocultó su sorpresa.
—¿Nos va a dar una pista, doctor? —preguntó con su tono bromista de siempre.
Ramírez sonrió apenas.
—Ustedes son el futuro del bufete. No se trata solo de ganar casos, sino de construir algo sólido. Por eso, les ofrezco una nueva sociedad. Ambos, juntos. Socios en igualdad de condiciones.
Isabela miró a Andrés, buscando su reacción. Él le sostuvo la mirada, más serio de lo habitual.
—¿Y si uno no acepta? —preguntó Isabela, con voz tranquila.
—Entonces, el puesto será para quien sí lo haga —respondió Ramírez, sin dudar—. Pero creo que ya saben la respuesta.
Andrés estiró la mano hacia Isabela, como si sellara un trato invisible.
—¿Aliados? —dijo, con una media sonrisa.
Isabela dudó un segundo, pero tomó su mano.
—Aliados —aceptó.
El apretón fue breve pero firme. Ramírez asintió, satisfecho.
—Esperen la notificación oficial esta tarde. Y disfruten la victoria. Se la ganaron.
Salieron juntos del despacho, sin decir palabra. Julián los recibió con una ceja en alto.
—¿Y entonces? ¿Quién ganó? —preguntó, medio en broma, medio en serio.
Andrés soltó una risa corta.
—Ambos. O ninguno, según se vea —respondió.
Isabela le dio un leve codazo.
—Somos socios, Julián. Y el bufete no se va a caer.
Julián los abrazó a los dos a la vez, casi aplastándolos.
—Ya era hora. ¿Van a celebrar o qué?
Andrés miró a Isabela, esperando su respuesta. Ella soltó un suspiro que se pareció mucho a una risa.
—Voy por café. Pero solo si me acompañan —dijo, y empezó a caminar hacia la salida.
Julián se adelantó. Andrés se quedó un segundo atrás y, sin que nadie más lo viera, rozó la mano de Isabela con la suya.
—¿Te das cuenta de lo que hicimos? —susurró en voz baja.
—Sí. Y todavía no lo creo —respondió ella, sonriendo apenas.
El bufete estaba más animado que nunca. Todos hablaban de la victoria, del nuevo rumbo. Al pasar, algunos compañeros saludaban a Andrés y a Isabela con respeto. Otros los miraban con curiosidad, como si esperaran el siguiente capítulo de su historia.
Llegaron a la sala de descanso. Julián ya servía tres tazas de café.
—Brindemos —propuso, levantando la suya.
Andrés levantó la taza.
—Por los nuevos socios y porque nadie más sabotee el correo del bufete.
Isabela rodó los ojos, pero no podía dejar de sonreír.
—Por el trabajo bien hecho. Y porque aprendimos a confiar —dijo.
Las tazas chocaron suavemente. Por un momento, solo se escuchó el ruido del café llenando las tazas y las voces lejanas de los otros abogados.
Julián fue el primero en romper el silencio.
—¿Y ahora qué van a hacer? ¿Se van a pelear por la oficina grande?
Andrés miró a Isabela, divertido.
—No hace falta. Podemos compartir. Igual, los dos necesitamos espacio para discutir.
Isabela le lanzó una mirada rápida.
—Solo si prometes no dejar papeles por todo lados.
—Eso sí no te lo puedo prometer —dijo Andrés, riendo.
Julián levantó las manos.
—Listo, entonces yo sigo siendo el mediador oficial. Y cobro caro.
Las risas llenaron la sala. Por primera vez en mucho tiempo, todo parecía sencillo.
Un rato después, Isabela se acercó a una de las ventanas, taza en mano. Andrés se puso a su lado, apoyando el hombro en el marco.
—¿De verdad crees que esto va a funcionar? —preguntó ella, sin mirarlo directo.
Andrés se encogió de hombros.
—No tengo idea. Pero contigo, quiero intentarlo. En el trabajo y fuera de aquí.
Isabela lo miró de reojo. Sonrió, tranquila.
—Entonces hay que poner reglas claras. Nada de secretos. Nada de sabotajes.
—Ni de desconfianza —agregó Andrés, serio.
Se quedaron en silencio un momento, viendo la ciudad a lo lejos. El futuro era incierto, pero ahora no les daba miedo. Habían aprendido a perder juntos, a ganar juntos y a confiar. Eso era suficiente, al menos por hoy.
Al regresar a sus oficinas, el correo de Ramírez ya estaba en sus bandejas de entrada. El asunto era claro: "Bienvenidos, socios". Andrés levantó la vista desde la pantalla y buscó los ojos de Isabela, que estaba al otro lado del escritorio. Ambos sonrieron, como dos personas que habían peleado mucho y, por fin, estaban del mismo lado.