Capítulo 19 · ~4 min
Victoria en el juicio
Isabela entró a la sala de audiencias con pasos firmes. Llevaba el expediente en la mano y sentía cómo todas las miradas caían sobre ella. Andrés ya estaba en su lugar, revisando notas con una sonrisa segura. El juez se acomodó en su asiento y pidió que iniciaran.
—Listos, doctores. ¿Quién empieza? —preguntó el juez, mirando primero a Isabela y luego a Andrés.
Isabela asintió. Dejó los papeles sobre la mesa, respiró hondo y se puso de pie. Su voz sonó clara, sin temblor.
—Señoría, la defensa presenta nuevos documentos que demuestran la legalidad de los contratos firmados por la empresa Martínez. Además, queremos solicitar que se tengan en cuenta los registros entregados anoche por la fiscalía.
El abogado rival, un hombre mayor con gafas gruesas, se levantó de inmediato.
—Eso es inadmisible. No avisaron con tiempo. Exijo que no los acepten.
Andrés intervino sin esperar turno. Su tono era firme, pero no agresivo.
—Su señoría, los documentos fueron entregados por la fiscalía, no por nosotros. Solo cumplimos con el deber de presentarlos.
El juez revisó las carpetas. Hizo un gesto de aprobación y permitió que continuaran. Isabela sintió un leve alivio, pero se mantuvo concentrada.
Durante la exposición, Isabela y Andrés se turnaron. Ella explicaba los detalles legales; él cubría las preguntas complicadas, usando ese humor que relajaba la sala sin restar seriedad. Cada vez que el rival intentaba entorpecer, Andrés respondía rápido y directo.
—Doctor Villalba, ¿quiere decir que la empresa nunca incurrió en fraude? —preguntó el juez, mirando a Andrés con interés.
—Exactamente, su señoría. Aquí están los registros bancarios que lo demuestran. Todo está en regla.
La sala se quedó en silencio. El juez revisó los documentos y tomó notas. El abogado rival miró a su cliente y bajó la voz.
—No tienen cómo demostrar el supuesto desfalco, señor Martínez. Sugiero aceptar el acuerdo.
Isabela escuchó el comentario y supo que iban ganando. Miró a Andrés de reojo. Él le devolvió la mirada y asintió con una sonrisa leve.
Al terminar la audiencia, el juez anunció su decisión.
—He revisado todo con detalle. No hay pruebas suficientes para condenar a la empresa Martínez. Caso cerrado. Felicitaciones, doctores Montoya y Villalba.
Por un segundo, Isabela se quedó quieta. No podía creerlo. Andrés soltó una risa discreta y le dio un leve codazo.
—Te lo dije. No había forma de perder.
Julián, que había seguido todo desde el fondo, se acercó corriendo. Tenía el saco arrugado y el cabello revuelto.
—¡Lo lograron! —dijo, abrazando primero a Isabela y luego a Andrés—. Nadie más en el bufete lo hubiera hecho así.
Isabela sonrió. Por primera vez en semanas, sintió que podía respirar tranquila. Salieron juntos de la sala. Afuera, varios compañeros del bufete esperaban con caras de duda y curiosidad.
—¿Y entonces? —preguntó una de las socias, cruzada de brazos.
Andrés levantó la mano, seguro.
—Ganamos. El caso se cerró a nuestro favor.
Hubo aplausos y murmullos. Algunos miraban a Isabela con respeto; otros, con cierta envidia. Julián aprovechó para hacer un comentario.
—Ahora sí, ¿quién va a invitar el almuerzo? Yo solo traje una empanada.
Isabela se rió. Andrés rodó los ojos, pero le siguió el juego.
—Si Julián trae la bebida, yo invito la comida. Pero solo si Isabela acepta sentarse a mi lado.
—No estoy tan segura —contestó ella, levantando una ceja—. Depende de qué tan buena sea la comida.
Julián chasqueó los dedos.
—A ver, no cambien de tema. ¿Ya les dijeron cuándo anuncian al nuevo socio?
Andrés bajó la voz, mirando a Isabela con complicidad.
—Todavía no. Pero después de esto, seguro tendrán que decidir rápido.
El grupo comenzó a caminar hacia la salida. Isabela notó que varias personas del bufete les seguían con la mirada. Algunos susurraban entre ellos. Andrés se acercó más a ella, bajando el tono.
—¿Sabes? Pase lo que pase, no pienso volver a competir contigo. Prefiero tenerte de aliada.
Isabela lo miró, dudando un segundo. Luego asintió, seria.
—Eso depende de que cumplas tu parte. Nada de trampas, Villalba.
Andrés levantó las manos, fingiendo inocencia.
—Prometido. Lo nuestro va en serio, Montoya.
Julián, que los había oído, soltó una carcajada.
—No sé si lo de ustedes es amor o una batalla campal. Pero al menos ahora no perdemos todos.
Isabela se detuvo frente al ascensor. Cuando se abrieron las puertas, Andrés se acercó y le susurró al oído.
—Hoy ganamos juntos. Pero mañana… mañana veremos qué decide el bufete.
Isabela entró al ascensor sin responder. Al cerrarse las puertas, pensó en todo lo que habían pasado. Ahora quedaba una sola pregunta: ¿podrían ganar también fuera del juzgado?