Capítulo 18 · ~5 min
Unión y estrategia
Isabela entró a la sala de reuniones con el portátil bajo el brazo. Andrés ya estaba ahí, revisando unos papeles y tomando café. La mesa estaba llena de carpetas, resaltadores y el expediente del caso Martínez en el centro.
—Llegas justo a tiempo —dijo Andrés sin mirarla, pero sonriendo de lado—. Faltan dos días para el juicio y aún creo que podemos mejorar el alegato final.
Isabela dejó el portátil y se sentó frente a él. Abrió su archivo y buscó el documento que habían editado la noche anterior.
—No pienso repetir lo del simulacro de ayer —respondió, directa—. Si vuelves a interrumpirme, te juro que te saco de la sala.
Andrés soltó una risa corta. Bajó el tono.
—Prometo comportarme. Pero hoy sí quiero escuchar tu parte completa, palabra por palabra.
La tensión entre los dos era distinta. Seguía ahí, pero tenía algo de complicidad. Isabela respiró hondo y empezó a leer su exposición. Andrés la escuchó, tomando notas. No la interrumpió ni una vez. Cuando terminó, él asintió.
—Mucho mejor —dijo—. El cierre con la historia del testigo fue fuerte. Pero…
Isabela lo miró, esperando el pero.
—Pero podrías dejar más espacio entre las ideas. Cuando hablas tan rápido, el juez va a perderse —sugirió Andrés, bajando la voz.
Ella estuvo a punto de responder con sarcasmo, pero se detuvo. Tomó un bolígrafo y anotó la observación.
—Tienes razón —admitió—. ¿Te parece si lo practicamos otra vez? Esta vez con interrupciones, como en un juicio real.
Andrés sonrió, satisfecho. Se pusieron de pie y comenzaron a caminar alrededor de la mesa. Isabela empezó su parte, y Andrés, en el rol del abogado contrario, la presionó con preguntas rápidas. Ella no se dejó intimidar. Respondió con seguridad, usando argumentos que habían preparado juntos la semana pasada.
Después de veinte minutos, ambos se dejaron caer en las sillas, agotados pero contentos.
—Estamos listos para lo que sea —dijo Andrés, cruzando los brazos detrás de la cabeza.
Isabela miró la hora. Faltaba poco para que Julián llegara con los nuevos documentos. Aprovechó el silencio para revisar el correo en el portátil.
En ese momento, Julián entró apurado, con tres sobres y su típica bufanda roja. Dejó los papeles sobre la mesa y se sentó sin saludar.
—Hay novedades —anunció directo—. El rival pidió una prueba adicional. Quieren una pericia sobre los contratos de la empresa Martínez.
Isabela y Andrés se miraron. Ese movimiento podía complicar todo.
—¿Por qué justo ahora? —preguntó Andrés, frunciendo el ceño.
Julián sacó unas hojas marcadas con post-its amarillos.
—Porque creen que hay una cláusula oculta en el contrato de compraventa. Si la encuentran, tumban todo el caso.
Isabela tomó el sobre más grande y lo abrió. Empezó a leer en voz baja mientras Andrés hojeaba el otro.
—No hay ninguna cláusula oculta —dijo Isabela al cabo de un minuto—. Pero sí hay una redacción confusa en la página siete.
Andrés se inclinó sobre su hombro para mirar.
—¿Esto? —señaló—. Aquí dice “las partes acuerdan”, pero no especifica quién.
Julián los observó, esperando una reacción.
—Tenemos que aclararlo antes del juicio —dijo Isabela. Su tono era firme—. Andrés, ¿puedes buscar el correo original con el borrador del contrato?
Andrés ya estaba abriendo su laptop.
—Listo, lo busco. Julián, ve preparando la línea de defensa por si el juez pregunta por esa redacción.
Julián asintió y se puso a escribir notas en su libreta. La sala se llenó de tecleo y el sonido de papeles deslizándose. Isabela hizo una lista de puntos clave para la audiencia.
Cuando Andrés encontró el correo, lo leyó en voz alta:
—Aquí está. La cláusula fue acordada por ambas partes en la reunión del 10 de marzo. Hay copia del acta. Eso nos salva.
Isabela suspiró aliviada. Miró a Andrés y por primera vez en días, le sonrió.
—Buen trabajo. Eso puede ser el giro que necesitábamos.
Andrés la miró con una expresión seria, pero en los ojos le brillaba la satisfacción.
—Sin tu ojo de halcón, ni lo habría notado.
Julián cerró su libreta y se levantó.
—Voy a hablar con el socio fundador. Le diré que tenemos todo bajo control.
Isabela asintió. En cuanto Julián salió, el ambiente en la sala cambió. Andrés guardó silencio unos segundos.
—¿Te das cuenta de lo lejos que llegamos? —preguntó—. Hace un mes, esto era imposible.
Isabela guardó los papeles y cerró el portátil.
—No te emociones todavía. Nos falta ganar el juicio. Después hablamos de celebraciones.
Andrés se acercó un poco más, bajando la voz.
—Solo digo que, gane quien gane el puesto, esto… —hizo un gesto con la mano, señalando los dos— fue lo mejor del caso.
Isabela lo miró sin decir nada. Tomó su bolso, lista para irse, pero se detuvo en la puerta.
—Mañana, aquí a las siete. Sin excusas.
Andrés levantó la mano como en promesa.
—A las siete. Lo juro. Y esta vez, traigo café para los dos.
Isabela salió, dejando la puerta entreabierta. Por primera vez, no sentía el peso de la competencia. El trabajo en equipo era real. Afuera, el pasillo estaba vacío y el bufete en silencio. Mañana sería el día clave. Quedaba una sola pregunta dando vueltas: ¿sería suficiente todo lo que habían hecho juntos para ganar?