Capítulo 17 · ~5 min
Reconciliación
Andrés esperó en la sala de juntas, sentado al borde de la mesa, con los brazos cruzados. Miraba la puerta cada dos segundos, como si pudiera traer a Isabela solo con la fuerza de la mirada. Había ensayado varias veces lo que iba a decir, pero ninguna frase le sonaba bien en la cabeza.
Isabela entró sin avisar, con pasos firmes y la carpeta azul apretada contra el pecho. No levantó la vista hasta estar casi frente a él. Dejaron un silencio incómodo, apenas roto por el murmullo de la impresora al fondo.
—¿Ya viste esto? —Isabela dejó la carpeta sobre la mesa, entre los dos.
Andrés la abrió y leyó en voz baja las notas que Julián había señalado en rojo. Su ceja se arqueó de inmediato.
—No puedo creer que Camila fuera capaz de esto… —Andrés bajó la voz, mirando a Isabela, buscando algo en su cara—. Y yo dudando de ti como un idiota.
Isabela soltó el aire, bajando la mirada.
—No fuiste el único. Yo también sospeché de ti. Supongo que era más fácil pensar en una traición que aceptar que alguien más quería hacernos daño.
Andrés cerró la carpeta y la empujó hacia ella.
—No quiero seguir así. Ni en el caso ni contigo.
Isabela se permitió una sonrisa pequeña, cansada.
—¿Y ahora qué hacemos? Camila todavía tiene acceso a los sistemas. Si lo descubre, puede borrar todo rastro o hacernos quedar peor.
Andrés se levantó y caminó hacia la ventana. Golpeó suavemente el marco antes de girarse.
—Hay que actuar ya. Pero solos no. Vamos a necesitar a Julián.
Isabela asintió. Tomó su celular y mandó un mensaje rápido.
Mientras esperaban a Julián, revisaron de nuevo los correos que Camila había manipulado. Andrés se detuvo en uno con un remitente extraño.
—¿Y este? —apuntó con el dedo.
—No lo había visto. Abre.
El correo era una confirmación de reunión con el rival externo, a nombre del gerente del bufete, pero con errores en la firma. Eso solo podía significar falsificación.
—Esto es la prueba que faltaba —Andrés murmuró.
Julián entró con su mochila colgada de un hombro. Se le notaba la prisa.
—¿Qué pasó? ¿Ya saben cómo lo vamos a enfrentar?
Isabela le mostró el correo.
—Esto la vincula directo con el rival externo. Es lo que necesitamos.
Julián sonrió por primera vez en días.
—Perfecto. Pero hay que tener cuidado. Camila es lista. Si siente que la venimos siguiendo, puede desaparecer todo en minutos.
Andrés se apoyó en la mesa, mirando a los dos.
—Propongo que vayamos directo con el socio fundador. Solo él puede frenar el acceso de Camila y proteger la información.
Isabela dudó apenas un segundo, pero luego asintió.
—Tienes razón. No podemos esperar más.
Julián levantó la mano.
—Pero si van juntos, Camila lo va a notar. Mejor voy yo primero y le pido al socio fundador que los reciba a ustedes en privado. Así no levanta sospechas.
Andrés le dio una palmada en el hombro.
—Listo. Hazlo.
Julián salió casi corriendo. Isabela y Andrés se quedaron solos otra vez. La tensión bajó, pero no desapareció del todo.
Andrés se apoyó en la mesa, justo frente a ella.
—Te prometo que nunca más voy a dudar de ti. Si algo aprendí de todo esto, es que somos mejores juntos.
Isabela lo miró con una mezcla de cansancio y alivio. No se alejó cuando él le tomó la mano.
—Ojalá hubiera entendido eso antes. Pero sí, Andrés. No quiero pelear más contigo. Ni por el caso ni por el puesto. Quiero ganar esto, pero contigo.
Andrés sonrió, sincero.
—Entonces ganémoslo juntos. Y después… vemos qué hacemos con nosotros.
Isabela apretó su mano.
—Después. Primero, el caso.
La puerta se abrió de nuevo. Julián hizo una seña rápida.
—Ya está. El socio fundador los espera en su oficina. Camila está en una llamada, ni cuenta se dio.
Isabela y Andrés se miraron, cómplices. Tomaron sus cosas y salieron juntos. Mientras cruzaban el pasillo, Isabela habló en voz baja.
—¿Sabes lo que esto significa? Si sale bien, no solo salvamos el caso. También demostramos que lo nuestro no es una debilidad.
Andrés asintió.
—Al contrario. Es nuestra mejor jugada.
Cruzaron la puerta de la oficina del socio fundador. Él los esperaba de pie, serio, con los brazos detrás de la espalda. Andrés saludó primero.
—Disculpe que interrumpamos, doctor Restrepo, pero tenemos algo urgente.
Isabela fue directa.
—Es sobre la traición en el caso Martínez. Tenemos pruebas de quién es la saboteadora y cómo lo hizo.
Restrepo los miró sorprendido, luego señaló las sillas frente a su escritorio.
—Siéntense. Quiero escucharlo todo.
Andrés tomó la carpeta, la abrió y empezó a hablar, seguro y claro. Isabela lo secundó, detallando cada movimiento de Camila. No se interrumpieron ni una vez. Iban como un equipo aceitado.
Cuando terminaron, el socio fundador quedó en silencio unos segundos.
—Esto es grave. Pero también muy valioso. Si todo lo que dicen se confirma, ustedes no solo salvarán el caso, sino también el bufete.
Isabela miró a Andrés. Por primera vez, compartían la misma meta sin reservas.
Restrepo se levantó y les estrechó la mano a ambos.
—Prepárense. Esto apenas comienza. Pero si siguen así, el futuro es de ustedes.
Salieron de la oficina juntos. Andrés le guiñó el ojo a Isabela.
—¿Lista para ganar?
Ella sonrió, segura.
—Más que nunca.
Avanzaron por el pasillo, sabiendo que todo cambiaría a partir de ese momento.