Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

21

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Capítulo 20 · ~5 min

Decisión final

Valentina entró a la sala de juntas apretando la carpeta contra el pecho. Sentía las manos sudorosas. Sebastián ya estaba ahí, muy erguido en su silla. Tenía el saco gris puesto, la corbata bien ajustada y esa sonrisa a medias que a veces la sacaba de quicio. Ni volteó cuando ella llegó.

—Llegas tarde, Ríos —dijo Sebastián, sin dejar de mirar unos papeles—. ¿Te perdiste en el ascensor?

—No empieces, Ortega. Son dos minutos. Si puedes esperar el café caliente, también puedes esperarme a mí —respondió Valentina, sentándose frente a él y clavándole la mirada.

Sebastián soltó una risa seca y movió la pierna, impaciente. Miró la carpeta de Valentina con disimulo.

En ese momento entró el socio mayor, Ramírez. Llevaba el ceño fruncido, como siempre. Camila entró detrás, con una tablet y una sonrisa contenida. Ramírez se sentó en la cabecera y apoyó los codos en la mesa. Nadie habló durante unos segundos.

—Bueno, basta de formalidades —dijo Ramírez, mirando a los dos y después a Camila. Hizo una pausa larga—. Ya todos saben por qué estamos aquí.

Valentina bajó la vista a sus manos. Sentía la garganta seca. Había preparado ese discurso mil veces, pero ahora cualquier palabra parecía poco.

—La firma necesita un nuevo socio —siguió Ramírez—. Ambos han demostrado que pueden liderar. Pero solo hay un puesto. Quiero escuchar, por última vez, por qué creen que deben ser ustedes.

Sebastián fue el primero en moverse. Cerró su carpeta con un golpe suave. Su voz sonó tranquila, pero Valentina notó que apretaba los nudillos contra la mesa.

—Creo que merezco el puesto porque siempre puse a la firma primero. Sé negociar, sé cuándo ceder y cuándo pelear. Aprendí, a golpes, que nadie gana solo. Valentina y yo lo demostramos en el juicio. Pero si tengo que elegir... quiero estar aquí, y quiero que la firma siga creciendo conmigo.

Valentina alzó la cabeza, respiró hondo y habló más fuerte de lo que pensaba.

—Yo también quiero ser socia. No solo por mí, sino por lo que represento. He peleado por cada caso, he defendido esta firma incluso cuando todo parecía perdido. Si llego a ser socia, no voy a dejar que nadie nos tumbe. Pero hay algo más —miró a Sebastián, tragando saliva—. No quiero seguir compitiendo contigo como enemigos. Quiero que, pase lo que pase hoy, sigamos juntos. Como socios, o como pareja, o lo que sea. Ya basta de pelear por pelear.

Camila la miró con orgullo, pero no dijo nada. Ramírez los miró como si estuviera decidiendo si reírse o regañarlos.

—¿Eso es todo? —preguntó Ramírez, cruzando las manos.

—Eso es todo —respondió Sebastián, relajando los hombros y mirando a Valentina con una sonrisa más honesta.

Ramírez se levantó y se fue a la ventana. Miró la ciudad por unos segundos. Nadie respiraba muy fuerte. Luego regresó.

—He tomado una decisión. Pero antes, quiero preguntarles algo. ¿Están dispuestos a compartir la sociedad? ¿O prefieren que el puesto sea para uno solo?

Sebastián levantó una ceja, sorprendido. Valentina se le quedó mirando, entre confundida y aliviada.

—¿Compartir? —dijo Valentina, bajando la voz.

—La firma ha crecido tanto que ya no necesito un solo socio —explicó Ramírez—. Necesito un equipo. Pero solo si ustedes realmente pueden trabajar juntos.

Sebastián no dudó. Se inclinó hacia adelante.

—Yo quiero compartirlo. Pero con Valentina. Ya no quiero pelear más. Si ella acepta.

Valentina soltó una risa nerviosa y giró el anillo en su dedo.

—Acepto. Pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Sebastián, cruzando los brazos.

—Nada de sabotajes ni apuestas raras. Y si hay algo que decir, se dice de frente. Y nada de esconder información.

Sebastián levantó una mano como si jurara en un juicio.

—Prometido. Ni una trampa más.

Ramírez asintió, por primera vez con una sonrisa discreta.

—Entonces queda decidido. A partir de hoy, los dos son socios. Pero recuerden: la competencia no termina. Solo cambia de forma. Ahora tendrán que demostrar que pueden liderar juntos.

Camila aplaudió en silencio. Sebastián se levantó y le ofreció la mano a Valentina. Ella la tomó pero, en vez de solo estrechársela, lo jaló para darle un abrazo rápido. Sebastián le susurró al oído:

—Ahora sí, nadie nos va a frenar.

Valentina le dio un codazo suave en las costillas.

—No cantes victoria. Falta ver si aguantas mi ritmo.

Ramírez carraspeó, divertido.

—Bienvenidos al verdadero juego, socios.

Al salir, Camila los alcanzó en el pasillo.

—¿Van a celebrar o van a seguir trabajando? —preguntó con una sonrisa.

—Primero celebrar, luego trabajar —respondió Valentina, chocando el puño con Camila.

Sebastián miró a Valentina, ahora con una expresión diferente. Tomó su mano y entrelazó los dedos, sin soltarla.

—¿Y ahora qué? —preguntó Sebastián, bajando la voz.

Valentina lo miró desafiante.

—Ahora sí, vamos a demostrar de qué estamos hechos. Pero juntos.

Sebastián se detuvo a mitad del pasillo.

—¿De verdad crees que no vamos a pelearnos nunca más?

Valentina se rio, negando con la cabeza.

—Obvio que no. Pero ahora las peleas van a ser por quién trae el café, no por destruirnos.

Camila rodó los ojos.

—Eso quiero verlo. Pero, en serio, felicidades. Se lo merecen los dos.

Valentina se giró hacia Sebastián y, sin soltarle la mano, lo miró de arriba abajo.

—Prepárate, Ortega. Esto apenas empieza.

Él le devolvió la sonrisa, seguro.

—Que comience la nueva etapa, Ríos.

Y salieron juntos, listos para lo que viniera.

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