Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Capítulo 2 · ~5 min

Primeros sabotajes

El ascensor se abrió y Valentina salió directo al área de trabajo, evitando mirar a Sebastián, que iba unos pasos detrás. Caminó rápido entre los escritorios, saludando apenas a Marta, la recepcionista de voz chillona.

—¿Ya viste el correo de Mauricio? —le preguntó Andrés, su compañero de cubículo, con su taza de café siempre en mano.

—Sí. Y no pienso perder— respondió Valentina, dejando su bolso sobre la mesa. Encendió la computadora y abrió la carpeta del caso Roldán. Quería adelantarse antes de que Sebastián pudiera mover un dedo más.

De reojo, vio cómo Sebastián se acomodaba en el escritorio de enfrente. Él le lanzó una sonrisa falsa y se puso a escribir a toda velocidad. Valentina frunció el ceño y marcó el número del cliente principal del caso, el señor Roldán. Sonó dos veces antes de que una voz le contestara.

—¿Aló?

—Señor Roldán, habla Valentina Ríos de la firma. Quería saber si tiene alguna inquietud antes de la reunión del jueves— dijo, usando su tono más profesional.

Hubo un silencio incómodo. Luego el cliente respondió:

—Ah, licenciada Ríos. Justo hablé hace una hora con Sebastián Ortega. Me explicó todo muy claro. Pero podemos vernos el jueves sin problema.

Valentina apretó los dientes. Miró a Sebastián, que la observaba con una ceja levantada. Cortó la llamada con una despedida rápida y se giró hacia Andrés.

—¿Desde cuándo Sebastián habla directamente con los clientes míos? —preguntó en voz baja.

—No tengo idea, pero lo he visto muy activo hoy. Hasta le llevó café a Marta. Eso nunca lo hace —dijo Andrés, sorprendido.

Valentina cerró el puño. Abrió el correo, buscando alguna pista. Encontró una copia oculta de Sebastián en un mensaje dirigido a otro cliente de la lista. Él ya se estaba adelantando, marcando territorio.

No pensaba dejarlo ganar tan fácil. Caminó hasta la impresora y se cruzó con Sebastián en el pasillo. Él la miró, sonriendo como si nada pasara.

—¿Problemas con la línea? —preguntó Sebastián, con su voz calmada y ese tono burlón que la sacaba de quicio.

—No, para nada. Solo revisando que nadie se pase de listo —contestó ella, mirándolo de arriba abajo.

—Tranquila, Valentina. Aquí todos jugamos limpio… más o menos —dijo Sebastián, moviendo las manos como si no le importara.

Ella lo ignoró y regresó a su escritorio. Decidió adelantarse a su siguiente jugada. Abrió el archivo de la familia Roldán y preparó una presentación para el jueves. Mandó un correo al cliente, copiando a Mauricio, para asegurar transparencia. Antes de enviarlo, revisó cada palabra.

En menos de cinco minutos, Sebastián respondió a todos con un nuevo adjunto: una propuesta de estrategia legal diferente, más arriesgada, que parecía bien pensada. Valentina lo leyó rápido. Había datos que solo podía saber si alguien le filtraba información.

Llamó a Marta, la recepcionista, con voz amable.

—Marta, ¿me puedes confirmar si Sebastián te pidió algún documento de la carpeta Roldán?

—Sí, doctora, él vino temprano y se llevó varias copias. Dijo que las necesitaba para avanzar más rápido— confesó Marta, bajando la voz.

Valentina colgó con un gracias seco. Se levantó y fue directo a la oficina de Mauricio. Golpeó la puerta y entró sin esperar respuesta.

—Necesito que aclares que el caso Roldán es trabajo mío, o al menos compartido. Sebastián está metiendo mano antes de tiempo— soltó, cruzada de brazos.

Mauricio, siempre sereno, levantó la mirada del computador.

—Valentina, tú y Sebastián compiten por lo mismo. Si él se adelanta, depende de ti responder. No puedo intervenir por cada jugada— dijo, sin levantar la voz.

Valentina salió apretando los labios. No iba a dejar que Sebastián la sobrepasara. Volvió a su puesto y empezó a llamar a otros clientes del bufete. Si Sebastián quería guerra, la tendría.

—¿Qué haces, Valentina? —preguntó Andrés, viendo cómo cambiaba de carpeta y abría la base de datos.

—Prevención. No voy a esperar a que me quiten otro cliente. Si Sebastián quiere jugar sucio, yo también puedo— murmuró, marcando el número de otro cliente importante.

Al rato, Sebastián apareció junto a su escritorio. Se apoyó en la división de vidrio y la miró fijo.

—¿Te molesta que me adelante, Ríos? —preguntó, con una sonrisa de medio lado.

—¿Te molesta que yo no me quede quieta, Ortega? —contestó ella, sin mirarlo.

—Para nada. Me gusta la competencia— dijo él, encogiéndose de hombros.

—Pues prepárate, porque apenas empieza— soltó Valentina, colgando otra llamada.

Sebastián se alejó, pero la miró de reojo, como si esperara verla tropezar. Valentina no pensaba darle el gusto. Abrió una hoja nueva y empezó a anotar posibles movimientos de Sebastián. No iba a dejarse.

En la sala de reuniones, escuchó un rumor: Sebastián había invitado a almorzar a dos clientes potenciales. No perdió tiempo. Mandó un mensaje a Mauricio proponiendo una reunión exclusiva para clientes antiguos, con excusa de celebrar el aniversario del bufete.

—¿No crees que es mucho? —le dijo Andrés, viendo el correo.

—No. Si él quiere robarse a los nuevos, yo cuido a los de toda la vida— respondió Valentina, convencida.

El día se volvió una carrera. Sebastián cambiaba citas, adelantaba informes, y Valentina respondía con llamadas y correos bien pensados. Nadie cedía un centímetro. La competencia era clara y todos en la oficina la sentían.

Cuando creyó que tenía controlada la situación, Valentina recibió un mensaje de un cliente clave: cancelaba su reunión con ella porque Sebastián le había ofrecido una alternativa "más conveniente".

Por primera vez, Valentina dudó. Miró a Sebastián, que en ese momento levantó la vista y le guiñó un ojo, como si todo fuera un juego fácil para él.

—¿Y ahora qué, Valentina? —le susurró Andrés, viéndola con preocupación.

Ella guardó silencio unos segundos. Cerró la laptop y se levantó con decisión.

—Ahora le demuestro quién manda aquí— respondió, y salió directa al despacho de Sebastián. Tocó la puerta fuerte, lista para enfrentar el siguiente round.

¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar para no dejarse vencer?

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