Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

21

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Capítulo 3 · ~5 min

Cicatrices que duelen

Valentina entró al baño de la oficina y cerró la puerta de un portazo. Se miró al espejo, respirando hondo. Tenía los ojos rojos de rabia, pero se negó a llorar. Buscó en su bolso la crema barata que siempre usaba, la misma que olía a vainilla. Se puso un poco en las manos para calmarse. No iba a dejar que Sebastián la viera débil.

Al salir, casi choca de frente con él. Sebastián estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.

—¿Ya acabaste de planear tu próxima jugada, Ríos? —preguntó, bajando la voz—. Porque yo sí.

Valentina apretó los labios.

—¿No tienes nada mejor que hacer que espiarme?

—No te estaba espiando. Solo vine por café. Pero, si quieres, te cuento mi estrategia.

—No hace falta. Sé que vas a ir con los Roldán a ofrecerles el acuerdo rápido, como siempre. Todo fácil para ti, ¿no?

Sebastián se encogió de hombros.

—No todo es tan fácil como crees.

Valentina bufó y caminó hacia la cocina. Sebastián la siguió. Al llegar, ella buscó su taza favorita, la que tenía un dibujo de un perrito; la había traído de su antigua oficina, un regalo de su mamá. Servirse café era su pequeño ritual antes de cada pelea.

—¿Sabes por qué odio los acuerdos rápidos? —dijo Valentina sin mirarlo—. Porque siempre dejan a alguien fuera. Y casi siempre es el que menos tiene.

Sebastián fingió que no le importaba, pero sus manos temblaban un poco cuando sirvió su café.

—La vida tampoco es justa. No es mi culpa si algunos no se saben defender.

Valentina se giró y lo miró de frente.

—¿Y tú sí? ¿O solo repites lo que te enseñaron en tu casa de ricos?

Sebastián sonrió, pero no era su sonrisa normal. Esta vez le temblaron los labios.

—No sabes nada de mi casa. Créeme, ahí tampoco es fácil. Si no eres el mejor, eres un fracaso. Y eso nadie te lo perdona.

Valentina se apoyó en la barra, sorprendida. Había un silencio incómodo. Sebastián bajó la mirada por primera vez.

—¿Por qué te esfuerzas tanto? —preguntó, ahora serio—. Nadie aquí trabaja más que tú.

Valentina dudó, pero se atrevió a responder.

—Porque no quiero volver a donde estaba. Mi mamá limpiaba casas para pagarme la universidad. No voy a dejar que nadie me pase por encima, ni tú ni los Roldán ni nadie.

Sebastián la miró, como si la viera de verdad por primera vez. Dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de lo normal.

—Bueno, pues yo tampoco pienso perder. Si me caigo, mi papá no me lo va a perdonar nunca. Ni yo mismo.

Valentina soltó una risa seca.

—¿Tus problemas de rico ahora son mi culpa?

—No. Pero tampoco tienes idea de lo que es vivir con esa presión todos los días.

Se quedaron callados unos segundos. Valentina se frotó las manos, incómoda. Sebastián se pasó la mano por el cabello, frustrado.

En ese momento, entró Camila, la asistente de cabello corto y gafas enormes. Los miró a los dos y levantó las cejas.

—¿Se están peleando otra vez o ya se van a besar? —bromeó, sirviéndose agua.

Sebastián soltó una carcajada falsa.

—Si eso pasa, prometo avisarte, Cami.

Valentina rodó los ojos y salió de la cocina. Sebastián la siguió, pero no dijo nada. Ambos caminaban rápido, como si quisieran dejar atrás la conversación.

De regreso a su escritorio, Valentina revisó el correo. Había un mensaje de Mauricio, el socio fundador. Les pedía un reporte conjunto sobre el caso Roldán, para el viernes. Miró la hora. Solo tenían dos días.

Marcó el interno de Sebastián. Él contestó al primer tono.

—¿Qué quieres?

—Tenemos que hacer el informe juntos. Lo pidió Mauricio. —Su tono no dejaba lugar a discusión.

—Perfecto. Pero lo hacemos en mi oficina. No quiero tu música horrenda de fondo.

—Ni creas que voy a escuchar tu reggaetón, Ortega.

—Entonces lo hacemos en la sala de reuniones. Así todos pueden ver quién manda.

Valentina no respondió. Colgó y tomó su laptop. Caminó a la sala de reuniones. Sebastián ya estaba ahí, abriendo su carpeta negra con el logo de la firma.

—¿Lista para perder? —dijo, sentándose frente a ella.

—Solo si me dejas ver cómo lloras después.

Ambos se quedaron callados. El ambiente era tenso, pero distinto. Algo en la conversación de la cocina había cambiado el aire. Sebastián abrió su laptop y empezó a escribir. Valentina lo miró. Notó que él tenía las manos marcadas, con cicatrices pequeñas en los nudillos. Ella siempre pensó que Sebastián era perfecto, pero ahora veía detalles que antes no había notado.

—¿Te peleabas mucho de niño o qué? —preguntó, señalando sus manos.

Sebastián dudó un segundo.

—En el colegio. No era bueno para quedarme callado. Mi papá no soportaba que me metiera en líos, pero yo tampoco soportaba a los que se creían más que los demás.

Valentina asintió. Se arremangó la camisa y mostró una cicatriz en el antebrazo.

—Esto me lo hice trabajando en un restaurante. Se me cayó aceite caliente. Tenía diecisiete.

Sebastián sonrió, sincero esta vez.

—Eres más dura de lo que pareces.

—Tú también. Pero igual voy a ganar.

—Veremos, Ríos. Veremos.

Se pusieron a trabajar. Por primera vez, el silencio no era solo de guerra, sino de respeto. Pero al terminar el día, Valentina salió pensando en algo que no podía sacarse de la cabeza: ¿cuánto tiempo más podrían seguir usando la competencia como escudo?

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