Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

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Capítulo 4 · ~5 min

La batalla por los clientes

Valentina entró a la sala de reuniones sin mirar a nadie. Llevaba el cabello recogido y unos tacones que sonaban fuerte en el piso. La sala estaba casi llena. Sebastián, como siempre, ya estaba ahí con su sonrisa de medio lado y su camisa perfectamente planchada. Tenía un café en la mano y hablaba con Lucía, una de las socias más antiguas.

—Mira quién llegó —dijo Sebastián, lo bastante alto para que todos escucharan.

Valentina se sentó al lado de Camila, su mejor amiga en la firma. Camila, de gafas gruesas y voz suave, le pasó un mensaje en su celular: “No caigas en su juego, Vale”.

La reunión empezó. Mauricio, el socio fundador, explicó que la batalla por los clientes del caso Roldán seguía abierta. El que logre asegurar más citas tendrá ventaja para la sociedad.

—Vamos a revisar la lista de reuniones pactadas —anunció Mauricio.

Sebastián sacó una hoja con cinco nombres marcados. Valentina apretó los dientes. El día anterior tenía tres de esos clientes asegurados, pero ahora figuraban como reuniones de Sebastián.

—¿No te cansas de robar contactos? —le soltó Valentina, sin disimular el fastidio.

—No es robar si los convenzo mejor, ¿o sí? —respondió él con su tono burlón.

Algunos en la mesa rieron. Camila le apretó el brazo a Valentina bajo la mesa.

—No te preocupes, Vale. Aún quedan clientes importantes —susurró Camila.

Valentina no respondió. Sacó su celular y empezó a agendar reuniones, sin importarle que todos la vieran. Sebastián la observó de reojo.

La discusión por los clientes subió de tono. Sebastián habló de su estrategia frente a todos, como si fuera una competencia de ventas y no un caso legal.

—El cliente González ya confirmó conmigo. Y la señora Roldán pidió que yo la represente en la reunión del viernes —dijo Sebastián.

Valentina no se quedó callada.

—Eso no es lo que me dijo ayer. Tal vez deberías revisar tus métodos, Ortega.

Sebastián se encogió de hombros.

—Tal vez deberías mejorar los tuyos, Ríos.

El ambiente se puso tenso. Mauricio levantó la mano.

—Ya basta. Necesito resultados, no peleas. El que logre asegurar a la familia Roldán tendrá la ventaja. Se acabó la discusión.

La reunión terminó. Todos salieron rápido, menos Valentina y Camila. Sebastián se quedó en la puerta, mirando a Valentina con una sonrisa molesta.

—¿Vas a llorar? —le dijo en voz baja, solo para ella.

Valentina se levantó de golpe.

—Vete al carajo, Sebastián.

Sebastián alzó las manos, fingiendo inocencia.

—Solo es trabajo. No te lo tomes tan personal.

Valentina lo empujó suavemente al pasar. Salió de la sala, sintiendo la mirada de todos en la espalda.

Camila la siguió hasta la sala pequeña de la firma, donde guardaban los archivos. Allí, Valentina soltó el aire y se apoyó en una mesa.

—Te va a destruir si sigues así —dijo Camila, cerrando la puerta.

—No voy a dejar que me gane, Cami. No después de todo lo que me ha hecho —respondió Valentina, clavando la mirada en la carpeta del caso Roldán.

Camila negó con la cabeza.

—No me refiero a Sebastián. Me refiero a esto. A la guerra en la que están. ¿Y si los dos terminan perdiendo?

Valentina dudó un segundo. Miró su celular. Tenía dos mensajes de clientes que cancelaban reuniones. Uno decía: “Mejor hablemos con Ortega, él ya nos explicó todo”.

—Maldito —susurró, apretando el celular.

—Vale, ¿y si hablas directamente con los Roldán? Si logras una cita con la matriarca, puedes dar vuelta todo esto —propuso Camila.

Valentina asintió. Marcó el número de la señora Roldán. Llamó dos veces, sin respuesta.

—No contesta. Seguro Sebastián ya la convenció.

Camila se acercó y le quitó el celular un momento.

—No eres menos abogada por perder una reunión. Pero sí por perder la cabeza.

Valentina la miró de reojo. Sabía que tenía razón, pero no iba a admitirlo.

—¿Y tú qué harías? —preguntó, cruzada de brazos.

—Buscaría otra puerta. Tal vez hablar con alguien de la familia que no sea el centro de atención. O pedir ayuda a alguien en la firma que tenga contactos.

Valentina pensó en Lucía, la socia que Sebastián intentaba impresionar. Tal vez ella podía ayudar, pero nunca le gustó deber favores.

—No quiero deberle nada a nadie —dijo Valentina.

—A veces hay que ceder un poco para ganar la guerra —respondió Camila.

En ese momento, Sebastián pasó frente a la sala pequeña. Las miró y tocó la puerta.

—¿Planeando la próxima movida, chicas? —preguntó, sonriendo.

Valentina no contestó. Camila sí.

—Más bien pensando en cómo evitar que te creas el rey de la firma.

Sebastián soltó una carcajada.

—Eso ya es imposible, Cami.

Valentina salió y lo enfrentó en el pasillo.

—No te confíes, Ortega. Esto apenas empieza.

Sebastián bajó la voz.

—¿Y qué vas a hacer cuando nos obliguen a trabajar juntos? Porque eso va a pasar, te guste o no.

Valentina no respondió. Lo miró fijo, sin parpadear. Sebastián sostuvo la mirada un par de segundos y luego se fue, silbando bajito.

Camila se acercó a Valentina y le susurró:

—Te lo juro, esta guerra va a acabar mal para los dos. ¿Estás lista para eso?

Valentina se quedó mirando el pasillo vacío, con el eco de la pregunta flotando en el aire.

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