Historia Abierta
Portada de Odio a Primera Firma
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Todas las edades

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Capítulo 5 · ~5 min

Fusión inesperada

Valentina entró a la sala de juntas sin mirar a nadie. Llevaba el cabello recogido y la mirada firme. Sebastián ya estaba sentado, con la chaqueta sobre una silla y el celular en la mano. Sonrió apenas la vio, pero esa sonrisa tenía filo.

—¿Lista para la función? —susurró Sebastián, sin apartar la vista del teléfono.

Valentina se sentó enfrente, cruzó los brazos y le lanzó una mirada.

—No estoy para tus chistes, Ortega —le respondió—. Hoy no.

La puerta se abrió de golpe. Mauricio, el socio fundador, entró con paso rápido y un fajo de papeles bajo el brazo. Detrás venía Camila, anotando algo en su libreta. Mauricio se aclaró la garganta y todos se callaron al instante.

—Bueno, vamos al grano —dijo Mauricio, dejando los papeles sobre la mesa—. El caso Roldán acaba de cambiar. Nos piden trabajar en equipo. Los dos. No hay opción.

Valentina sintió que el estómago se le apretaba. Sebastián alzó una ceja y dejó el celular a un lado.

—¿En equipo? —preguntó Sebastián, fingiendo sorpresa—. ¿No era una competencia?

—Lo era, pero la familia Roldán quiere garantía de resultados. Exigen que los dos principales candidatos trabajen juntos. Si no, buscan otro bufete. Y eso no va a pasar —respondió Mauricio, con el tono que usaba para dejar las cosas claras.

Valentina abrió la boca, pero Mauricio levantó una mano.

—Antes de que digan algo: no es negociable. O trabajan juntos, o ninguno será socio. ¿Entendido?

Camila miró a Valentina con cara de preocupación. Sebastián giró el bolígrafo entre los dedos, callado por primera vez en mucho tiempo. Mauricio siguió hablando:

—La estrategia la deciden entre los dos. Quiero un informe conjunto en tres días. Y, por favor, dejen las peleas personales fuera de esto. La reputación del bufete está en juego.

Valentina apretó la mandíbula. Sebastián se inclinó hacia ella, bajando la voz.

—¿Eso incluye tus ataques pasivo-agresivos? —murmuró.

Valentina no se quedó callada.

—¿Y tus jugaditas con los clientes? Porque yo sí juego limpio.

Mauricio golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡No más! Si no pueden ni sentarse a trabajar juntos, están fuera. ¿Quedó claro?

Valentina asintió, sin apartar la vista de Sebastián. Él simplemente sonrió, como si nada le afectara.

—Perfectamente claro, Mauricio —dijo Sebastián—. ¿Algo más?

—Solo que me demuestren que valen lo que dicen. Los espero con resultados. Camila les enviará el resumen del caso. Salgan cuando quieran, pero háblense. No acepto excusas.

Mauricio salió de la sala, dejando un silencio incómodo. Camila se paró junto a Valentina y susurró:

—Esto no va a ser fácil, amiga.

Valentina le dio un apretón rápido a la mano.

—Nada en esta vida lo ha sido, Cami.

Camila salió tras Mauricio. Sebastián se estiró en la silla y miró a Valentina como si estuvieran a punto de jugar ajedrez.

—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó, con ese tono que usaba cuando fingía estar relajado.

Valentina abrió su libreta y soltó el bolígrafo sobre la mesa.

—Por dejar claras las reglas. No me importa tu ego. Aquí se trabaja en serio, ¿entendido?

Sebastián soltó una risa baja.

—Relájate, Ríos. No vine a pelear. El caso es complicado y necesitamos ganar los dos. Lo demás, lo dejamos afuera.

Valentina lo miró con desconfianza. Sebastián se acercó un poco más.

—¿Qué te parece si tú armas la estructura del informe y yo me encargo del análisis legal de la competencia? Así no nos estorbamos.

—¿Y así tú te llevas el crédito del trabajo sucio? —replicó Valentina, sin perderle la mirada.

—O así evitamos matarnos en el intento, que ya es ganancia —contestó Sebastián, encogiéndose de hombros.

Valentina respiró hondo. Miró la carpeta del caso y luego a Sebastián.

—Ok. Hagamos esto: tú haces una lista de los riesgos legales y yo armo la presentación para la junta. Pero revisamos juntos, nada de enviar cosas sin avisar.

Sebastián levantó ambas manos, en señal de paz.

—Trato hecho. Ahora, ¿te parece si empezamos ya? O prefieres seguir marcando territorio.

Valentina sonrió apenas.

—Prefiero ganar, Ortega. Y no pienso dejarte ganar por default.

Sebastián se inclinó hacia ella, bajando la voz.

—Tranquila, nadie va a regalarme nada. Pero tampoco te lo voy a poner fácil.

Valentina empezó a anotar ideas. Sebastián abrió su laptop y buscó el archivo compartido. Por primera vez en semanas, compartieron silencio sin lanzarse puyas.

De pronto, Sebastián habló sin mirarla.

—¿Por qué sigues aquí, Valentina? Podrías estar en cualquier otra firma.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—Porque tuve que pelear por cada oportunidad. No pienso regalar nada ahora.

Sebastián asintió, serio. Parecía querer decir algo más, pero el orgullo le ganó. Tecleó un rato y luego alzó la cabeza.

—Bueno, tenemos tres días. Si esto sale mal, nos vamos los dos. ¿Listo para apostarlo todo?

Valentina lo miró fijamente. Sus dedos apretaron el bolígrafo con fuerza.

—¿Y tú? ¿Listo para perder si no jugamos juntos?

Sebastián sonrió, pero sus ojos se veían distintos. Había un reto en esa mirada. Y una pregunta que ninguno quiso responder todavía.

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