Capítulo 6 · ~5 min
Primeros roces en el caso
Valentina puso la carpeta del caso Roldán en la mesa de reuniones y miró a Sebastián, que ya estaba revisando unos papeles con ese aire de suficiencia que tanto la sacaba de quicio. Él ni siquiera levantó la vista.
—¿Vas a leer todo en voz alta o solo vas a mirar bonito? —dijo Sebastián mientras pasaba una página.
Valentina se cruzó de brazos.—Al menos yo leo todo antes de opinar. No como otros que improvisan y luego meten la pata.
Sebastián sonrió, pero no era un gesto amable.—¿Improvisar? Eso se llama pensar rápido. Algo que este caso necesita, porque no tenemos tiempo para analizar hasta la última coma.
—Si no analizamos todo, nos van a destruir en la audiencia, Ortega. —Valentina se acercó y le quitó un documento de las manos. Sus dedos se rozaron un segundo, pero ninguno lo comentó.
Mauricio se asomó por la puerta.—Quiero resultados para el viernes. Y que no se maten entre ustedes, por favor.
Ambos dijeron que sí casi al mismo tiempo, pero sin mirarse. Cuando Mauricio salió, el silencio se hizo pesado.
Valentina abrió su laptop.—Voy a empezar por el estado financiero de la empresa. Ahí está el punto débil.
Sebastián negó con la cabeza.—No, el problema está en los contratos. Si el juez encuentra una cláusula mal hecha, perdimos.
—¿Por qué no hacemos las dos cosas? —propuso Valentina, sin ocultar el fastidio.
—Porque tenemos que priorizar. No podemos dividirnos todo el trabajo. —Él la miró por fin.—¿O sí puedes con todo?
—Yo puedo con dos casos como este, pero prefiero hacerlo bien. —Valentina empezó a escribir frenética. Sebastián leía en silencio, pero de vez en cuando soltaba un suspiro exagerado.
Pasó una hora sin que ninguno cediera en su postura. El reloj marcaba las nueve de la noche cuando Camila entró con dos cafés.
—¿Van a dormir aquí o qué? —bromeó.
Valentina sonrió.—No si Sebastián termina de dar vueltas y se pone a trabajar en serio.
—¿Yo? Si tú solo miras las cifras como si fueran poesía. —Sebastián giró su silla para quedar frente a Valentina.—¿Por qué no dejas los números y revisas los contratos conmigo?
Camila levantó las cejas.—¿Y si hacen cada uno lo suyo y luego comparan? Así no se matan.
Valentina se encogió de hombros.—Está bien. Pero si mi análisis es mejor, tú lo presentas al cliente.
—Hecho. —Sebastián le extendió la mano. Valentina dudó un segundo, pero la estrechó. Un apretón rápido, casi incómodo. Camila salió rodando los ojos.
La noche avanzó con teclas sonando y papeles pasando de una mano a otra. De vez en cuando, uno murmuraba una queja o lanzaba un comentario sarcástico.
—No entiendo cómo puedes usar tantas fórmulas en un informe legal —dijo Sebastián, señalando la pantalla de Valentina.
—No entiendo cómo puedes escribir veinte páginas sin un solo número —respondió ella, sin mirarlo.
A las once, Valentina se frotó los ojos.—¿Tienes la lista de testigos?
Sebastián buscó entre sus papeles.—Sí, pero falta un nombre. El contador jefe renunció la semana pasada.
Valentina se sobresaltó.—¿Y por qué no dijiste nada?
—Pensé que lo sabías. —Sebastián se encogió de hombros, como si no fuera importante.
—¿No te parece relevante? Sin ese testigo, el informe financiero no sirve.—Valentina cerró la laptop con fuerza.
Sebastián guardó silencio unos segundos.—Podemos buscarlo mañana. Tal vez acepte hablar si le pagamos una asesoría.
Valentina respiró hondo.—Hazlo tú. Yo hablaré con el nuevo contador. No podemos arriesgarnos a quedarnos sin testigos.
—Listo. ¿Algo más que deba saber? —preguntó Sebastián, irónico.
—Sí. El cliente espera el primer informe mañana a las diez. No me hagas quedar mal.
Sebastián la miró de reojo.—Tranquila. Yo nunca quedo mal.
Hubo una pausa larga. Valentina se puso de pie y recogió sus cosas.—Me voy. Quiero dormir aunque sea tres horas.
—¿No te vas a quedar revisando todo otra vez? —Sebastián sonrió, burlón.
—No te preocupes. Ya cambié mi contraseña.— Valentina se fue directo a la puerta. Antes de salir, miró a Sebastián.—¿Vas a quedarte?
Él asintió.—Voy a revisar los correos. No confío en que el cliente no mande otra bomba esta noche.
Valentina dudó, pero al final se fue. Sebastián se quedó solo, tecleando rápido.
A la mañana siguiente, Valentina llegó temprano. Encontró a Sebastián dormido en la sala de reuniones, con la cabeza sobre una pila de papeles y el saco de almohada. Sonrió, aunque solo un segundo, y empezó a revisar lo que él había hecho.
Sebastián despertó sobresaltado.—¿Ya llegaste? No terminé el resumen, pero avancé bastante.
Valentina hojeó los papeles.—No está mal. Aunque yo habría presentado esto de otra forma.
Él bostezó.—Siempre tienes algo que criticar, ¿verdad?
—Y tú siempre tienes algo que defender. —Valentina le pasó una hoja.—Pero esto, lo de la cláusula de indemnización, está bien argumentado. Mejor que lo que yo tenía.
Sebastián sonrió, pero esta vez fue un gesto cansado y real.—Gracias. Tú también encontraste un error en los balances que yo no vi.
Se quedaron en silencio un momento, sin saber qué decir. El reloj marcó las ocho y media. El cliente llegaría pronto.
Valentina rompió el silencio.—¿Vamos a presentar esto juntos, o cada quien por su lado?
Sebastián la miró.—Si queremos ganar, hay que hacerlo juntos. Por más que me cueste admitirlo.
Valentina levantó una ceja.—¿Eso es lo más cercano a un acuerdo que voy a escuchar?
—Por hoy, sí. —Sebastián se puso de pie.—¿Listo para otra noche sin dormir?
Valentina sonrió, cansada.—Veremos si sobrevivimos a la siguiente.
Ambos recogieron sus informes y salieron de la sala. Afuera, el pasillo se sentía largo y lleno de preguntas.