Capítulo 7 · ~5 min
Secretos al descubierto
Valentina entró a la sala de reuniones apretando el portapapeles contra el pecho. Sebastián ya estaba sentado, revisando unos papeles con el ceño fruncido. Tenía la corbata floja, las mangas arremangadas y el mismo café de siempre a medio terminar.
—Llegas tarde —dijo Sebastián, sin mirarla.
—No. Llegas temprano, que no es lo mismo —respondió Valentina, dejando su carpeta sobre la mesa y sentándose justo frente a él.
Él soltó una risa baja.—¿Otra vez con tus tecnicismos? Aquí lo que importa es que el cliente quiere avances para esta tarde.
Valentina rodó los ojos. Abrió su carpeta y le pasó una hoja.—Estos son los últimos correos de Roldán. Hay un dato raro en las transferencias. Mira la segunda columna.
Sebastián tomó la hoja y la revisó en silencio. Movió los labios como contando los números. Valentina aprovechó el silencio para observarlo. Notó una cicatriz pequeña en la muñeca, justo donde el reloj le quedaba grande.
—¿Qué te pasó ahí? —preguntó ella, señalando la cicatriz antes de pensarlo.
Sebastián se congeló un segundo.—Nada. Una tontería de niño. ¿Nunca te caíste de la bici?
Valentina sonrió, relajándose un poco.—Yo sí. Pero la mía fue en el colegio. Por andar huyendo de un perro.
Él la miró de reojo.—¿Le tienes miedo a los perros?
—No. Solo a los que muerden —dijo, y soltó una risa breve. Por un segundo, la tensión bajó.
Sebastián volvió a la hoja.—¿Viste esto? Aquí hay un pago doble. ¿Lo reportamos o esperamos a que Roldán lo explique?
Valentina se inclinó hacia la mesa.—Hay que reportarlo ya. Si no, nos van a culpar de solapar errores.
—¿Siempre tan correcta, Ríos? —Sebastián levantó una ceja, como si esperara una respuesta especial.
—Alguien en este equipo tiene que serlo —contestó ella, esta vez sin rastro de burla.
Se hizo un silencio incómodo. Sebastián miró su reloj, jugueteó con la pulsera de cuero y suspiró.
—¿Sabes? Mi papá odia que llegue tarde. Cuando era niño me encerraba en el estudio si no cumplía los horarios. Por eso odio los relojes —dijo, casi en voz baja, como si acabara de darse cuenta de lo que estaba contando.
Valentina lo miró sorprendida. No esperaba que él hablara de su familia y menos de esa manera. Dudó un segundo, pero no pudo evitar compartir algo también.
—Mi mamá siempre llegaba tarde a todo. Decía que la vida no tenía prisa para la gente que luchaba. Yo aprendí a correr para no perder nada.
Sebastián sonrió, esta vez sin sarcasmo.—¿Y te funcionó?
—A veces. Otras, solo me da insomnio —admitió Valentina, encogiéndose de hombros.
Un golpe en la puerta los interrumpió. Camila asomó la cabeza con su sonrisa de siempre.—¿Van a pelear otra vez o ya puedo entrar?
—Pasa, Cami. Aquí solo estamos compartiendo traumas de infancia —bromeó Sebastián, y Valentina soltó una carcajada genuina.
Camila se sentó junto a Valentina.—Por favor, si van a llorar, avisen. Así cierro la puerta y pido crispetas.
Valentina le dio un codazo suave.—No seas boba. Solo estamos revisando los pagos de Roldán. Mira esto.
Camila se inclinó, revisó la hoja y frunció la nariz.—¿Eso es un pago doble? Uy, eso huele raro. Mejor que lo revisen hoy mismo.
Sebastián asintió.—Eso dijimos. Pero seguro Roldán va a inventar cualquier cosa. Siempre tiene una excusa.
—Igual, que la diga de frente —dijo Valentina, cerrando la carpeta.—¿Listos para la reunión?
Camila miró a Sebastián.—¿Ya tienen la estrategia?
—Sí. Valentina la escribió. Yo la revisé. No discutimos. Punto para el trabajo en equipo —respondió él, sonriendo de medio lado.
Valentina levantó una ceja.—No te acostumbres. Apenas es el primer acuerdo.
—¿Ves, Camila? Así es imposible aburrirse aquí —bromeó Sebastián, estirándose en la silla.
Camila se levantó.—Mejor así. Si se ponen de acuerdo muy rápido, seguro algo anda mal.
Cuando Camila salió, Valentina se quedó mirando a Sebastián. Él jugaba con el bolígrafo, sin mirarla.
—¿Por qué nunca hablas de tu familia? —preguntó ella, bajando la voz.
Sebastián se tardó en responder.—No sé. Es complicado. Mi papá espera demasiado. Siempre quiere que sea el mejor, aunque no sepa ni cómo soy de verdad.
Valentina asintió.—Te entiendo. Yo también aprendí a ocultar cosas para que no me juzgaran.
Por un momento, el silencio fue distinto. No era incómodo, sino una pausa con sentido. Ambos sabían que habían cruzado una línea.
—Mira, si vamos a trabajar juntos, toca confiar un poco. Por pura supervivencia —dijo Sebastián, levantando la mirada.
Valentina no respondió de inmediato. Guardó los papeles y se puso de pie.
—Confío en que no me sabotees. Por ahora —dijo, sonriendo apenas.
—No prometo nada —contestó él, pero su tono era más suave.
Al salir de la sala, Valentina se quedó pensando en lo que acababan de decirse. Por primera vez, sintió que Sebastián no era solo el rival. Había algo más. Algo que podría volverse peligroso si bajaba la guardia.
Sebastián, por su parte, se quedó solo, mirando la puerta cerrada. Tocó la cicatriz en su muñeca y se preguntó si había contado demasiado. ¿Y si Valentina usaba eso en su contra? No estaba seguro de nada, excepto de que ya nada sería igual entre ellos.